27. Excursión familiar

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Cuando la conmoción inicial hubo pasado anunció que prepararía un magnifico festín para celebrar la próxima vuelta de Perséfone al exterior, lo cual les hizo cambiar totalmente el ánimo ya que todos sabían que Hades era un anfitrión excelente. Las fiestas en el Inframundo eran muy poco frecuentes, pero muy famosas por su fastuosidad cuando ocurrían, por lo que al final hasta Zeus se encontraba menos dispuesto a estar enfadado y más a iniciar la fiesta.

Por supuesto los alimentos vinieron directamente del exterior, Deméter se encargó de ello, nadie quería consumir alimentos del Inframundo y quedar convertido en un dios de esas tierra por accidente. Los fantasmas siervos en el Inframundo guiaron a todos los dioses a la magnifica sala de recepciones para invitados divinos que, a pesar de no ser muy usada, se mantenía en un estado impecable como todo el palacio. Algunos se quedaron rezagados observando maravillados el trono en el que había estado Perséfone durante toda la comparecencia, Hades lo excuso diciendo que lo había hecho en un momento sin mucho cuidado, que era suyo pero que se arrepentía de darle algo hecho con tanto descuido y tan poco esmero en el diseño.

-Como el Inframundo no tiene reina es algo que no entiendo -le dijo Hera mientras observaba con codicia el trono de diamantes- Creo que es una tarea a la que me tengo que poner seriamente.

-Desde luego, estoy segura de que mi Koré habría estado mucho más cómoda si Hades hubiese tenido una esposa a su lado -le respondió Deméter, que por suerte le estaba dando la espalda a Afrodita y no le vio la cara en ese momento, aunque Hera sí y supo interpretar su gesto- De haber tenido una reina con la que socializar no habría estado sola cuando Hécate no estuviera disponible. Y de paso aligeraría las responsabilidades de Hécate, con una reina como tal y no una ayudante.

Deméter se disculpó de golpe para salir corriendo detrás de su hija, pues había visto que Afrodita la llevaba muy alegremente del brazo para prepararla personalmente para la fiesta. Si había algo que le aterrase en el mundo sin duda el hecho de que la diosa del amor vistiese a su hija para una fiesta estaba en esa lista de cosas que temer.

Los siervos del palacio no estaban acostumbrados a tantas visitas divinas, mucho menos de ese tipo. Los dioses del Inframundo eran pacificos y familiares entre ellos, pero se las apañaron bastante bien para lidiar con ellos y sus caprichos, y eso que se vieron con los tres reyes juntos con sus respectivas cortes.

-Cronos me ha pedido una audiencia -les dijo a los otros dos Hades- Lleva un tiempo insistiendo en ello.

-¿Se las concedes? -preguntó Poseidón incrédulo, Hades simplemente se encogió de hombros, después de todo estaba encarcelado en su reino- Creo que solamente lo he visto una vez desde que -hizo el elocuente gesto de cortar el cuello.

-Arma menos alboroto así. Tenía pensando ir pronto, ¿queréis venir conmigo? -por un momento ambos lo miraron como si el más sensato de los tres hubiese perdido la cabeza.

Los dos dioses se miraron entre ellos y luego volvieron a mirarlo a él en busca de un signo de burla. Al no encontrarlo lo siguieron hasta los establos en busca del carro movidos puramente por la curiosidad.

La relación entre los tres se había deteriorado notablemente. Siempre habían sido muy distintos, la edad solamente había remarcado esas diferencias de caracteres que habían acabado chocando. Aun así Poseidón montó en el carro notablemente de buen humor. Él había pasado de la nada en el estómago a la guerra. Recordaba a sus hermanos como un temperamento terrible y el sosegado y calmo, pero siempre había podido acudir a ellos. Pensaba que este incidente sería la gota que colmaría el vaso, pero ahí estaban los tres, de camino a ver a su malvado progenitor.

-¿Seguro que no nos vas a empujar al Tartaro y salir corriendo? -le preguntó Zeus entre la broma y la sospecha.

La carcajada de Hades no alivió las sospechas de su hermano menor, pero hizo reír al mediano. Llevaba mucho sin verlo contento y si había tenido que hacer un juramento para tranquilizarlo y verlo así, bueno era. Quizás no era el más sensible a los sentimientos ajenos de los dioses, pero le había parecido ver algo interesante en las miradas la joven Koré y su hermano intercambiaron en el estrado. Por no hablar de cómo la florecilla parecía querer evitar que su hermano se quedase sin la opción de tocarla.

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