9. Charla de almohada (parte I)

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Definitivamente no debería haber seguido leyendo, mucho menos hacerlo antes de irse a dormir. Le había vuelto a picar la curiosidad, pero esta vez su sueño no fue ni mucho menos placentero.

Estaba notando el paso del tiempo en su carne, su cuerpo estaba envejecido y notaba que el fin de su tiempo estaba muy cerca. La seguridad de que todo se iba a acabar era demasiado para la mente de una diosa inmortal, conocer el miedo a la mortalidad era algo para lo que su mente no estaba preparada. La mirada de dolor, a pesar de que intentaba ocultarla, de Hades le hacía daño. Aún así la ninfa estaba agradecida de aun con todo tenerlo cerca, había pasado tiempo esperando que la dejase cuando su belleza se marchitó, pero nunca llegó a pasar.

Tánatos miraba con disculpa, pero ya se había presentado intentando hacer del proceso lo más sencillo posible. Leuce no tenía miedo, pero Perséfone no era Leuce.

Los gritos de terror genuino y un llanto inconsolable inundaron la habitación, no es que fuese un sonido extraño en el Inframundo, pero sí en el palacio de Hades. La habitación de Perséfone no estaba muy lejos de la del soberano por simple seguridad. No le gustaba la idea de que su hermano consiguiese colarse en el castillo por la noche y diese con ella y no pudiese protegerla. A diferencia de los Elíseos, su palacio tenía accesos directos desde el exterior, por lo que estaba pensando en que debería devolverla a los Campos en el menor tiempo posible.

Había estado distraído en asuntos de su reino sin darse cuenta de lo tarde que era cuando escuchó el grito. Lo primero que pensó es que su hermano había irrumpido de golpe, aunque trató de tranquilizarse diciéndose que era imposible entrar sin que él lo supiera eso no hizo que disminuyes el paso para llegar hasta la diosa de la primavera.

No llamó a la puerta, pero cuando vio lo que había dentro la cerró tras de sí. Se acercó a la cama, donde una llorosa Perséfone parecía inconsolable, y se agachó para quedar a su altura.

-Perséfone, soy yo, dime que ocurre.

Con cuidado le puso una mano sobre la cabeza, para atraer su atención. Al descubrirlo a su lado la diosa empezó a llorar más fuerte y se lanzó a sus brazos sin miramientos. El proceso lo tiró al suelo, pero estaba más preocupado por la diosa que por una simple caída. Con mucho cuidado la envolvió protectoramente en sus brazos y se incorporó hasta volver a colocarla en el lecho. Como la diosa no parecía estar dispuesta a soltarlo tuvo que tumbarse también.

Normalmente habría evitado acabar en una cama con la diosa, aunque su comportamiento era infantil tenía ojos en la cara que funcionaban perfectamente. Era adorable y hermosa, en otra situación habría sido una tentación, pero no podía pensar en nada así de ella mientras la veía tan triste, solamente quería o más bien necesitaba calmarla.

-He leído demasiado, hasta la muerte de una de las personas en uno de esos rollos –al verla mirar en otra dirección notó que le estaba ocultando algo, pero eso era lo de menos en ese momento- Y he leído su muerte, he soñado con su muerte, ha sido como si la viviese.

-Puedo llamar a Hipnos y decirle que te dé un buen sueño -le susurró mientras le acariciaba los cabellos, ayudándola a serenarse.

-No quiero molestar a Hipnos con eso, es una tontería y no merece atención -la diosa empezó a ser consciente de la situación- demasiado mal me siento al darme cuenta de que te he hecho venir y preocuparte, y todo lo que has visto... Por Gea, que vergüenza.

-Eh, nada de avergonzarse –le dijo mientras le picaba en un brazo con un dedo- Has necesitado ayuda, yo te la he dado. Las pesadillas pueden ser terribles y yo he venido porque estaba cerca, ¿acaso no somos amigos? -ella asintió- Pues los amigos se ayudan. Ojala haber tenido un amigo yo todos los años que pasé con pesadillas terribles hasta que me dí cuenta de que simplemente podía obligar a Hipnos a que me hiciese dejar de soñar.

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