4. La tierra de los fantasmas

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Si le hubiesen dicho como lo iba a engañar así se habría reído. Bueno, no se habría reído, se habría molestado severamente porque alguien le creyese así de ingenuo, lo cual no le hacía ninguna gracia, ergo no se reiría. Pero ahí estaba, al día siguiente recorriendo sus terrenos con la diosa de la Primavera de acompañante.

La razón había sido un enigmático mensaje sobre que la diosa corría peligro. Había acudido con rapidez para ver en que peligro se podía haber metido en el lugar más seguro de su reino, para encontrarse con que la diosa se refería al peligro de su propia insensatez provocada por el aburrimiento. Le había prometido enseñarle sus dominios y solamente le había dado un pequeño paseo, por lo que decidió ofrecerle terminar la ruta.

Además, aunque le costaba reconocerlo, lo estaba pasando bien. La diosa era ingeniosa y se maravillaba continuamente de cosas que él ya tomaba como cotidianas haciéndole redescubrir un poco su propio reino.

-Quizás la gente no tendría tanto miedo a morir si estuviera menos desierto, unas cuantas plantas cambian cualquier lugar -para mostrárselo la diosa hizo crecer un adorable prado a su alrededor cuando pararon- Aunque quizás les faltaría luz, pero al menos no les faltaría agua.

-No es agua normal, ya te lo he dicho antes -se sentó con cuidado sobre el cesped recién creado, más con cuidado de no darle la espalda a la diosa y aparecer cubierto de vegetación y flores que de aplastar a las plantas- este en concreto te borraría la memoria. Aunque estamos cerca del río por el que vagan los que no pueden pagar a Caronte.

-Si hay agua a las plantas les da igual, la usan. Pero las orillas están llenas de... ¿fantasmas? -la diosa se sentó en frente de Hades bastante interesada- Nunca he visto un fantasma, aunque supongo que los de los Campos Elíseos deberían contar, pero nunca he visto uno que lo parezca. Fantasmal y todo eso.

-Podemos acercarnos con cuidado. Son impresionables, hay que ser discretos y no llamar la atención -ella asintió enérgicamente, no parecía demasiado hecha para la discreción- Y después de eso te devolveré a tu palacio sin protestas.

Perséfone estaba tan emocionada con la idea de ver fantasmas que no se opuso a ser llevada se vuelta. Total, ya se le ocurriría otra manera de que la sacase de los Elíseos en otra ocasión. Aunque no podía quejarse de nada en todo el tiempo que pasaba en ese palacio lo cierto es que le gustaba más estar recorriendo los dominios con el rey de los mismos. Aunque era demasiado serio la mayor parte del tiempo siempre era amable, sabía muchísimas cosas que no le importaba compartir con ella y, para que negarlo, era bastante más atractivo de lo que cualquiera esperaría.

No había tratado con muchos dioses antes ya que su madre solía evitar esos encuentros, aunque después de conocer a Zeus entendió perfectamente porque. Igualmente de entre todos los que conocía Hades le parecía de los más dignos de confianza, aunque si no lo fuese su madre no la habría dejado a su cuidado. Se sentía un poco mal por acapararlo de esa manera, bien sabía que no paraba de trabajar por su reino, pero no podía evitar tener ganas de conocer al reino y al monarca. Además, se decía a si misma que así lo ayudaba a descansar un rato.

Llevaban un trecho recorrido a la velocidad de vértigo que tanto les gustaba a los dos cuando el carro paró. Habían llegado a la parte del río que querían visitar, se bajó de un salto emocionada, aunque por ello recibió una mirada de reproche por el entusiasmo por parte de su acompañante y se encogió de hombros pidiendo perdón con la mirada.

-Debemos hablar bajo, aunque vamos a llamar la atención no queremos atraer demasiada si podemos evitarlo -caminaban muy cerca para no subir el volumen de la conversación- esta es la orilla del río Cocito. Aquí las almas esperan su transporte, por más o menos tiempo dependiendo de si pueden pagarse el pasaje con Caronte.

Las almas parecían fijarse en ellos, pero rehuían la presencia de Hades asustadizos. Instintivamente lo reconocían y les costaba asumir que estaban ya muertos. En cambio no tenían problemas en mostrarse curiosos con la diosa de la primavera. Las miradas sobre ella pasaron de curiosas a atrevidas, incluso algunos estaban empezando a atreverse a pronunciar su nombre o si título de Koré. A pesar de saber que estaba a salvo, que un grupo de fantasmas empiece a decir tu nombre no era una experiencia agradable. El frio se fue notando más cuando empezaron a acercase demasiado, pero cesó de golpe. Una mano protectora de Hades en su hombro fue eficiente a la hora de espantar a los difuntos, la acercó más a él y las almas captaron la advertencia. Momentos antes se había arrepentido de visitar la zona, pero acababa de pasarsele.

-Creo que deberíamos regresar ya, vamos a causar demasiado alboroto -le susurró él.

Perséfone realmente se arrepentía de pocas cosas en su vida. Era consecuente con sus decisiones y las asumía, saliese como saliese. Si algo iba mal trataba de mejorar la situación en lugar de arrepentirse de ello. Con el tiempo confesaría que haber remoloneado para irse más tarde era una de esas cosas de las que arrepentirse.

-Mi señor Hades -se escuchó una voz nada fantasmal tras ellos.

Que en los ríos hubiese ninfas era algo que la diosa de la primavera asumía con normalidad, aunque no lo esperaba en el Inframundo. En un primer momento se alegro de encontrarse con una ninfa en un lugar como ese, pero la mirada que le dedicó le hizo darse cuenta de que no era para nada un sentimiento mutuo.

-Menta, no esperaba encontrarte hoy -el rictus normalmente serio de Hades parecía fingir aun más formalidad que lo común, sobre todo cuando se dio cuenta de que la ninfa estaba mirando a la diosa- Hace un tiempo ya que no te veía.

La ninfa miraba de cuando en cuando a la diosa con la mirada cargada de veneno, aunque era pura dulzura para el dios, que no parecía saber reaccionar ante la ninfa, pero la Koré estaba acostumbrada a ella.

-¿Menta? Soy la diosa Perséfone, hija de Deméter -no iba a aguantar los desprecios de cualquiera.

-¿La Koré? -pareció impresionada, su mirada se trasladó a Hades- ¿En serio? la doncella, nada más y nada menos.

-No es lo que... Te lo explicaré más tarde. No le digas ni una palabra de esto a nadie hasta que te lo aclare. Es una orden -a pesar de lo que dijo, lo de orden sonó duditativo.

Se dio la vuelta sin ceremonia, con un agarre firme sobre la diosa a la que llevaba casi a rastras por la velocidad que había adquirido. Parecía terriblemente compungido por el encuentro y no hablo hasta llegar al carro.

-Me había olvidado completamente de Menta. Ella frecuenta la superficie y puede contarle a alguien que estas aquí. Oh, Gea, cree que eres mi amante -le soltó completamente horrorizado.

En otra ocasión el hecho del dramatismo de Hades habría divertido a Perséfone, hasta el hecho de que los viesen como amantes no le suponía una ofensa. Lo verdaderamente malo de eso era la parte en la que la ninfa tenía contacto con las del exterior y hablaban, unas palabras fuera de lugar y todo el Olimpo sabría donde estaba escondida.

-No le daré tiempo, te llevaré de vuelta y volveré a hablar con ella, le explicaré la situación antes de que... -cada vez parecía más incomodo hablando- Se pueda poner... Celosa...

Y de golpe todo tuvo sentido para la diosa. No era solamente que se avergonzase porque alguien pensase inapropiadamente de él, es que tenía una amante de la que se había olvidado al parecer. Para olvidarse de una amante hay que tener varias, así que seguramente no era tan distinto de su hermano como ella había creído ingenuamente. Comenzó a indignarse aunque, se dijo, sin motivos. Quizás por eso no tenía reina, para no dedicarse a engañarla.

Cuando llegaron a los Elíseos se dirigió automáticamente a su palacio sin tratar de entretenerlo ni de sacarle más promesas de entretenimiento. Se había puesto a si misma en problemas de forma estúpida y a Hades le había buscado peleas con su amante, por querer pasar el rato. La cena le supo amarga, sin saber porque se sentía decepcionada, no podía dejar de imaginarse a la ninfa de mirada envenenada recibiendo a Hades. El pensamiento de que la había estado tratando como a una niña le vino de golpe. Después de todo ella era Perséfone, hija de Deméter, su amiga. Era la hijita de su amiga. Se sintió profundamente avergonzada de haber pensado que era atractivo, quizás lo había pensado un poco demasiado.

Ojala y Zeus la viese también como una niñita, eso lo haría todo más fácil y podría volver a casa con su madre y sus amigos, donde no tendría que aferrarse a nadie que no quisiese estarlo.

EscondidaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora