66. El secuestro de Perséfone

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Era algo si bien no común, nada sorpresivo que un mortal tuviese la idea de aumentar su fama y gloria intentando realizar una incursión al Inframundo. Normalmente eran los sobrinos mortales de Hades, por lo que por puro nepotismo se solían mostrar comprensivos con ellos.

A pesar portarse bien con ellos eso no quería decir que no aprovechasen para darles un buen susto, si no lo hacían tendrían las entradas llenas de mortales entrometidos en cuanto se descuidasen tocando la puerta del Dios de las Riquezas.

Normalmente sus planes eran conocidos por todos antes de que los intrusos supieran que los habían descubierto, pues Hades no era el único que podía hacerse invisible en el Inframundo, varios de sus moradores tenían el poder de mimetizarse en esas tierras. La mayoría de las veces trataban de ver a un ser querido fallecido o pedir un favor a Hades, pero en el caso de los dos que acababan de meterse por una de las puertas más ocultas buscaban algo más precioso para él.

Habían decido que se casarían con las mujeres más bellas de la tierra y, tras secuestrar a la bella Helena, decidieron que para Pirítoo sería la Koré. La influencia de la canción de Orfeo seguía presente y muchos eran los que pensaban que Perséfone estaba en el Inframundo contra su voluntad, casada con un dios viejo y ruin. En algo acertaban, no por nada Hades era viejo hasta para los Olímpicos.

En una situación común Hades habría sacado un rato para verlos y deshacer el entuerto en poco tiempo, pero querían ni más ni menos que secuestrar a su esposa. Hades era normalmente calmado y después de tantos años sirviendo como juez rara vez se alteraba, pero su esposa era un tema que conseguía hacerlo rápidamente. El intento de rapto de su esposa tenía una sentencia muy clara y se iba a disponer a ejecutarla cuando una voz le paró.

-Por favor padre, no son merecedores de la atención de un rey, deja que sea yo quien los aleccione -pidió con falsa dulzura Melíone- Será divertido. Para mi al menos.

-Me parece una buena idea, Mel –su madre le sonrió con aprobación, aun con las ropas anchas era evidente su estado por su prominente vientre hinchado, la reina volvía a estar embarazada- Pero deja que después de que les alecciones yo dicte la sentencia, después de todo venían a por mi.

-Sea pues, queridas mías -Hades se levantó del trono y ayudó a su esposa a incorporarse- Os dejo a cargo de la situación, pero esto quiero verlo.

La mirada de adoración que le dirigió a su esposa fue correspondida con un beso por parte de esta que hizo gruñir a su hija, a diferencia de a Macaria a Melíone que sus padres fuesen tan claros manifestando continuamente no le parecía hermoso.

Inconscientes de lo que les esperaba, Teseo y Pirítoo estaban sorprendidos, sabían que el Inframundo era la tierra de la muerte, pero no se esperaban que estuviese literalmente desierto. Se esperaban aberraciones, estaban preparados para combatirlas. Se esperaban almas que helarían la sangre, se creían valientes para superarlo. Mas no había absolutamente nada y eso les estaba destrozando los nervios más que una legión de no muertos.

Después de andar durante horas divisaron de lejos un palacio, indudablemente ese debía de ser el palacio de Hades, era imponente cómo podía serlo un templo mortal, pero mucho menos de lo que imaginaban. Esto se debía fundamentalmente a que era el palacio de Hécate, pues si tenían que esperar a que llegasen andado al palacio real seguramente morirían de inanición antes. Hécate había estado encantada de ceder su casa para ello siempre y cuando la dejasen mirar trabajar a Melíone.

Los dos héroes entraron con cautela en el palacio, habían escuchado que Hades la sentaba junto a ella en un trono de fríos diamantes. No parecía haber nada como un trono de diamantes en ese lugar, pero de una de las habitaciones venía lo que parecía un brillo sobrenatural. Una hermosa mujer lucía como hecha de luz contra la oscuridad más absoluta yacía en un lecho, quizás la diosa buscaba consuelo en las tierras del sueño los meses que había de estar con su marido, pensaron. Teseo y Pirítoo se miraron entre ellos triunfantes.

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