18. El mensajero

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-Es a tu esposa a la que quieres, pues la tendrás. Que curen su cuerpo y tendrás su alma de vuelta, pues al parecer la opinión de ella sobre si quiere volver de los Elíseos te importa menos que tú deseo. Pero debes tener dos cosas en cuenta -Hades se acercó al músico en toda su imponente estatura- La primera es que si alguien se entera por ti de que la Koré está aquí me encargaré personalmente de que no vuelvas a encontrarte con Eurídice. Hay pocas cosas que no vayan a la perfección en el orden del Inframundo, pero cree tan seguro como que los mortales acaban aquí que cuando me encargo personalmente de algo esto no falla -se alejó un poco de él, ya menos interesado en intimidarme- la segunda es que no puedes mirarla mientras sales. No es un capricho, es un alma y si es vista por tus ojos vivos se esfumará hasta el sitio donde debe estar, por eso no te has encontrado fantasmas hasta llegar a los Asfocelos. Una mirada y será la última.

Se dio la vuelta y arrancó a andar a pado firme sin disimular que estaba bastante enfadado, mostrar irá solía ser más conveniente que mostrarse débil. No solamente había mostrado toda esa debilidad y vulnerabilidad, sino que encima con ello había puesto en peligro a Perséfone y su escondite. Escuchó a Hécate dar un par de ordenes para que unos fantasmas se hicieran cargo del invitado y como pedía a la joven diosa que se quedase con él mientras ella trataba de alcanzarlo. No lo alcanzó hasta llegar a sus estancias privadas, claro, tampoco es que bajase la velocidad para ello.

-Deberías tener un respeto a la edad y dejarme alcanzarte de una vez -se quejó con un hilo de voz, quizás necesitaba más actividad física o él tener menos energía- ¿Qué estás pensando?

-Vas a mandar a Tánatos a recoger a Eurídice, yo voy a llamar a Hermes para que lleve a Asclepio hasta el cádaver y luego voy a quitarme la armadura y dormir de una vez sabiendo que ese bocazas no se va a atrever a mencionar a Perséfone o por las Moiras que no vuelve a ver a Eurídice -vio a expresión cautelosa de Hécate al acercarse, era un juramento serio- soy capaz de hacerlo inmortal si se atreve, pocas veces me han visto usar mi ira pero tu sabes que soy capaz. Puedo ser tan terrible como creen que soy si es necesario.

La diosa lo miró preocupada, pero no sabía como abordarlo, la empatía y todas esas cosas de sentimientos no solían ser su especialidad. Comprendía que estuviese furioso, ella también se sentía ridícula después de llorar como una niña por la dichosa canción de marras, pero la ira de Hades era palpable como nunca la había sentido desde que lo conocía, y eso que lo había visto en situaciones perfectas para estar colérico.

-No, estás pensando que lo entiendes y no lo haces -se dejó caer en una silla, derrotado- los años de soledad y confinamiento por mi padre, la muerte de Leuce... No son cosas nuevas a las que enfrentarme. Han palidecido ante la mera probabilidad de que Zeus fuese capaz de encontrar a Perséfone y dañarla.

Hécate no dijo nada en un principio. Se limitó a acercarse a él y darle con la mano en el hombro en un intento bastante fallido de ofrecer consuelo. Hécate no tenía dudas, mataría por él, pero matar era más fácil que consolar a alguien. Por si las palmaditas habían sido insuficientes dio un par de ellas más antes de convencerse de que estaba bien confortado. Hizo un amago de abrazarlo, pero supuso que era mejor guardar eso para una emergencia mayor.

-En fin, voy a por el Tánatos antes de que se vaya del sitio. Suerte con Hermes aunque no creo que la necesites, pero bueno -lo miró unos segundos antes de darle una palmada más en el hombro y salir del sitio.

Nada más salir por la puerta Hades comenzó a sacarse la armadura y quedar tan solo en una ligera túnica. Sabría si Hermes estaba en el Inframundo, osea que al menos le podría dar tiempo a cambiarse.

Le llamó con cierta urgencia, seguro que no le daría tiempo a descansar, a menos que lo hubiese pillado durmiendo, fornicando o haciendo lo que quiera que hiciese para pasar el tiempo, tampoco es que le preguntase demasiado ni lo escuchase cuando lo contaba entusiasta.

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