16. Camino a los Asfocelos

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Perséfone se había dormido pacíficamente, no era de extrañar, pues la epifanía sobre sus sentimientos la había dejado agotada. Después de despertase brevemente tras un sueño más candente sus sueños eran tranquilos, estaba de vuelta en la niñez y no había problemas en su vida.

Estaba creando cientos de flores mientras miraba su nueva cosa favorita del mundo. La diadema que le habían regalado era el centro de inspiración de toda su obra reciente, a pesar de que su madre insistía de que eso no era un juguete adecuado para una niña y debía guardarla se aferró testarudamente a su diadema. Su madre podía querer esconderle la diadema de diamantes, pero ella se había plantado firme, si se la quitaba iría a buscar ella misma a ese señor tan guapo a pedirle que le hiciera otra.

La mujer simpática le había dicho que podía visitarlos en su reino si quería, que solamente tenía que poner las manos en la tierra y llamarlo a él. Le habían dicho que la mujer simpática era la novia del hombre guapo, eso no le gustaba, pero estaba dispuesta a ignorar esa molestía si a cambio la ninfa le ayudaba a llegar hasta donde estaba él.

Como le habían gustado sus flores le estaba haciendo un montón para él, para ver si quería que volvieran a jugar juntos y le daba cosas de las que brillaban.

Un ruido la despertó, seguramente era Dorcas en la habitación de al lado, los muertos dormían rara vez. Sonrió al pensar en el sueño que estaba teniendo, llevaba queriendo ir con Hades sin recordarlo desde la primera vez que lo vio. A pesar de sentirse un poco avergonzada porque una parte importante de su interés por él cuando era niña era el hecho de querer diamantes le hacía gracia haber tenido siempre tan claras sus inclinaciones con respecto a él.

Escuchó la voz de Dorcas seguida por otra inconfundible. La voz de Hades parecía apurada, su mente se imaginó varios escenarios en los que Hades entraba con desesperación en mitad de la noche en sus habitaciones para declararle amor antes de que su razón se impusiera y se diese cuenta de que seguramente había ocurrido algo malo y por ello había ido a buscarla.

Se cubrió con decencia aunque menos de lo habitual y fue en su búsqueda, con cierto miedo según se iban desarrollando diferentes teorías en su cabeza. Lo encontró en la antesala a su dormitorio, justo detrás de Dorcas, que parecía que se dirigía a buscarla para despertarla. Pareció tan aliviado de encontrarla que sintió ganas de abrazarlo sin mediar palabra. Aunque para ser honesta consigo misma eso era algo de lo que sentía ganas desde el mismo momento en el que se lo encontró de frente en la superficie.

-¿Qué ocurre? -preguntó tratando que el miedo ni la emoción por verlo se transmitiesen en su tono, aunque por la mirada de Dorcas no lo consiguió muy bien.

-Seguramente no sea nada, pero ha habido una pequeña invasión mientras que he salido por unos asuntos rápidos. Tengo a la furias en ello, pero he decidido que estarías más a salvo a mi lado hasta que se resuelva –la miró de  una manera que ella no supo interpretar- Claro, solamente por precaución, no es necesario si no lo encuentras oportuno...

Casi no lo había terminado de decir cuando Dorcas ya estaba recogiendo las cosas y Perséfone enganchada del brazo de Hades puede que por miedo, puede que porque cualquier excusa para tener contacto físico con él. Ya le mandarían las cosas, pues tenía ropas y objetos básicos en la habitación que había ocupado realmente hasta solo unas horas antes, ni siquiera su equipaje había sido deshecho del todo.

El carruaje esperaba fuera, nada más montarse Hades se puso el yelmo y la atrajo hacia él, quedando ella también afectada por la invisibilidad. La sensación de invulnerabilidad del casco sumada al hecho de estar abrazada a Hades le hizo que el viaje hasta palacio durase para ella a penas unos maravillosos instantes.

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