Ochenta y cuatro

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—¡Es uno grande! —gritó Benedict agitado—. Enrolla, vamos...

Amelia chillaba por la emoción mientras con toda su fuerza trataba de recoger el sedal en el carrete. La caña se curvaba violentamente entre sus manos y, por un momento, creyó que terminaría perdiéndola dentro del agua antes de conseguir sacar lo que fuera que había mordido el anzuelo.

—¡Santa mierda! —vociferó cuando el pez saltó fuera del agua.

Ben se largó a reír y tomó la línea de pesca para ayudarla, atrayendo poco a poco hacia ellos el botín. El animal se sacudía con fuerza, salpicándolos cada vez que intentaban acercarlo a la orilla.

—Te dije que podíamos pescar uno usando anchoas de carnada... —dijo ella sonriendo.

—Jamás pensé que tendrías razón... —murmuró Ben sacando el pescado del anzuelo—. Esto fue canibalismo en su estado más puro...

Amelia soltó una risa.

—Volvamos al campamento, hay que cocinarlo para la cena...

—Ni siquiera sabemos lo que es... —habló Ben mirando al animal—. Podría ser venenoso...

—Ben... es solo un pez. —dijo ella sonriendo—. ¡Vamos!

—Como digas... —musitó divertido, mientras se encogía de hombros.

Limpiaron el pescado con cuidado una vez que estuvieron de regreso en el campamento y, después de discutir durante algunos minutos sobre la mejor forma de cocinarlo sin ninguno de los utensilios que normalmente utilizarían para aquello, decidieron asarlo directamente sobre el fuego, sujeto a una rama.

—Somos unos primitivos... —murmuró Amelia mientras veía a Ben dar vuelta el pescado sobre las llamas.

Él solo atinó a soltar una risa.

—Somos matemáticos... estábamos tratando de resolver un problema... —habló mirándola—. Déjame ver... Si Amelia sostiene una caña de pescar de dos metros de largo y en el extremo actúa una resistencia de cincuenta kilopondios, ¿qué fuerza debe aplicar si toma la caña a un metro veinte centímetros del punto de apoyo?

—Ah, claro... —respondió mirándolo—. Es una palanca de tercer género...

—Correcto...

—La sumatoria de los momentos de las fuerzas debe ser nula, según Newton... —pensó en voz alta.

—Vas bien...

—Ochenta y tres punto treinta y tres kilopondios —respondió rápida.

Ben soltó una carcajada.

—Déjame verlo con la calculadora... —murmuró sacando su teléfono.

—Si la necesitas, no eres tan bueno... —bromeó ella.

Él la miró alzando las cejas.

—¿Usas mis insultos contra mí mismo? —inquirió Ben—. Porque me siento... orgulloso...

Amelia lo miró con una sonrisa.

—¿Está correcto? —preguntó la mujer.

Ben se tomó un segundo para hacer los cálculos con su celular.

—Sí... —la miró de lado—. Estaba demasiado fácil...

—Claro, por eso lo resolviste con la calculadora...

—Es la única máquina más perfecta que yo, debo consultarle de vez en cuando...

Ella negó con la cabeza.

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora