Cincuenta y seis

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Era la mañana del tercer sábado de noviembre, y Amelia estaba abrazada al tibio cuerpo de Tom, mientras él dormía profundamente. La mujer no podía evitar mirar la foto de la madre del británico, esa que estaba sobre un mueble, junto al Oscar que ella le había regalado, y tantos otros galardones que tenían grabado el nombre del actor.

La dama de la foto la observaba con rostro comprensivo, como si entendiera que ella no la estaba pasando bien. No sabía qué pensar; la vida la asfixiaba, tenía dos exámenes el lunes, y el resto de su semana también yacía plagada de obligaciones, y eso la ponía demasiado ansiosa.

Decidió levantarse e ir a su habitación. Con cuidado se despegó del inglés, que solo se dio vuelta y siguió durmiendo cuando ella se levantó.

Durante el último tiempo, Tom había mostrado una faceta que le preocupaba. Por lo mismo, y a pesar de que tuvo la intención de hacerlo varias veces, aún no se había atrevido a contarle que estaba trabajando en un proyecto junto a Ben; eso lo habría hecho enojar, era seguro. Y es que, si se molestaba cuando hablaba con Omar, Jane o con cualquier otra empleada, no se imaginaba su reacción al saber que cada día se reunía a solas con un hombre desconocido, aunque fuera solo por matemáticas.

En un inicio, el británico se mostró protector, y eso era algo que le pareció lindo a Amelia: una joven despreciada desde muy pequeña se veía protegida y amada por un hombre maravilloso. Pero con el paso del tiempo, las cosas tomaron un sendero distinto al que ella imaginó.

El día anterior le hizo una nueva escena. No fue tan grave, pensó ella, pero de todos modos la lastimó. Habían ido a cenar a un restaurante, y un sujeto ebrio, quien se notaba vivía en situación de calle y no estaba en sus facultades, la piropeó a la salida del lugar. Tom le dio un empujón al hombre, haciéndolo trastabillar, y la jaló del brazo con fuerza, lo cual la lastimó.

Pelearon en el auto de vuelta a casa, pero él la supo manejar, siempre sabía cómo hacerlo, y esa noche habían vuelto a dormir juntos. Sin embargo, Amelia no olvidaba.

Llevaba casi tres meses viviendo con él, lo conocía desde hace ocho, y le costaba mucho entender cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tanto en tan poco tiempo. Se dio una ducha tratando de pensar en su vida, si la forma en que estaba viviendo era correcta, o si era mejor renunciar a todo y volver a Estados Unidos para comenzar desde cero otra vez.

Pero esa no le pareció la mejor opción.

Estaba trabajando muy bien con Benedict, y habían avanzado en la conjetura de Poincaré, más que en ningún otro problema. Además, sabían complementarse bastante bien; si uno se estancaba, el otro lo jalaba hacia el exterior del agujero de la incomprensión, y juntos seguían resolviendo, aunque fuese a paso lento, y hubiese varias discusiones y acalorados debates de por medio.

Luego de salir de la ducha, se quedó largos minutos envuelta en una toalla, mientras sentada en su cama miraba por una ventana.

—Todo está bien... —murmuró.

Mentira.

—Todo estará bien... —prefirió decir.

Su teléfono sonó de repente, destejiendo momentáneamente toda su maraña de pensamientos. Tomó el dispositivo, y contestó de inmediato.

—Amelia, ¡lo tengo! —escuchó gritar desde el otro lado.

—Buenos días, Ben. —saludó divertida—. Veo que amaneciste con las ideas frescas.

Benedict caminaba de un lado a otro en su sala, mientras constreñía el aparato contra su oído.

—No dormí, de hecho. —moduló con rapidez—. Amelia, necesito que trabajemos hoy, es de verdad muy importante...

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora