Habían pasado dos semanas desde el accidente de Benedict y, desde que le dieron el alta, había permanecido prácticamente encerrado en casa. Solo salía para comprar lo indispensable en el supermercado y asistir a las curaciones que todavía necesitaba, aunque incluso esas pequeñas excursiones se habían convertido en una tarea bastante más complicada de lo que estaba dispuesto a admitir.
Amelia se había marchado el mismo día en que él regresó. Durante su hospitalización estuvo pendiente de la fecha en que le darían el alta y de la evolución de su estado; incluso fue cada día a Barts para preguntar por él, pero nunca volvió a entrar a su habitación. Benedict había pedido estar solo un tiempo y, por mucho que le doliera, ella decidió respetarlo. Para cuando él regresó a Bromley, Amelia ya había arreglado todo para mudarse a un pequeño piso en Londres.
No se habían visto desde entonces.
La casa se sentía extrañamente grande sin ella. Benedict pasaba buena parte del día acostado o dando vueltas entre el dormitorio y la sala, acompañado únicamente por los gatos y por una cantidad absurda de tiempo para pensar. Hacer cualquier cosa le tomaba el doble: vestirse, preparar algo para comer, abrir un frasco o incluso cargar una bolsa del supermercado se habían convertido en pequeños desafíos desde que tenía el brazo izquierdo prácticamente inutilizado. Los médicos habían sido bastante estrictos respecto a mantenerlo inmovilizado y evitar esfuerzos mientras la clavícula comenzaba a recuperarse.
—Al menos fue el izquierdo... —musitó mientras se preparaba una taza de té.
Miró hacia un lado y vio la taza de Amelia, peligrosamente instalada en una esquina del mesón, donde cualquier movimiento brusco podría haberla hecho caer. La tomó con la mano que tenía disponible y la guardó en un anaquel.
La extrañaba demasiado, y se odiaba un poco por eso.
Lo había traicionado de una manera que hasta entonces solo había conocido en sus peores pesadillas y, aun así, cada mañana despertaba esperando encontrarla a su lado. A veces incluso escuchaba algún ruido en el piso superior y, durante un segundo miserable, olvidaba que ella ya no estaba allí.
Además, estaba embarazada.
Benedict jamás había tenido un verdadero deseo de tener hijos. No hasta que se enamoró de ella. Después, casi sin darse cuenta, había comenzado a imaginar cosas que antes le parecían completamente ajenas: niños corriendo por aquella casa demasiado grande, pequeñas manos intentando tocar sus libros, Amelia quejándose porque alguno habría dibujado sobre una pared y él intentando fingir que estaba molesto mientras buscaba un marco para conservar el dibujo.
Ahora Amelia tendría un hijo de alguien más.
Y no de cualquier alguien más.
De Tom.
El maldito Tom.
Benedict tomó su taza y se acomodó en uno de los sofás, dispuesto a encontrar al menos un poco de alegría en aquella solitaria hora del té. No alcanzó siquiera a beber el primer sorbo cuando escuchó cómo un automóvil se estacionaba frente a la casa.
Se levantó con cierta dificultad y caminó hacia la ventana para ver de quién se trataba, pero antes de alcanzarla ya habían tocado la puerta.
Al abrirla, se encontró con la persona que menos habría esperado.
—Beatriz... —saludó un delgado Tom, mirándolo inexpresivamente.
Benedict pestañeó.
—¿Qué mierda haces aquí?
—Hola para ti también.
Tom alzó ligeramente las cejas.
—¿Puedo pasar?
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Panacea Universal
Fanfiction❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
