Cien

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El premio terminó por consolidar el éxito de Amelia y Benedict y fue, al mismo tiempo, el puntapié inicial para una gran gira matemática. El calendario había sido planeado por el Imperial College London; ellos solo debían seguirlo al pie de la letra, presentarse en el lugar señalado en su hoja de ruta y dictar las respectivas conferencias.

París, Viena, Bruselas, Roma, Ámsterdam y Madrid fueron solo algunas de las ciudades que visitaron. Conocieron auditorios enormes y salas pequeñas, matemáticos que los recibían como celebridades y otros que todavía llevaban sus ejemplares impresos de la demostración llenos de anotaciones en los márgenes. Respondieron preguntas, discutieron durante cenas que se extendieron hasta pasada la medianoche y acumularon tantas credenciales que Amelia comenzó a guardarlas sin siquiera mirar qué decía cada una.

Pero hubo una parada que para ella significó algo completamente diferente.

Varsovia.

La Universidad de Varsovia había sido el lugar de formación y posteriormente de trabajo de Rowan Wiśniewski. Caminar por sus dependencias produjo en Amelia una sensación difícil de explicar. Nunca había conocido a su padre y, sin embargo, de pronto se encontraba atravesando corredores por los que él había caminado, entrando en salas donde había trabajado y conversando con personas que todavía podían recordar su voz.

Después de la conferencia, algunos de sus antiguos colegas quisieron conocerla.

Eran hombres y mujeres ya mayores. Algunos habían trabajado directamente con Rowan; otros lo habían conocido cuando apenas comenzaban sus propias carreras. Amelia descubrió pequeños detalles que ninguna carta habría podido contarle: que escribía demasiado pequeño sobre las pizarras, que podía permanecer horas discutiendo un problema y que tenía la desagradable costumbre de olvidarse de comer cuando estaba trabajando.

Aquello último consiguió hacerla reír.

—Entonces quizá heredé más cosas de él de las que pensaba.

Uno de los matemáticos le contó también algo que consiguió borrar inmediatamente su sonrisa.

Rowan había intentado resolver la conjetura de Poincaré. Había dedicado años a estudiarla durante su juventud, llenando cuadernos y ensayando distintos caminos antes de abandonarla finalmente cuando comprendió que ninguno conseguía llevarlo hasta una demostración.

Amelia permaneció en silencio.

Por un momento observó el auditorio que acababa de abandonar. Había viajado hasta allí para hablar de la solución de un problema que su propio padre había intentado resolver décadas antes, sin siquiera saber que él lo había hecho.

—Tu padre estaría muy orgulloso.

Amelia volvió la cabeza.

El hombre que había hablado era uno de los colegas más antiguos de Rowan y su inglés era lo suficientemente dificultoso como para obligarlo a construir la frase lentamente.

—Aunque no pudo vencer a Poincaré —continuó con una sonrisa—. Su hija lo hizo...

Amelia bajó la mirada y sonrió.

—Gracias —respondió, aunque no estaba segura de que aquella palabra alcanzara.

Benedict, que había permanecido a algunos pasos de distancia durante la conversación, se acercó después y entrelazó discretamente sus dedos con los de ella.

La gira continuó hacia el este. En Moscú y San Petersburgo, Amelia provocó cierta sorpresa cuando comenzó a responder en ruso las preguntas del público. En la segunda ciudad la sensación fue particularmente extraña. Había regresado muchas veces en su memoria, pero aquella vez volvía convertida en una mujer completamente diferente a la que alguna vez había partido de Rusia.

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora