Noventa y dos

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—Ya han pasado dos semanas, Ben...

Amelia y Benedict estaban en el jardín delantero de la gran mansión, recostados sobre una manta mientras miraban hacia las nubes que plagaban el cielo. La primavera había comenzado a devolverle el color al enorme terreno que rodeaba la casa y, después de meses de contemplar árboles desnudos y césped húmedo, Amelia comenzaba a comprender por qué aquel lugar debía haber sido tan hermoso en sus mejores tiempos.

A unos metros de ellos, Nelly dormitaba bajo la sombra de un arbusto, completamente indiferente a la posibilidad de que sus dueños hubiesen cambiado la historia de las matemáticas.

—Quizás nos equivocamos en algo... —continuó ella.

—Y yo soy el inseguro... —murmuró él mirándola de lado.

—Son meses de trabajo duro los que están en juego —le recordó—. No puedo evitar estar ansiosa.

—Debes ser paciente... sabes cuán conciso es nuestro artículo. Los dos viejos matemáticos que entienden más o menos a Poincaré deben estar quemándose las neuronas tratando de descifrar nuestro teorema —expresó Ben con cierta gracia.

Amelia soltó una pequeña risa.

—Probablemente sean más de dos.

—Tres, entonces.

—Ben...

—Cuatro. No pienso seguir negociando.

Ella negó con la cabeza y volvió la vista hacia el cielo.

Desde que habían hecho público el trabajo, Amelia había adquirido la desagradable costumbre de revisar su computadora cada vez que pasaba frente a ella. Lo hacía al despertar, mientras desayunaba y antes de irse a dormir, como si en algún momento fuese a aparecer un correo anunciándoles que, efectivamente, habían conseguido hacer lo que tantas personas habían intentado durante décadas. 

Benedict fingía tomarse el asunto con mayor tranquilidad, pero tampoco engañaba a nadie. Amelia lo había descubierto revisando las discusiones sobre su trabajo durante la madrugada y, en más de una ocasión, lo había visto actualizar compulsivamente las páginas en las que comenzaba a circular.

Habían aparecido opiniones de todo tipo. Algunos matemáticos parecían intrigados; otros señalaban posibles dificultades que Ben y Amelia ya habían considerado durante la elaboración del manuscrito; y también estaban aquellos que, sin haberse tomado siquiera el tiempo de comprender la propuesta, parecían convencidos de que dos desconocidos no podían haber conseguido algo semejante.

Aquellos últimos eran los favoritos de Benedict.

—Además, hemos tenido una buena recepción en internet. Eso es una buena señal...

—Que lo hayan leído muchas personas no significa que nos estén apoyando —lo miró divertida.

—Pero se han tomado el tiempo de leerlo, eso ya es bastante para mí.

—Ayer dijiste que un hombre era un imbécil porque escribió que nuestro argumento no podía funcionar.

—Porque era un imbécil.

—No había terminado de leerlo.

—Precisamente.

Amelia volvió a reír y Benedict se quedó observándola. Durante algunos segundos pareció olvidarse por completo de Poincaré, de las discusiones en internet y hasta de la posibilidad de haber cometido un error que mandara meses enteros de trabajo a la basura.

—Me encanta ver cómo floreces con la estación... —murmuró tomando su mano con suavidad.

—¿Florecer? —interrogó ella con curiosidad.

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