Noventa y tres

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—Es un buen libreto...

—Lo es...

—¿Por qué lo rechazaste entonces? —reprochó Julius.

—Porque me dio la gana... —respondió el actor.

El representante se llevó las manos a la cara con cansancio. Llevaba más de una hora sentado frente a Tom, intentando convencerlo de aceptar alguno de los proyectos que habían llegado durante las últimas semanas, y comenzaba a quedarse sin argumentos.

—¿Has ido a ver a Harold? —inquirió.

—Dos veces a la semana, cada semana...

—¿Y por qué sigues comportándote de esta manera? —el mánager preguntó molesto.

—Julius, soy yo el que siempre ha elegido los proyectos en que trabajaré... eres tú el que se está comportando de manera extraña...

—Quiero que trabajes... no has hecho nada en meses, Thomas...

—Yo decido si trabajo o no, Julius... —habló mirándolo serio—. Está bien que seas mi mánager, pero no olvides que eso te hace mi empleado; no puedes obligarme a trabajar.

Julius se puso de pie y lo observó con enojo.

—Quiero que hagas algo con tu vida... me preocupa que estés aquí, todo el día solo...

—Tengo a Bobby...

—Es un perro. —murmuró él.

—Es mi perro, no es solo un perro... —respondió—. Me hace reír... lo llevo de paseo, y me acompaña a la tienda... últimamente es bastante mejor compañía que muchas personas.

Julius guardó silencio por un momento.

—No me vas a hacer caso nunca, ¿verdad?

—No... —dijo levantándose también—. Y por lo mismo, creo que tus servicios ya no son requeridos...

El rubio lo observó con suma sopresa.

—¿Me estás despidiendo? —lo miró alzando las cejas.

Touché... —musitó—. Que te vaya bien, Julius. Te agradezco tus años de trabajo...

Él lo observó desconcertado. Había visto a Tom enfadado una cantidad incontable de veces, había soportado sus caprichos y sus momentos más desagradables, pero jamás había pensado que alguna de sus discusiones terminaría de aquella manera.

—Yo solo quería ayudarte... —habló el hombre.

—Sí... lo sé... —respondió—. Y me ayudabas porque eso significaba ayudarte a ti mismo, ¿no es así?

Julius frunció el ceño.

—Claro que gano dinero trabajando contigo, Thomas. Ese es mi trabajo. No significa que no me importes.

Tom no respondió.

—Pero está bien... —continuó Julius después de unos segundos—. Si esto es realmente lo que quieres, no puedo obligarte a conservarme como representante.

—Es lo que quiero.

—Espero que no termines arrepintiéndote.

—Lo tendré en cuenta.

Julius tomó sus cosas y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta se detuvo, como si esperara que Tom dijera algo que lo hiciera cambiar de parecer, pero el actor permaneció en el mismo sitio.

Finalmente, el representante se marchó de la morada Hiddleston.

Tom permaneció algunos segundos en silencio antes de caminar hasta la cocina, en donde su desayuno se encontraba servido. Tomó una taza de té y nada más, ya que aquel desayuno inglés completo que solía disfrutar tanto ahora le causaba repulsión.

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora