—Este lugar es un desastre... —habló Ben cuando entraron de lleno a la morada.
—No está tan mal... —musitó la mujer mientras se cubría la nariz con la manga—. Requiere un poco de trabajo, pero es mejor que nada...
—Necesitamos comenzar por abrir las ventanas.
Benedict avanzó hasta una de ellas y descorrió las pesadas cortinas. Una nube de polvo se levantó inmediatamente, provocando que Amelia retrocediera un par de pasos mientras agitaba una mano frente a su rostro.
La casa llevaba algún tiempo cerrada desde la muerte de su abuelo y se notaba. No estaba realmente deteriorada, pero sí cubierta por aquella fina capa de abandono que comenzaba a instalarse cuando nadie abría una puerta, movía un mueble o dejaba entrar aire fresco durante años. Algunos muebles permanecían cubiertos con sábanas, las cortinas necesitaban una limpieza urgente y el jardín que podía verse desde los ventanales había crecido mucho más de lo que correspondía.
Aun así, la morada conservaba prácticamente intacta su antigua elegancia.
Amelia avanzó lentamente por el vestíbulo, contemplando los techos altos, las molduras de las paredes y la gran escalera que conducía al segundo piso. Había cuadros, muebles antiguos, lámparas y pequeños objetos que todavía parecían conservar la disposición que el abuelo de Benedict les había dado en vida. Más que entrar a una casa abandonada, tenía la extraña sensación de haber irrumpido en un lugar donde el tiempo simplemente se había detenido.
Comenzaron a recorrer la vivienda, evaluando las labores que tendrían que hacer antes de instalarse definitivamente. Después de un gran catastro, llegaron a la conclusión de que la mayor parte del trabajo consistiría en limpiar, ordenar y decidir qué cosas conservarían, además de traer a alguien que revisara el cableado y las tuberías para asegurarse de que todo estuviera bien.
Había armarios todavía llenos de ropa, cajones con papeles viejos, libros, adornos, fotografías y una cantidad absurda de objetos acumulados durante décadas. Benedict reconocía algunos; otros parecían haber existido desde mucho antes de que él naciera.
—No podemos botar todo esto —dijo Amelia mientras revisaba una caja.
—Créeme, podemos.
—Son cosas de tu familia.
—Precisamente por eso quiero botarlas.
Ella lo miró.
—Primero revisamos.
—Sabía que casarme contigo tendría consecuencias.
Durante las horas siguientes se dedicaron a separar todo en improvisados montones. Aquello que conservarían, lo que podían donar y las cosas que definitivamente debían ir a la basura. La casa comenzó a cambiar rápidamente con las ventanas abiertas y las sábanas desapareciendo de los muebles. Debajo del polvo, la madera todavía brillaba y muchas de las habitaciones estaban en mejores condiciones de lo que habían imaginado.
—¡Ben! —gritó Amelia desde el salón principal.
El inglés corrió despavorido hacia ella, pensando que quizás le había ocurrido algo malo, pero al llegar descubrió que la mujer se encontraba perfectamente bien.
Había retirado una enorme tela blanca y contemplaba lo que se escondía debajo.
—Oh... —susurró Ben al reconocerlo—. Es el piano de mi abuelo...
Amelia pasó un par de dedos sobre la superficie polvorienta y dejó una línea limpia sobre la madera brillante.
—Es hermoso... —dijo ella—. ¿Podemos conservarlo?
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Panacea Universal
Fanfiction❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
