Ochenta y cinco

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—Buenos días, Tom. —saludó una alegre Diana.

—Hola, Di... —habló él—. ¿Cómo estás?

—No me puedo quejar, tenemos teatro lleno para hoy también... —respondió contenta—. ¿Qué hay de ti?

—Bien, traigo a Bobby... —levantó la correa para enseñarle.

El pequeño perro parecía mucho más interesado en olfatear cada rincón del lugar que en la conversación de los humanos.

—Así veo... te ha cambiado la cara desde que lo tienes... —dijo sonriendo.

Tom bajó la mirada hacia el animal.

—Es un gran amigo... siempre tiene energía, a diferencia de mí... —farfulló él.

—Vamos, Tom... debes poner de tu parte... —habló poniendo su mano sobre el hombro de él.

—Lo hago... pero es difícil... —musitó con un tono de hastío.

Diana lo observó durante unos segundos. Había procurado no intervenir demasiado durante las últimas semanas, especialmente porque sabía que Tom no acostumbraba reaccionar bien cuando sentía que alguien intentaba decirle qué hacer. Sin embargo, había ciertas cosas que comenzaban a resultarle demasiado evidentes.

—Deberías buscar un terapeuta mientras estás aquí en Nueva York...

—Harold es mi terapeuta... —la interrumpió.

—Lo sé... entiendo cuán bien te cae Harold... pero... —se debatió entre si hablar o no—. He vuelto a oler el alcohol en ti desde que vinimos a Estados Unidos, Thomas...

—Son solo unas copas de vez en cuando... —susurró él.

—Son más que solo unas copas... estoy segura de ello...

—Cumplo con mi trabajo todos los días, Diana... discúlpame que te lo diga de este modo, pero eso es todo lo que debe importarte a ti...

Diana apartó lentamente la mano de su hombro.

—Lo siento, Tom... no volveré a molestarte —manifestó ella.

Él se dispuso a continuar su camino.

—Ah, una cosa más...

Tom se detuvo.

Diana dio un paso en su dirección.

—Te recomiendo ir al médico uno de estos días —habló observándolo con parsimonia—. Luces bastante delgado y... bueno, uno nunca sabe. Un chequeo completo de vez en cuando no le hace mal a nadie.

Él simplemente asintió y se dio media vuelta para entrar a su camerino, en compañía del amigable Bobby.

—Un doctor... —bufó mientras tiraba su mochila sobre un escritorio—. Un doctor no me devolverá a Amelia...

Bobby lo observó desde el suelo y ladeó ligeramente la cabeza.

—Tú no opines.

El perro movió la cola.

Tom suspiró antes de sentarse frente al escritorio.

Mientras revisaba su correo y hacía algunas llamadas importantes, Bobby se entretuvo con un juguete de plástico que el inglés le había comprado. El cachorro parecía completamente exento de los pensamientos y problemas de su amo, mordiendo el objeto con absoluta concentración mientras Tom discutía asuntos de trabajo y, en más de una oportunidad, alzaba la voz con fuerza en dirección al teléfono.

Por esa misma hora, a varios miles de kilómetros de distancia, Amelia dormía apegada al matemático, quien la observaba con tranquilidad y cariño, aprovechando que ella continuaba profundamente sumergida en el sueño.

La había tenido entre los labios, y nada había sido tan placentero para él en toda su vida como aquello.

Benedict sonrió al recordarlo.

No había conseguido dormir demasiado después del beso. Amelia, en cambio, parecía haber caído rendida poco después y seguía acurrucada contra su cuerpo, con una mano descansando cerca de su pecho. Ben no había querido moverse demasiado por miedo a despertarla y, aunque uno de sus brazos comenzaba a entumecerse considerablemente, decidió que aquello era un sacrificio bastante razonable.

La misma lluvia que los había tomado por sorpresa la noche anterior seguía azotando el bosque durante esa mañana, aunque con menor intensidad. Las gotas golpeaban suavemente la superficie de la tienda y, por momentos, parecía que finalmente comenzarían a ceder.

Amelia, quien seguía vistiendo sus gruesos ropajes en contra del frío, se removió entre sus brazos, señalando que comenzaba a escapar del universo alterno de los sueños.

—Ben... —murmuró mientras abría los ojos.

—Hola —respondió él mirándola—. ¿Cómo dormiste?

Ella sonrió cerrando los ojos nuevamente.

—Bien... no tuve frío... así que muchas gracias...

—Fue recíproco. —musitó él.

Amelia permaneció unos segundos más en la misma posición antes de incorporarse. El interior de la tienda estaba mucho más frío fuera del saco, por lo que comenzó a quitarse algunas de las capas de ropa con bastante rapidez hasta quedar simplemente con su pijama.

Entonces escuchó nuevamente la lluvia.

—¿Aún no para de llover? —inquirió sorprendida.

—No... pero no tarda, es solo una llovizna lo que hay ahora...

—Eso espero...

Amelia abrió ligeramente la entrada de la tienda y sacó la cabeza para comprobarlo por sí misma. El frío de la mañana la recibió de inmediato y volvió a meterla en menos de un segundo.

—Creo que tendremos que adelantar la vuelta a casa... —habló mirándolo—. Ni en sueños podremos hacer un fuego decente para cocinar nada hoy...

—Tenemos comida enlatada...

—Ben...

—¿Qué? Técnicamente sigue siendo comida.

Ella lo observó.

—Quiero volver a una casa que tenga calefacción.

—Argumento convincente.

Benedict levantó una parte del saco de dormir.

—Ya son las diez... —lo miró divertida.

—Temprano —insistió él.

Ben la jaló suavemente de un brazo y Amelia terminó por dejarse caer otra vez a su lado.

—En un rato ordenamos todo y tomamos el primer tren que encontremos —añadió él.

—Está bien... —musitó ella sonriendo mientras volvía a meterse dentro del saco y cerraba los ojos.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

—Amelia... —la llamó.

—Uhmn... —murmuró ella sin abrir los ojos.

Put your head on my shoulder... —cantó cortamente.

Una sonrisa apareció inmediatamente en el rostro de Amelia. Sin decir nada, se acomodó sobre el pecho de Ben como si aquella frase hubiese sido una instrucción y él la envolvió entre sus cálidos brazos.


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✒Mazzarena 

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora