Noventa y cuatro

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—El comité los espera en la sala de reuniones número cuatro. Ya pueden pasar... —habló una secretaria mirándolos intercaladamente.

Amelia agradeció con una sonrisa que probablemente pareció más una mueca y comenzó a caminar junto a Benedict por el largo pasillo.

Solo se escuchaban sus pasos y uno que otro suspiro exaltado.

—Podríamos escapar —murmuró Amelia sin dejar de caminar.

—¿Ahora?

—Sí.

—Llegamos demasiado lejos.

—Podemos fingir que nos equivocamos de edificio.

—Estudiaste aquí.

—Puedo fingir amnesia.

Benedict soltó una pequeña risa.

—Tranquila, cariño...

—No me digas que esté tranquila.

—Está bien. Entra en pánico, cariño.

—Gracias.

Llegaron frente a la puerta indicada y se detuvieron.

Amelia la observó durante algunos segundos.

—Abre tú.

Benedict la miró de lado antes de tomar el picaporte.

La sala era mucho más grande de lo que Amelia había imaginado. Una larga mesa ocupaba prácticamente todo el centro y alrededor de ella se encontraban sentadas cerca de una docena de personas, algunas de las cuales reconoció vagamente de sus meses como estudiante en el Imperial.

También estaba Philip Spencer.

El hombre levantó la mirada apenas los vio entrar y, durante un segundo, su expresión cambió. Amelia no consiguió determinar si se trataba de sorpresa, incomodidad o simple desagrado.

No tuvo tiempo de averiguarlo.

—Sean bienvenidos... —habló un hombre poniéndose de pie para recibirlos, acción que fue imitada por los presentes—. Soy el doctor Berg. Charlamos por teléfono esta mañana.

—Un gusto... —saludó Amelia estrechando su mano.

—Es un placer —dijo Benedict haciendo lo mismo.

—El placer es nuestro, créanme —respondió Berg—. Acomódense, por favor.

Los matemáticos asintieron y tomaron asiento uno junto al otro en las dos sillas dispuestas para ellos. Amelia dejó su bolso junto a sus pies y apoyó ambas manos sobre las piernas. Benedict, en cambio, se recostó ligeramente contra el respaldo.

—Imagino que tienen una idea bastante clara de por qué están aquí —comenzó Berg.

—Esperamos tenerla —respondió Ben.

Algunos de los presentes sonrieron.

—Han pasado casi dos meses desde que recibimos la versión completa de su trabajo. Durante ese tiempo, el manuscrito ha sido estudiado por distintos miembros del departamento y por algunos colegas externos a quienes pedimos una revisión independiente.

Amelia tragó saliva.

Berg continuó hablando con una tranquilidad que comenzaba a resultarle insoportable.

—No voy a mentirles. Su trabajo no ha sido sencillo de revisar. Hay partes particularmente complejas y algunas de sus decisiones nos obligaron a retroceder varias veces para comprender exactamente qué estaban haciendo.

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora