Ciento tres

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—¿De verdad es tan grave? —inquirió Benedict sorprendido.

Ella asintió mientras bebía un sorbo de su taza de té.

Se encontraban en aquella colorida y alegre casa de té, la cual era la favorita de Ben desde hacía años. El sitio parecía especialmente inapropiado para la conversación que estaban teniendo: flores, porcelana, pasteles y dos personas discutiendo sobre cáncer y muerte.

—Stella no lo podía creer cuando le conté...

—Me imagino... —respondió él.

Amelia permaneció unos segundos mirando su taza.

—Ben... —lo llamó finalmente—. No podré acompañarte al resto de la gira.

Él levantó la mirada.

—¿A qué te refieres?

—Voy a quedarme aquí con Tom... —respondió ella en un susurro—. O cerca de él, al menos. Quiero acompañarlo a las citas, asegurarme de que tome sus medicinas y de que esté bien...

Benedict bajó su taza de té con lentitud.

—¿Aceptó el tratamiento?

—Aceptó volver a hablar con el oncólogo.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Lo sé... —murmuró ella—. No quiso prometerme que lo aceptaría.

Ben guardó silencio.

—Pero es algo —continuó Amelia—. Ayer ni siquiera quería considerarlo. Si vuelvo a irme durante meses, no sé qué hará. Puede arrepentirse de hablar con el médico, puede encerrarse otra vez en su casa... puede empeorar mientras estoy en otro país dando una conferencia como si nada estuviera ocurriendo.

—Amelia...

—No puedo, Ben —lo interrumpió—. No puedo irme sabiendo que está así.

Una gran turba de opiniones poco populares, cargadas de sus propias emociones y complejos, se agolpó contra la mente de Ben. No le agradaba Tom, no confiaba en él y tampoco le hacía ninguna gracia que Amelia reorganizara su vida alrededor de aquel hombre. Sin embargo, intentó acallarlas antes de responder.

—Entiendo que quieras quedarte —dijo finalmente—. No me gusta, pero lo entiendo.

Amelia levantó la mirada hacia él.

—¿De verdad?

—No pongas esa cara. No soy un monstruo.

—Nunca dije que lo fueras.

—Tu cara sí.

Ella esbozó una sonrisa diminuta, que desapareció casi inmediatamente.

—No quiero que esté solo en esto... —murmuró con la mirada gacha—. Y no sé cuánto tiempo tiene, Benedict. Nadie lo sabe. Puede ser mucho menos de lo que esperamos...

Ben apretó los labios.

—¿Y qué piensas hacer exactamente?

—Todavía no lo sé.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

—Estoy intentando resolverlo —reclamó ella—. Pensé que quizás debería quedarme más cerca de él. Rentar algún cuarto, como cuando vivía en Charlottesville... Tom incluso me ofreció mi antigua habitación.

Benedict dejó la taza sobre el plato.

—No.

Amelia arqueó las cejas.

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