Cincuenta y ocho

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Cada vez que Amelia se apartaba de él, Tom sentía el mismo sufrimiento que cuando era un niño y se quedaba solo en casa. Volvía a aquellos minutos de nerviosismo y terror después de que mamá se iba, cuando sabía que papá estaba por llegar. 

Sus recuerdos lo asfixiaban y lo obligaban a revivir aquello tan horrible que le había hecho, el dolor y el miedo, y aquel secreto que lo obligó a guardar porque, si alguna vez hablaba, le haría algo terrible a su madre. O eso fue, al menos, lo que él dijo.

Tenía solo cinco años. Era un chiquillo de cabello ensortijado y desordenado, que usaba unas pequeñas gafas, debido a su temprana falla de visión. Le gustaba leer cuentos de Oscar Wilde, y era un niño tranquilo, acostumbrado a la gente, alegre y juguetón. Era obediente con su madre, y siempre temeroso de su padre por su fuerte carácter y la forma en que se transformaba para peor cuando bebía.

Tiempo después, supo que su padre también consumía drogas fuertes, como cocaína y heroína, algo que ignoraban todos aquellos que tanto admiraban al respetado político, miembro de la Cámara de los Lores.

Sin importar cuánto lo deseara, jamás lograría borrar de su memoria una de aquellas noches.

Su madre tenía que trabajar esa noche, así que, como siempre, le dio de cenar y lo dejó ya con su pijama puesto para esperar a la llegada de su padre. Supuestamente, arribaría solo diez minutos después de que su madre se fuera, como sucedía cada dos o tres días durante la semana, cuando ella tenía turnos nocturnos. La diferencia de aquella noche, entre tantas otras oportunidades, era que ese día no había empleadas en casa.

Violette odiaba dejarlo solo, pero pensaba que diez minutos no era tanto tiempo. Después de todo, Thomas era un niño sereno y no tenía sentido contratar a una niñera por solo algunos minutos.

El pequeño Tom había reclamado cuando supo que ella tendría que trabajar esa noche. Detestaba cuando eso pasaba, puesto que le gustaba dormir sabiendo que su madre estaba en casa y que podía cuidarlo mientras él descansaba.

—Ya vendrá Christopher. —murmuró para sí misma cuando salía de casa—. Es su padre, lo cuidará bien.

El pequeño Thomas aún no manejaba a la perfección el concepto del tiempo, pero luego de un rato que le pareció demasiado extenso, entendió que habían pasado ya más de diez minutos, y su padre aún no se aparecía por el lugar.

Le daba miedo estar solo en casa, pero le daba más miedo estar en casa únicamente con Christopher. Nada más atinó a seguir acostado, mientras una pequeña luz de noche iluminaba su habitación.

Cuando las agujas del reloj se chocaron en el doce, sintió ruidos desde la planta baja de la casa.

—¡Violette! —escuchó gritar.

Él respiró con fuerza y sintió cómo el espanto ponía sus gélidas manos en su espalda otra vez.

—¡Violette! —volvió a escuchar.

Salió de su cama rápidamente y descalzo caminó hasta la escalera. Desde arriba lo vio; se veía bastante mal, despeinado y sucio. Otra vez no, por favor, no. No quiero que me haga tocarlo, pensó.

"Ayúdame, Dios".

—¡Thomas! —gritó esta vez.

Tom estaba mirándolo desde una esquina, tratando de verlo sin ser percibido.

—¡Thomas! —vociferó con más fuerza.

Eso lo asustó demasiado. Finalmente, salió de su escondite y lo miró desde lo alto de la segunda planta.

—Mamá está en el trabajo... —respondió tímido.

—Tú... —habló cuando lo vio—. Tú...

Comenzó a subir las escaleras en su dirección.

Tom retrocedió.

—No te vayas, ven con papi... —murmuró mientras sonreía.

—No quiero. —susurró asustado.

Christopher tomó su mano y lo llevó hasta su habitación.

—No quiero, no quiero... —reclamó con timidez, pero también con profundo horror y rechazo.

—Será estupendo...

Tom se levantó de la cama de Amelia y corrió al baño para vomitar. Siempre terminaba devolviendo todo el contenido de su estómago al recordar aquella noche.


Don't forget to ★


✒Mazzarena 

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora