Amelia y Benedict llegaron al Mandarin Oriental montados en la motocicleta.
Parecían un par de rock stars estacionándose frente a la entrada del hotel de lujo, vestidos elegantemente, ambos de negro y llamando la atención de buena parte de las personas que se encontraban allí.
Ben llevaba un smoking sencillo que había utilizado más de un par de veces, pero que le sentaba tan bien como la primera vez que lo vistió. Por su parte, Amelia llevaba un vestido largo de tiras, negro y brillante, con un pequeño escote que se ajustaba elegantemente a su pecho y que solo le había costado diecinueve libras en una tienda de ropa vintage, como la gente en Inglaterra llamaba a los comercios de ropa usada.
Un valet ofreció estacionar su transporte sin poder ocultar la sorpresa. Al parecer, nadie más se había presentado a una ceremonia de aquella categoría montando un vehículo de esas características.
—¿Lista? —preguntó Ben mirándola.
—Eso creo... —musitó ella.
Él ofreció su brazo y Amelia lo aceptó con una pequeña sonrisa.
Entraron al hotel con paso elegante y fueron dirigidos por un empleado hacia el salón del evento, mientras otro tomó el abrigo de Amelia, revelando así su atuendo por completo.
Pasaron frente a amplios espejos, donde Amelia vio reflejada su humanidad y la del hombre que marchaba junto a ella.
Había estado en suficientes conferencias, cenas y eventos durante los últimos meses como para haber dejado de preguntarse qué debía hacer con las manos o qué tenedor correspondía utilizar primero. De todos modos, aquella noche era diferente.
Aquella noche todos estaban allí por ellos.
Ben se veía increíble. Su traje, su postura y aquella facilidad natural que tenía para caminar por sitios elegantes hacían parecer que pertenecía perfectamente al lugar. Amelia también sabía que se veía bien. Había aprendido, después de muchos años, que un vestido de diecinueve libras podía lucir igual de hermoso que uno de cientos si la persona que lo llevaba conseguía sentirse cómoda dentro de él.
Y ella se sentía cómoda.
—Esta es su mesa, jóvenes... —habló el señor que los había guiado—. Espero tengan una buena velada...
—Gracias... —respondió Amelia.
El empleado asintió y se marchó.
Al estar ya sentados, Amelia dio una mirada al salón y se percató de que estaba repleto de gente. Reconoció algunos rostros de las conferencias de los últimos meses y otros únicamente por fotografías, artículos o interminables cadenas de correos electrónicos.
También había periodistas, aunque aquello ya no le resultaba novedoso. Lo bueno era que esa noche no estaban allí para preguntar si la demostración podía contener un error.
—Luces preciosa esta noche —susurró Ben junto a ella.
—Ben, no tiene sentido que me digas eso. Me ayudaste a elegir mi vestido, a peinarme e incluso me pintaste las uñas.
—Pero no había tenido tiempo de apreciar el resultado de mi trabajo —respondió él de manera sugerente—. Luces hermosa. Tengo que decirlo.
—Tú te ves muy guapo —dijo Amelia alzando una ceja—. Creo que también hice un muy buen trabajo con tu cabello. Al menos resistió ser apretujado por el casco sin deformarse demasiado.
—Ciertamente. Pero mi pelo se ha vuelto una molestia. Tendré que cortarlo pronto.
—Me encantan tus rizos. Será una pena para mí.
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Panacea Universal
Fanfiction❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
