Ochenta y seis

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—Pero ¿has sentido algo que amerite un chequeo completo? —interrogó el médico.

—No... solo me duele el estómago a veces... y vomito de vez en cuando... pero eso es por el estrés...

—Entiendo...

—Doctor... hace mucho que no me hago un análisis completo y creo que es tiempo de ello. Eso es todo...

El médico lo observó por un momento antes de ponerse de pie.

—Está bien. Te espero mañana a las ocho de la mañana... te haré todos los exámenes que sean necesarios, ¿sí?

—Claro... le agradezco.

—Mi secretaria te dará todas las indicaciones. —habló abriendo la puerta—. Nos vemos...

Él solo asintió, mientras dirigía sus pasos hacia el escritorio de la mujer, que le dio la pauta necesaria para el día de análisis médicos.

—Perder mi tiempo y dinero... —murmuró cuando salía—. Eso estoy haciendo...

Mientras Tom caminaba por una calle abarrotada de gente, al otro lado del Atlántico Amelia y Ben recién llegaban a su morada después del improvisadamente corto viaje.

Ni siquiera alcanzaron a guardar sus cosas antes de que Amelia descubriera el primer problema doméstico que los esperaba.

—¡Nelly! ¿Por qué te comiste el alimento de tus hijos? —reprochó al encontrar vacío el plato de los gatitos.

La gata la miró durante un segundo con absoluta indiferencia y luego emprendió tranquilamente su camino hacia el comedor.

—Benedict... —reclamó observando al inglés.

—Ella no diferencia... —respondió él—. Comida es comida...

—Fue mejor que nos viniéramos antes... —habló mientras se agachaba para rellenar el gran plato—. Pobrecitos, habrían pasado hambre...

—¿No disfrutaste el viaje? —preguntó él con las manos en los bolsillos.

Ella se levantó mirándolo.

—Claro que sí... fue increíble... —dijo mientras le daba un abrazo—. Gracias por elegir ese lugar, jamás pensé que me divertiría tanto...

—Yo también me divertí a montones... hay que repetirlo...

—Por supuesto... —murmuró ella.

Benedict acarició su espalda con tranquilidad y permaneció abrazándola durante algunos segundos más. Amelia ya comenzaba a separarse cuando él volvió a hablar.

—Hay algo que quiero mostrarte... —Ben susurró de repente—. Ven conmigo...

Tomó la mano de la mujer y la llevó hasta el salón principal, deteniéndose a unos metros del viejo piano que había pertenecido a su abuelo.

—Escribí esto para ti... —musitó mientras se sentaba en el asiento del piano—. Siéntate aquí...

Ella obedeció sorprendida.

Ben se tomó un momento antes de comenzar. Puso ambas manos sobre las teclas y respiró profundamente, como si necesitara reunir valor para aquello. Amelia sabía que él no sabía tocar el piano, por lo que verlo ahí, nervioso y preparándose para tocar algo que había escrito exclusivamente para ella, consiguió despertar todavía más su curiosidad.

Entonces comenzó.

Era una melodía dulce y maravillosamente tierna, bastante sencilla, pero fue el momento en que Benedict comenzó a cantar lo que realmente sorprendió a Amelia.

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora