Ochenta y tres

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—Buenos días, señor... —lo saludó un hombre mayor—. ¿Cómo puedo ayudarlo?

Tom rebuscó en sus bolsillos y extrajo el folleto que le había dado aquella muchachita en Central Park.

—Sí, bueno, yo... —le enseñó el trozo de papel—. Quiero adoptar...

—¡Maravilloso!, venga conmigo... —el sujeto caminó hacia una puerta—. Sígame, no sea tímido.

Thomas ensanchó los pasos para seguir al hombre dentro del lugar, llegando hasta una parte del complejo en que había gran cantidad de animales.

—Nueva York es una ciudad enorme; por lo mismo, como usted podrá imaginar, hay gran cantidad de animales que son abandonados cada día... las personas como usted, que deciden recoger un animal desamparado en lugar de comprar uno, son de suma importancia para nuestro movimiento... —contó el tipo mientras caminaban—. ¿Qué animal le gustaría adoptar?

—No sé... —respondió mirando las jaulas.

El adulto mayor lo miró alzando las cejas.

—Señor...

—Puede llamarme Tom... —dijo él.

—Tom... —habló observándolo—. Discúlpeme, pero, ¿por qué quiere adoptar?

El inglés le devolvió la mirada y guardó silencio durante unos segundos.

No había pensado demasiado en la respuesta. De hecho, tampoco había pensado demasiado en lo que estaba haciendo allí. Había encontrado nuevamente el folleto aquella mañana al buscar algo en el bolsillo de su abrigo y, luego de contemplarlo durante un rato, simplemente había decidido acudir a la dirección impresa al reverso.

—Necesito compañía... —murmuró.

—Compañía... —repitió él—. Venga por aquí...

Entraron a otra sala que, a diferencia de la anterior, estaba llena de mucho ruido, decenas de ladridos agudos y emocionados.

—Aquí es donde están los bebés... —habló señalando el sitio—. Puede mirarlos; cuando sienta amor a primera vista, me avisa...

El hombre lo dejó solo, frente a lo cual Tom caminó con pasos lentos por enfrente de las jaulas. La mayoría de los perros jugaban entre ellos de manera ruda y entusiasmada, apenas notando la presencia del inglés. Avanzó varios metros hasta llegar a un pequeño can que le pareció muy bonito y, sin poder resistirse a su amistosa personalidad, se detuvo frente a su celda.

—Hola... —habló poniéndose a su nivel—. ¿Cómo estás?

El pequeño animal lo miraba con ojos inmensos, mientras batía su cola y se paraba en dos patas contra la reja.

—Luces muy amigable... —comentó—. ¿Te gustaría vivir en Londres conmigo?

El pequeño de pelaje marrón, incapaz de comprender una sola palabra de las que él decía, solo batía su cola sin cesar, mostrando cuán emocionado le hacía sentir el aroma del humano frente a él.

—Tengo una casa grande... —le contó—. Tiene un buen jardín... sé que te gustará...

—Veo que le ha agradado a uno de los cachorros... —habló el hombre a su lado—. ¿Llevará este?

—Sí, creo que este es... —respondió.

El proceso resultó un poco menos inmediato de lo que Tom había esperado. Tuvo que completar formularios, responder algunas preguntas y escuchar una larga explicación sobre los cuidados que necesitaría el animal. Después compró una correa, un par de recipientes, algunos juguetes y un saquito de alimento que no tenía demasiada certeza de saber administrar correctamente.

Cuando finalmente abandonó el lugar, lo hizo acompañado del pequeño perro, que jalaba de la correa con sorprendente determinación y parecía convencido de conocer perfectamente la ciudad.

—Eres un perro bastante dominante... —habló para sí mismo—. Pareces un Bobby...

Un poli, o un Bobby, como en Inglaterra llaman a los policías.

—Bobby... —le habló al perro—. Te llamaré Bobby...

El perrito café lo miró de momento, mientras esperaban en un semáforo, y volvió a batir su cola con efusión para saltar hacia él con felicidad. Tom lo tomó en el aire, mientras sonriendo lo miraba. 

Al parecer, a Bobby le había gustado su nombre. 


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✒Mazzarena

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora