Ciento dieciséis

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Las personas comenzaron a disiparse cuando la ceremonia se dio por terminada y, una hora después, luego de recibir innumerables condolencias de familiares, amigos, colegas y rostros que Amelia apenas alcanzaba a reconocer, terminó por ser la única que quedó en aquel lugar.

La joven permaneció frente a la lápida, observando el nombre grabado sobre el brillante mármol negro. Habían transcurrido días desde aquella tarde en el hospital y, sin embargo, todavía le costaba comprender que Tom ya no existía en ninguna otra parte. 

No estaba en Belsize, ni en un hospital, ni filmando en algún lugar lejano, ni aparecería de improviso en su puerta para solucionar un problema que nadie le había pedido resolver. Simplemente había dejado de estar.

—Thomas William Hiddleston... —habló mirando su lápida—. A pesar de todo, te voy a extrañar como no tienes idea...

Debajo de su nombre, las fechas de nacimiento y muerte estaban acompañadas por una frase que Tom había dejado escogida antes de fallecer.

«Fin del primer acto. Espero que en el segundo volvamos a compartir la escena, moró mou».

Tom Hiddleston (1981-2020)

La dama secó una de las muchas lágrimas que bajaban por su rostro en ese momento. Resultaba extraño ver resumida una vida entera entre dos años separados por un guion. Todo lo que Tom había sido, lo bueno y lo malo, sus películas, sus miedos, sus errores, sus ridículos intentos por controlar cuanto ocurría a su alrededor, las veces que la había hecho reír y también aquellas en que la había hecho llorar, cabían ahora entre dos números grabados sobre una piedra.

—Amelia... —escuchó detrás de ella.

Reconoció aquella voz inmediatamente y, por un instante, no se atrevió a girarse.

—Benedict... —susurró con sorpresa cuando finalmente lo hizo.

Ben se encontraba a algunos metros de distancia, vestido completamente de negro y con el brazo izquierdo todavía sujeto por un cabestrillo. Estaba mucho mejor que la última vez que Amelia lo había visto, aunque aún podía advertirse en su rostro alguna huella del accidente. Él se acercó lentamente hasta quedar a su lado.

—Lo siento mucho... —dijo el inglés mirando la lápida—. Me imagino lo difícil que debe ser esto para ti...

Ella tomó un respiro y volvió la mirada hacia el mármol.

—Sé que está mejor ahora... —murmuró—. Estaba sufriendo mucho. El cáncer fue demasiado agresivo y los últimos días fueron horribles.

—Sí, lo pude ver... —habló Ben después de unos segundos—. Él fue a visitarme.

Amelia giró la cabeza de golpe.

—¿A Bromley?

—Sí.

—¿Hace cuánto?

—Hace unas semanas... después de que salí del hospital.

Ella lo observó extrañada.

—No me dijo nada sobre eso.

—Supongo que no tuvo oportunidad. Además, por lo que entendí, tampoco estaba hablando contigo.

Amelia bajó la mirada. Durante varios segundos tuvo deseos de preguntarle inmediatamente de qué habían hablado, aunque una parte de ella temía conocer la respuesta.

—¿Qué quería?

—Hablar sobre algunas cosas... principalmente sobre ti. Y sobre él mismo, supongo.

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