Ochenta y nueve

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—Es la última función... ¿no estás emocionado? —interrogó Diana.

—Claro...

Ella lo observó de lado.

—No pareces demasiado emocionado.

—Estoy reservando mi entusiasmo para el escenario.

—Ah, entiendo... —murmuró con una pequeña sonrisa—. No sabes lo mucho que me asombra que te veas tan terrible tras bambalinas, pero tan radiante allá arriba.

Tom la miró fingiendo sentirse ofendido.

—Gracias por decirme que me veo terrible.

—Sabes a lo que me refiero.

—Es algo que no te enseñan en la universidad... —comentó él con gracia.

—¿Qué cosa?

—A parecer feliz.

Diana dejó de sonreír por un instante.

Tom se levantó para tomar un vaso metálico con tapa que había dejado sobre una mesa y bebió de él.

—No es café, ¿verdad? —inquirió ella.

—Yo odio el café...

Diana soltó aire por la nariz y negó lentamente con la cabeza.

—¿Cuánto llevas bebiendo hoy?

—No estoy borracho.

—No fue lo que pregunté.

Tom cerró el vaso y lo dejó nuevamente sobre la mesa.

—Tengo una función en menos de una hora, Diana. No voy a subir borracho a un escenario.

—Pero sí vas a beber antes de subir.

Él no respondió.

Diana asintió rendida y caminó hacia un grupo de actores que conversaba animadamente a unos metros de ellos. Tratar de incluir a Tom, de conversar con él o simplemente ser su amiga era una labor que comenzaba a parecerle imposible. Lo había intentado durante meses, pero los resultados eran mínimos.

Thomas seguía siendo un ser hermético.

Y, últimamente, parecía empeñado en cerrarse todavía más.

Sin embargo, Diana tenía razón en algo: apenas comenzó la función, el hombre que había estado sentado en silencio tras bambalinas desapareció.

Tom cumplió cada una de sus escenas como si nada estuviese ocurriendo. Sonrió cuando debía hacerlo, proyectó la voz con la misma seguridad de siempre y se desplazó por el escenario sin dejar rastro del cansancio que llevaba acumulado. Nadie entre el público habría podido adivinar que, unas horas antes, un médico le había hablado de daño en su páncreas ni que todavía tenía estudios pendientes que se había negado a realizar.

Por un par de horas, ni siquiera él pensó demasiado en aquello.

Cuando cayó el telón por última vez, los aplausos llenaron el teatro. Parte del elenco se abrazó sobre el escenario y alguien comenzó a llorar cerca de él. Tom sonrió, agradeció al público y permaneció junto a sus compañeros hasta que las luces comenzaron a apagarse.

Pero apenas regresó tras bambalinas, la sonrisa desapareció.

—¡Tom! —lo llamó Diana cuando lo vio recoger algunas de sus cosas—. Vamos a ir a beber algo para celebrar. Bueno... —rectificó inmediatamente—, quizás esa no es la mejor invitación para ti. Pero podrías venir a comer.

—Tengo que recoger a Bobby.

—Después de Bobby.

—Tengo que hacer las maletas.

—Después de las maletas.

Tom la miró.

—Tengo un avión.

—Mañana.

—Diana...

—Está bien, está bien... —levantó ambas manos—. Lo intenté.

Él sonrió apenas.

—Nos veremos en Londres.

—Eso espero.

Tom guardó las últimas cosas dentro de su mochila y se dispuso a marcharse. Antes de que alcanzara la puerta, Diana volvió a llamarlo.

—Thomas.

Él se giró.

—Ve al médico cuando llegues a Londres.

La pequeña sonrisa desapareció de su rostro.

—Sí.

—Promételo.

—Buenas noches, Di.

Y salió.

Fue por Bobby a la guardería canina y el cachorro lo recibió saltando sobre sus piernas, como si hubiesen pasado meses en lugar de algunas horas separados.

—Sí, yo también te extrañé —murmuró Tom mientras intentaba ponerle la correa—. Tranquilo.

Antes de regresar al hotel, sacó el teléfono para comprobar la hora. Tenía varias notificaciones acumuladas y, entre ellas, dos llamadas perdidas de la clínica. Las observó durante algunos segundos y guardó el teléfono nuevamente en el bolsillo.

A la mañana siguiente tomó sus maletas y abandonó Nueva York junto a Bobby. No se despidió de demasiadas personas ni se detuvo a dar autógrafos cuando algunos admiradores lo reconocieron en el aeropuerto. Solo quería regresar a casa.

Londres le parecía, por primera vez en bastante tiempo, un lugar extrañamente tranquilizador.

Una vez instalado en su asiento de primera clase, sacó un libro de su equipaje de mano e intentó concentrarse en él. Bobby, por supuesto, no podía acompañarlo tranquilamente a sus pies durante todo el vuelo, y su traslado había requerido bastante más organización de la que Tom había imaginado cuando decidió adoptarlo en Nueva York. Aun así, saber que el cachorro también iba camino a casa le bastaba.

Leyó la misma página tres veces.

En ninguna de ellas consiguió recordar qué decía.

Terminó cerrando el libro y apoyó la cabeza contra el asiento.

A esa misma hora, al otro lado del charco, Amelia y Benedict tenían problemas completamente diferentes.

—Está mal —sentenció Ben.

—No está mal.

—Está mal.

—Llevamos seis horas trabajando en esto, Benedict. Si vuelves a decir "está mal" sin decirme dónde está mal, voy a golpearte con ese libro.

Ben levantó los ojos hacia ella.

—Violencia doméstica. Excelente comienzo para nuestro matrimonio.

—Cállate y revisa la tercera línea.

Otra noche, y otra vez que no dormían por trabajar.

La enorme pizarra de la biblioteca estaba cubierta casi por completo. Habían abandonado dos tazas de té sobre el escritorio varias horas atrás y ninguna conservaba ya algo parecido al calor. Entre libros abiertos, hojas arrugadas y cálculos tachados, Amelia permanecía sentada en el suelo con las piernas cruzadas, mientras Benedict volvía a recorrer por enésima vez una parte de lo que habían escrito.

—Amelia...

—¿Qué?

—Ven a ver esto.

Ella se puso de pie inmediatamente.

El cansancio desapareció de su rostro.


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 ✒Mazzarena 

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora