—¿Amelia? —interrogó irguiéndose en la cama.
Solo sintió cómo el eco de su voz resonaba en la habitación.
Se levantó y caminó hacia el baño, pero también estaba vacío. Pensó que quizás había ido a su cuarto para tomar una ducha y cambiarse; a decir verdad, él también lo necesitaba, así que optó por hacer de eso su primer acto consciente del día.
Mientras él llenaba la tina, lleno de una energía y felicidad que no había sentido en mucho tiempo, Amelia estaba sentada en cuclillas en el piso de su baño, sin poder dejar de llorar.
Cuando Tom se durmió en la madrugada, ella se había escabullido de su habitación y, apenas cerró la puerta de la suya, comenzó a llorar de arrepentimiento y vergüenza.
Había traicionado a Ben.
No había una explicación más amable para aquello, por mucho que su cabeza llevara horas buscándola.
Jamás la perdonaría, estaba segura de ello. Nunca había sentido tanta rabia contra sí misma como la que sentía esa mañana.
Una cosa era estar cuidando de Tom, cumplirle sus pequeños caprichos, cocinarle sopa de pollo, acompañarlo al teatro o viajar con él a una ceremonia que quizás nunca volvería a pisar. Otra muy distinta era acostarse con él. Ese era un límite que Amelia había resquebrajado por voluntad propia, sabiendo perfectamente que Benedict existía al otro lado de sus decisiones.
Y Benedict la amaba.
Peor todavía: ella también lo amaba.
Se había bañado dos veces esa noche, pero eso no cambiaba nada; se seguía sintiendo sucia, una hipócrita. La segunda ducha solo había conseguido dejarle la piel reseca y los ojos igual de hinchados.
Se levantó del frío piso y caminó hasta el balcón para observar la ciudad y respirar un aire diferente.
No podía sentirse mejor; nada la hacía sentir mejor.
De pronto, escuchó tres golpecitos suaves en su puerta.
—¿Estás ahí, Amelia? —escuchó desde afuera.
No pudo decir nada.
No lo quería ver, ni menos oír. Tom no tenía la culpa de la decisión que ella había tomado y Amelia lo sabía, pero de todos modos no se sentía con ganas de enfrentarlo.
—¿Amelia? —volvió a oír—. No me asustes...
Caminó hasta la puerta y se apoyó contra ella.
—¿Qué quieres? —interrogó con un tono seco.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado.
—Quería saber si estabas bien.
Amelia cerró los ojos.
—¿De verdad me estás preguntando eso?
—Amelia... —susurró—. Abre, por favor.
Ella tomó la manilla y la giró, encontrándose con un agitado Tom.
—Amelia... —dijo él intentando acercarse para abrazarla.
—Tom... —habló deteniéndolo con una mano—. No quiero que me toques.
Él se quedó quieto.
Recién entonces pareció reparar en sus ojos hinchados y en la expresión de su rostro.
—¿Qué pasó?
Amelia lo miró con incredulidad.
—Fue un terrible error —murmuró sin mirarlo—. Eso pasó.
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Panacea Universal
Fiksi Penggemar❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
