Capítulo 81.

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─┈ꗃ ▓▒ ❪ act two ― chapter fifty-four. ❫ ▒▓


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ELENA GILBERT POV.


LA NOCHE COMENZÓ ANTES DE que la música existiera. En la pensión Salvatore, el aire era denso, casi irrespirable, como si las paredes mismas contuvieran el aliento ante lo que estaba a punto de suceder. Elena Gilbert permanecía inmóvil junto a la ventana, observando una oscuridad que no le devolvía nada, ni reflejo ni consuelo. Su mente era un torbellino pero, su cuerpo... su cuerpo estaba rígido, decidido, como si ya hubiese cruzado un punto sin retorno aunque aún no quisiera admitirlo.

A su espalda, el ambiente cambió. No hubo pasos, ni siquiera ruido. Su presencia era suficiente. Antigua, imponente, maternal en el sentido más cruel de la palabra.

—Sigues dudando —dijo, a sus espaldas.

La voz de Esther Mikaelson fue suave pero, cargada de siglos, de decisiones irrevocables, de sacrificios que nunca pidieron permiso. Elena cerró los ojos apenas unos segundos, antes de girarse.

—No —mintió, aunque la negación no le pertenecía del todo.

Damon, apoyado contra la mesa con una falsa despreocupación, observaba la escena con esa media sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos. Había algo casi divertido en su forma de encarar el peligro, aunque también algo peligrosamente calculador.

Esther avanzó y, con cada paso, parecía reclamar el espacio como suyo, como si incluso en ese siglo, en esa casa, siguiera siendo la figura central de una historia que nunca terminó realmente.

—Esta noche termina todo —dijo, en modo de promesa.

Elena desvió la mirada un instante, buscando algo en el suelo, en el vacío, en cualquier lugar que no fueran los ojos de la mujer que había creado a los monstruos que ahora pretendía destruir.

— ¿Funcionará? —preguntó, la doppelgänger.

La Bruja Original no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente hacia el ataúd abierto a un lado de la estancia y sus dedos rozaron con delicadeza casi reverente los mechones de cabello que reposaban en su interior, en una caja de madera antigua. Cabellos antiguos, de cuando eran humanos. Conservados como reliquias de una vida que sus hijos habían perdido hacía mil años.

—Siempre supe que llegaría este momento —murmuró, en voz baja—. Siempre guardé lo necesario.

Fue entonces cuando Elena Gilbert sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal al completo.

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