capitulo #6:

16 0 0
                                        


1 mes después...

Esos días no eran nada agradables. Todo estaba envuelto en una tristeza confusa y sin sentido... ¿Por qué llorar por algo tan tonto como esto? ¡¿Llorar por amor?! ¡Qué ridículo! Poco a poco me estaba olvidando de "Oroitz". Había días en los que ni siquiera me acordaba de su existencia, pero siempre había algún pensamiento que me lo recordaba...

—Ush, esto está re aburrido... —murmuré para mí misma, distraída.

En ese momento, me acerqué a mí una voz conocida.

—¿Qué haces, Aisha? —me preguntó Oroitz, con una sonrisa tímida.

Lo miré fríamente antes de responder.

—Ah, nada. ¿Por qué? —dije, tratando de mantener la calma.

—¿Ah? No, nada... Solo te vi tan aburrida que decidí hablarte. No es nada en especial. —respondió, encogiéndose de hombros.

—Sí, lo sé... Bueno, ¿te puedes retirar? Gracias. —dije sin mucha cortesía.

—Este... Bueno... —respondió Oroitz, claramente desconcertado por mi actitud.

Oroitz pensaba para sí mismo.

—¿Qué le pasa? Debe tener algún problema... Tal vez le caigo mal, pero yo soy re buena onda. No, no creo que le caiga mal. Bueno, si me trato de acercar a ella... —pensó en voz alta, pero fue interrumpido por una profesora que lo llamó desde lejos.

—¿Sí? —preguntó, un poco confundido.

—¿Eres del otro salón, verdad? —preguntó la profesora.

—Sí. —respondió él, con una mirada algo distraída.

—Bueno, le pido de favor que deje de acercarse a los de mi salón. Ustedes inquietan a mis alumnas. Le pido que mantenga la distancia, por favor. No quiero tener que hablar con su tutora. ¿Ok? —dijo la profesora, algo seria.

—Ah... Sí, está bien, maestra. —respondió Oroitz, avergonzado y un poco incómodo.

El día de la graduación se acercaba, y con ello, mi promesa de que ese día sería inolvidable. La fiesta sería en mi casa, y... también iría Birsha. Bueno, faltaba un mes para organizar todo, así que había tiempo para planear.

Los días pasaban, y Oroitz seguía intentando acercarse a mí, pero a mí me parecía molesto. Quería olvidarme de él, pero había algo en la manera en que trataba de hablar conmigo, tan tierno y lindo, que me hacía sentir algo extraño. Siempre buscaba algo de qué hablar, y yo lo evitaba a toda costa, me escondía o huía de él. Lo curioso era que, aunque él parecía interesado en Birsha, de alguna forma, seguía persiguiéndome. Yo pensaba que no tenía ni el menor interés en mí, pero algo no cuadraba.

Birsha se dio cuenta de lo que pasaba y un día se acercó a mí.

—¡Oye, tú! —me gritó en tono molesto, y no supe por qué.

—¿Ah? Hola, Birsha... —respondí, algo confundida.

—Seré directa. —dijo, tomándome de la muñeca y llevándome a un lugar oscuro, arrinconándome contra una pared.

—¡Auch! ¿¡Qué te pasa!? —grité, sorprendida por su actitud.

—¡Aléjate de él! ¡Aléjate de Oroitz! Ya te lo advertí una vez. No quiero repetirlo, ¿me oyes? ¡Y esta vez lo haré por las malas! ¿¡Eso quieres!? —dijo, apretándome las muñecas con fuerza.

—¡Suéltame! Yo no lo busqué, ¡es él quien se acerca a mí sin que yo lo pida! Así que deja de hacer esto, ¡no te he hecho nada! —le grité, sin miedo esta vez.

—¡Hazte la mosquita muerta! Sabes que eres tú la que se le lanza. ¡Como si no te conociera! —me dijo, furiosa.

—¡NO! ¡Birsha, no me conoces para nada! ¡No sabes de lo que soy capaz! —respondí, empujándola con fuerza.

Ella reaccionó con una bofetada. El impacto me dejó atónita por un segundo.

—Ahora verás que el apellido de mi papá no está de adorno. —dijo con una sonrisa maliciosa.

—¿Y esa mamada qué? —respondí, confundida y con rabia en mi voz.

Birsha me golpeó varias veces, pero yo me defendí lo mejor que pude. Le di un golpe en la nariz y comenzó a sangrar. La empujé con fuerza y le grité:

—¡¿Por qué te estás peleando por un chico!? ¿¡Acaso eso vale la pena!? —exclamé, con la voz quebrada por la furia.

—Cállate. Quería hacer esto desde que te conocí. —respondió, sin más.

—¿Por qué tanto odio? —pregunté, esperando una respuesta, pero no me la dio. En lugar de palabras, me golpeó de nuevo, esta vez más fuerte, partiéndome el labio.

Justo en ese momento, Dalia apareció y nos separó, llevándome lejos para que no siguiera peleando.

—¡¿Estás bien?! —preguntó, con la voz llena de preocupación.

—Sí, Dalia, gracias... —respondí, sintiéndome herida pero aliviada de estar a salvo.


continuara

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

continuara...

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora