capitulo #72

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La noche era fría, pero el corazón de Aisha ardía de miedo. Con manos temblorosas subió al taxi, dándole la dirección del hospital al conductor, sin poder articular más de dos palabras. No paraba de morderse las uñas, mirando por la ventana con los ojos inundados.

—Por favor, por favor que esté bien... —murmuraba como un mantra.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Ámbar Holloway era un caos viviente. Nadie podía controlarla. Su obsesión con Emir, su envidia hacia Aisha, todo se había desbordado. Gritaba, lanzaba cosas, su madre ya no sabía qué hacer. Estaba completamente fuera de sí.

—¡Todo es culpa de ella! ¡Todo es culpa de esa maldita Aisha! —gritaba mientras rompía una lámpara contra el suelo.

Volviendo al hospital, el taxi se detuvo en seco, y Aisha salió tan rápido que olvidó el cambio. Le pagó al conductor con un billete arrugado y corrió hacia la recepción.

—¿Emir Connor? ¿Dónde está? ¡Dígame por favor!

La recepcionista, al ver su rostro desesperado, no tardó en señalar el pasillo.

—Tercera puerta a la izquierda. Su madre ya está ahí.

Aisha corrió. La escena al llegar fue como un puñal: la madre de Emir estaba sentada en una banca, abrazándose a sí misma, el rostro desencajado, los ojos rojos e hinchados.

—Señora Harris... —Aisha se arrodilló frente a ella.

—Lo están operando... tiene hemorragias internas... y lo tuvieron que reanimar dos veces —dijo entre lágrimas.

Aisha sintió cómo el piso desaparecía bajo sus pies.

—No... no puede ser...

Ambas se abrazaron con fuerza, como si ese abrazo fuera lo único que las mantenía enteras.

Pasaron horas. Eternas. El reloj parecía burlarse de ellas, moviéndose tan lento que dolía.

Al amanecer, un médico salió finalmente con expresión agotada.

—Está vivo.

Ambas se levantaron de golpe.

—¿Está bien? ¿Puedo verlo? —preguntó la madre de Emir.

El médico dudó.

—Sobrevivió... pero... está en coma. Su cerebro sufrió un fuerte impacto. Aún no podemos saber cuánto tiempo estará así... puede ser días, semanas... o más.

Las palabras cayeron como un balde de agua helada.

Aisha no pudo evitar derrumbarse. Todo su cuerpo se vino abajo, cayó de rodillas, llorando con las manos cubriendo su rostro.

—No... no Emir... por favor...

El silencio del hospital lo decía todo. Emir estaba vivo... pero su alma parecía estar atrapada en algún lugar lejano.

La sala estaba en completo silencio, salvo por el sonido constante del monitor cardíaco. Aisha sostenía la mano de Emir, sin poder parar de temblar. Sus ojos estaban hinchados, su corazón partido en pedazos.

—Por favor, despierta... —susurró entre sollozos—. Esto no puede estar pasándote... no a ti...

La madre de Emir había entrado antes, pero no pudo quedarse mucho. Ver a su hijo, aquel niño que había criado con tanto amor, postrado en una cama, inmóvil, intocable, tan débil, la hizo romperse.

—No puedo... no puedo verlo así... —dijo antes de salir con las manos en el rostro.

Aisha se quedó. No importaba cuánto doliera. Ella tenía que estar ahí. Si Emir volvía, lo primero que debía ver era a ella.

Pasaron días. Semanas. Meses.
Abril se convirtió en mayo.
Mayo se desvaneció en junio.
Y luego julio... agosto...
Y Emir seguía en silencio.

Pero Aisha nunca fallaba. Todos los días iba. Le leía cosas, le contaba anécdotas, le hablaba del bebé de Dalia, de los chistes de Yuli y Cami, incluso de Ashura, quien había comenzado a estudiar enfermería porque dijo: "por si acaso alguien más cae en coma".
Todo, menos rendirse.

Dalia, por su parte, estaba cada vez más grande. Le faltaban tres meses para dar a luz. Se sentía nerviosa, con miedo... pero también muy preocupada por su mejor amigo. Todos estaban preocupados. Todos lo extrañaban.

Un día cualquiera, Oroitz apareció.

—¿Vienes a ver a Emir? —preguntó Aisha, al verlo en la puerta de la habitación.

Él asintió, serio como siempre, pero con los ojos más suaves de lo normal.

—Y... a despedirme. Me voy a Inglaterra por un tiempo.

Se acercó a Emir y le habló en voz baja, con una media sonrisa nostálgica.

—No me hagas quedar como un tonto, Connor. Vuelve antes de que regrese, ¿sí? Todos te estamos esperando.

Luego, Oroitz se giró hacia Aisha y sacó una pequeña flor morada, envuelta con cuidado.

—Toma. Quiero que me recuerdes cada vez que veas esta flor... porque incluso las cosas más frágiles pueden resistir el tiempo si se cuidan bien —le dijo, en un tono suave, casi poético.

Aisha tomó la flor con manos temblorosas, sin saber qué decir.

Oroitz sonrió levemente.

—Cuídalo. Él te necesita... incluso ahora.

Y se fue.

Aisha volvió a la habitación. Emir seguía igual. Dormido. En su propio mundo. En su propio tiempo.

Se acercó lentamente, colocó la flor morada en la mesita junto a su cama... y se sentó a su lado, como siempre.

—Mira... Oroitz te dejó esto... y yo también sigo aquí. No me voy a ir, ¿ok? —dijo con una sonrisa triste—. Tú tampoco lo hagas.

La flor quedó ahí. Testigo de una promesa.
De un amor que no se rinde.
De un tiempo que espera.

La habitación seguía igual.
Las paredes blancas, el monitor sonando lento...
Y Emir, dormido.

Aisha estaba sentada a su lado, sosteniéndole la mano, como cada día.

Solo que esta vez, su voz temblaba más. Esta vez, sentía que el dolor la estaba consumiendo por dentro. Se inclinó hacia él, hablándole bajito, como si sus palabras fueran un secreto que el mundo no debía escuchar. —¿Cómo se vive cuando falta el aire? —susurró—. ¿Cómo se sobrevive cuando el corazón late... pero no encuentra razón para seguir? El silencio la envolvió, denso, cortante. Sus lágrimas resbalaban sin prisa, cayendo como si el tiempo mismo se hubiera roto. —Me haces falta —continuó, apretando la mano de Emir—. No lo entiendes... todo lo demás se ha vuelto nada desde que no estás. Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera escapar de la soledad que la perseguía. —Sin ti, la vida se siente como un eco... vacío, eterno... que nunca responde. Su voz se quebró. El dolor llenó la habitación como un susurro interminable. Y entonces sucedió. La mano de Emir se movió. No fue un gesto fuerte, ni un despertar. Fue apenas un roce, un apretón tan leve que cualquiera lo habría confundido con un reflejo. Pero para Aisha, no lo fue. Contuvo el aliento. Sus ojos bajaron hasta su mano entrelazada con la de él. Y allí estaba: la señal, la chispa, la promesa. No significaba que volvía. No significaba que la recordara. Pero sí significaba esperanza. Una sola lágrima escapó de Aisha y cayó, suave, en la mejilla de Emir. Ahí se quedó. Como un pacto silencioso. Como un susurro del alma.
—Emir, al final, solo quedamos nosotros... marchitos como flores moradas bajo la lluvia.


FIN
"Flores Moradas"

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