capitulo #68

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La noche continuaba en su propio ritmo. Las luces seguían parpadeando, las voces se mezclaban entre risas, canciones improvisadas y pasos torpes sobre el césped del jardín. Algunos ya empezaban a quedarse dormidos donde podían: sillas, mantas en el pasto, incluso abrazados a cojines o entre ellos.

Pero en la habitación de Dalia, el ambiente era distinto.

El calor del cuarto ya era insoportable. Aisha se removió entre las sábanas, pegada a Emir, con el rostro ligeramente sudado.

—Hace mucho calor —murmuró medio adormilada, abriendo los ojos.

—Sí... demasiado —respondió Emir, con voz ronca y suave, sin moverse demasiado.

Aisha se sentó y con algo de pereza se quitó la blusa, quedándose solo con la parte de arriba de su ropa interior. Emir, al verla, se incorporó también y se quitó la camisa sin pensarlo. Luego, entre risas bajitas, se sacaron los pantalones, dejándose la ropa interior para poder dormir más frescos.

—Me siento más libre —dijo Aisha, soltando una pequeña carcajada mientras se arropaba hasta la cintura.

—Ahora sí... esto sí es sobrevivir a una ola de calor —bromeó Emir, tumbándose a su lado, volviendo a abrazarla con cariño.

El ventilador viejo del cuarto giraba lento, apenas moviendo el aire. Afuera, la música seguía en el fondo, mezclándose con los grillos y la voz lejana de Oroitz cantando su "himno no oficial de la vaca mágica".

—Hoy fue un día raro... pero me gustó —susurró Aisha, acariciando con sus dedos la espalda de Emir.

—Raro y perfecto —le contestó él, apoyando su frente contra la de ella.

Abrazados, con la piel cálida por el verano, el cuerpo cansado por la risa y el alma llena de esos pequeños momentos que se sienten eternos, cerraron los ojos.

Y así, mientras afuera el mundo giraba entre bailes, ronquidos y canciones sin sentido, ellos solo se tenían el uno al otro, en silencio... descansando en paz.

El sol ya empezaba a colarse por las ventanas de la casa. Uno a uno, todos los chicos comenzaron a despertarse: unos con el cabello hecho un desastre, otros abrazados a almohadas, y unos pocos todavía tambaleándose entre el sueño y los recuerdos vagos de la noche anterior.

Yuli fue la primera en levantarse, todavía con la botella vacía en la mano.

—¿Qué... pasó anoche? —murmuró, frotándose los ojos.

—No lo sé, pero me duele la garganta. ¿Grité mucho? —respondió Cami desde el suelo, con una risa medio dormida.

Dalia, sentada en el sillón con Lucas abrazado como si fueran un par de koalas, se estiró y preguntó:

—¿Dónde están Emir y Aisha?

El silencio fue repentino. Todos se quedaron congelados un segundo.
Ese "¿dónde están?" les sonó demasiado familiar.
Un deja vu colectivo los golpeó como un balde de agua fría.

—No, no, no otra vez... —dijo Oroitz, poniéndose de pie de golpe.

—¿Y si...? —dijo Dami, pero Yuli la interrumpió:

—No, tranquila, seguro están arriba. Tal vez en la habitación de Dalia.

—¿En mi habitación? —repitió Dalia, con el ceño fruncido.

Todos, en silencio total, subieron por las escaleras. Nadie hablaba, pero todos tenían la misma cara de sospecha... hasta que llegaron.

La puerta de la habitación estaba entreabierta.
Un paso más.
Y ahí estaban.

Aisha y Emir, profundamente dormidos, abrazados, con la sábana en el suelo, en ropa interior, el cabello alborotado... y el cuarto hecho un desastre.

—¡¡OH POR DIOS NOOOO!! —gritó Dalia, llevándose las manos a la cabeza— ¡¡USARON MI CAMA PARA SUS COCHINADAS!!

Todos se quedaron paralizados, procesando lo que veían.
Oroitz puso cara de "trágame tierra".
Lucas parecía confundido.
Y Cami... simplemente soltó una carcajada.

—¿Qué clase de película es esta? —susurró Yuli, entre risas.

El grito de Dalia hizo que Aisha se despertara de golpe, parpadeando confundida. Emir abrió los ojos al mismo tiempo, y cuando se dio cuenta de que todos estaban ahí, lo primero que hizo fue tapar a Aisha con su cuerpo, bajando la mirada, rojo como un tomate.

—¡¿Qué hacen todos aquí?! —preguntó, nervioso.

—¡La pregunta es qué hacen USTEDES aquí! —respondió Dalia, dramáticamente señalando su cama.

—¡No hicimos nada! ¡Solo dormimos! ¡Hace calor! ¡Nos quitamos la ropa por eso! —intentó explicar Aisha, todavía medio dormida y cubriéndose con una almohada.

—Claro, claro —dijo Cami, con una sonrisa maliciosa.

—¿Y por qué la sábana está en el suelo, eh? —añadió Yuli, entre risas.

—¡Tienen que creerme! —dijo Emir, levantando una mano como si estuviera declarando en un juicio— ¡Solo fue calor! ¡Y cansancio! ¡Mucho jugo de uva en el ambiente!

Oroitz, en silencio, observaba todo con una mezcla de sorpresa y confusión. No estaba enojado... pero sí tenía mil preguntas en la cabeza. Miró a Emir de reojo, levantando una ceja.

—¿Y desde cuándo el calor hace que la gente duerma abrazada en ropa interior... en camas ajenas?

—¡Oye! ¡No seas malpensado! —se quejó Aisha, poniéndose roja como una manzana.

—Ajá... —dijo Lucas, cruzándose de brazos— bueno, igual me siento traicionado. Pensé que dormirían... separados. Como dos pingüinos en la Antártida.

Todos estallaron en carcajadas.

Aisha y Emir, avergonzados pero intentando no reír también, se apresuraron a buscar su ropa mientras los demás salían riéndose del cuarto. Dalia aún murmuraba algo sobre lavar sus sábanas cinco veces seguidas y quemarlas con incienso.

Y mientras bajaban de nuevo, Oroitz se quedó último en las escaleras. Se giró, miró a Emir y dijo:

—Luego hablamos... tengo unas pequeñas dudas.

Y sin esperar respuesta, bajó con el grupo.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora