El lunes comenzó como cualquier otro.
Los pasillos estaban llenos de risas, saludos apresurados y tareas de última hora. El sol entraba por las ventanas con suavidad, como si nada hubiese pasado. Pero para el grupo de Aisha... algo no estaba bien.
—¿Dalia no vino otra vez? —preguntó Yuli, dejando su mochila en su puesto.
—Tercer día seguido... —murmuró Dami, frunciendo el ceño.
—Es muy raro en ella —añadió Cami—. Siempre es la primera en llegar, y nunca falta, ni siquiera cuando está enferma.
Aisha se removió inquieta en su silla.
—¿Y si le pasó algo?
—Lucas tampoco sabe nada —dijo Yuli en voz baja, mirándola con complicidad—. Me escribió anoche. Está tan confundido como nosotros.
Dami cruzó los brazos, tensa.
—Eso me huele a algo más grave. ¿Y si está metida en problemas?
Aisha sintió un escalofrío, su mente corriendo a los peores escenarios. No podía evitarlo. Después del secuestro, cualquier ausencia encendía las alarmas en su cabeza.
Mientras tanto, en otro salón, Lucas tampoco lograba concentrarse. Su rodilla no paraba de moverse bajo la mesa. Sus ojos iban cada tanto a la puerta, esperando verla aparecer, aunque sabía que no lo haría.
—¿Todo bien? —le preguntó Emir, inclinándose desde su pupitre.
Lucas lo miró, suspirando.
—No he sabido nada de ella. No contesta. No abre los mensajes. Ni siquiera sus padres me dicen algo.
Emir se quedó en silencio, notando el leve temblor en la voz de su amigo.
En otro extremo del edificio, Oroitz se apoyaba contra la ventana de su aula, serio, mirando hacia el cielo. Ashura, a su lado, lo observaba con atención.
—¿Estás pensando en ella?
Él no respondió enseguida. Solo asintió, apenas.
—Algo está mal, Ashura. Lo siento en el pecho.
Ashura bajó la vista, pensativa.
—Tal vez... es momento de ir a buscarla.
Oroitz se giró, mirándola.
—Sí. No podemos solo esperar.
Mientras todos en el colegio se preguntaban lo mismo en susurros y mensajes, en la casa de Dalia, el silencio reinaba con una opresión casi tangible.
En el baño, la luz apagada y las cortinas cerradas.
Dalia estaba sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho. Su cabello, suelto y desordenado, caía sobre su rostro.
Lloraba.
Lloraba con fuerza, con rabia, con tristeza contenida.
Sus dedos temblaban mientras abrazaba su estómago.
Su rostro estaba húmedo, rojo. Sus labios partidos de tanto morderlos en silencio.
Se cubrió la boca con ambas manos, intentando no gritar.
Porque nadie debía saber.
Porque si hablaba... todo cambiaría.
Pero ya había cambiado.
Ya no era la misma Dalia.
No desde aquella noche.
No desde ese momento que la quebró en mil pedazos cuando nadie lo notó.
Y mientras las lágrimas caían en su camiseta, solo una frase se repetía una y otra vez en su mente:
"¿Por qué a mí?"
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Flores Moradas
Novela Juvenilcada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
