capitulo #26

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Dalia siempre había sido un misterio para mí. A veces, me parecía la amiga más sabia, la que siempre tenía la respuesta correcta, la que me aconsejaba cuando más lo necesitaba. Sin embargo, en ocasiones, sentía que su forma de ver las cosas era cruel, como si le gustara que me doliera. Ella tenía un modo de ser que me hacía sentir que todo lo que hacía estaba justificado, como si la vida fuera un juego de ajedrez y ella estuviera siempre un par de jugadas adelante.

—Dalia, no te hagas la madura, tampoco eres perfecta —le dije un día mientras caminábamos por el pasillo del colegio, sus palabras resonando en mi cabeza.

—No soy perfecta, Aisha —respondió sin inmutarse—. Pero al menos, no soy ciega.

Era un comentario que me había dejado una marca. Porque tenía razón. Yo no estaba viendo las cosas con claridad. ¿Qué pasaría si realmente Oroitz solo estaba jugando conmigo? La idea me atormentaba, pero no quería aceptarlo. El deseo de creer en lo que me decía, de aferrarme a la ilusión que había sido creada en mi cabeza, era más fuerte que cualquier advertencia de mis amigas.

Lo cierto es que, aunque Dalia fuera dura y a veces cruel, era la amiga que más me conocía. Cuando me decía que Oroitz no me quería, no lo hacía por maldad, sino porque me preocupaba, aunque su manera de mostrarlo fuera un poco áspera.

Mientras tanto, mi relación con Oroitz continuaba siendo una montaña rusa emocional. Él seguía buscándome, enigmático y confundido, como si no supiera qué hacer conmigo. Pero su acercamiento era innegable. Intentaba besarme siempre que podía, sus manos buscando las mías, su presencia cada vez más insistente. Yo, por mi parte, no podía resistirme a su cercanía. Cada vez que me tocaba, cada vez que me miraba a los ojos, me sentía débil, vulnerable. Era como si sus caricias tuvieran la capacidad de borrar todas mis dudas y miedos, aunque por dentro, algo me decía que no estaba siendo completamente honesta conmigo misma.

Un día, mientras estábamos en el parque cerca de la escuela, caminando en silencio, de repente se detuvo. Mi corazón dio un vuelco.

—Aisha... —dijo, su voz tensa.

Lo miré, sorprendida.

—¿Sí?

Oroitz respiró hondo, como si estuviera reuniendo coraje.

—No sé cómo decir esto... —comenzó.

—¿Qué pasa? —le pregunté, sintiendo que algo importante estaba a punto de suceder.

—Es que... ya no puedo seguir callándomelo. —Me miró fijamente, sus ojos brillando con intensidad. Mis piernas parecían temblar bajo el peso de su mirada. —Aisha, te quiero.

Me quedé paralizada.

Esas tres palabras, esas simples palabras, me golpearon con la fuerza de un rayo. Nunca las había escuchado de su boca, y, por un momento, me sentí incapaz de reaccionar. Mi mente se quedó en blanco, procesando lo que acababa de decirme. ¿Realmente me quería? ¿Era en serio? ¿O solo era otro juego?

Él se acercó a mí, tomó mi rostro entre sus manos y, antes de que pudiera pensar en otra cosa, sus labios encontraron los míos en un beso cálido y dulce. Fue diferente a los demás besos. Este tenía algo genuino, algo más profundo. Como si, por fin, Oroitz estuviera abriendo su corazón y dejándome ver lo que realmente sentía.

Me abrazó, rodeando mi cintura con sus brazos, y sus palabras me llegaron con el susurro de su aliento.

—Te quiero, Aisha. Te quiero de verdad.

Un nudo se formó en mi garganta, y sentí una mezcla de emoción y desconcierto. Mi corazón se aceleró, pero algo dentro de mí también gritaba que debía tener cuidado, que no todo lo que parecía bonito era verdadero.

Me separé ligeramente, mirándolo a los ojos.

—¿De verdad? —pregunté, mi voz quebrada.

Oroitz sonrió, aunque su mirada reflejaba una inseguridad que no había notado antes.

—Sí, Aisha. Te quiero.

Aunque esas palabras me llenaron de esperanza, algo me decía que no todo estaba tan claro como él quería que fuera. Pero, al menos por un momento, sentí que todo lo que había soñado con él se estaba volviendo realidad. El resto del mundo desapareció, y me dejé llevar por el dulce sonido de su voz, por el roce de sus labios, por la promesa implícita en sus palabras.

Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, no podía evitar sentir que algo no estaba bien. Como si el tiempo estuviera en mi contra y me estuviera llevando hacia un lugar al que no quería ir, pero que no podía evitar.

Al día siguiente, en el colegio, me encontré con Dalia una vez más. Sus ojos se clavaron en mí, sabiendo exactamente qué había pasado entre Oroitz y yo.

—¿Así que te dijo que te quería? —preguntó Dalia, su tono directo, casi desafiante.

Yo asentí, sin saber cómo explicarlo.

—Sí, me lo dijo.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —me preguntó, su mirada tan seria como siempre.

—No sé. Estoy confundida.

Dalia suspiró, como si hubiera esperado esa respuesta.

—Aisha, no te dejes llevar por un par de palabras bonitas. Piensa en lo que realmente quieres. No te dejes arrastrar por lo que él te dice.

Mis amigas, Yuli, Cami y Dami, se unieron a la conversación. Cami estaba animada, saltando alrededor de nosotras.

—¡Aishaaa! No tienes idea de lo emocionada que estoy por ti. ¡Te lo dijo! Te quiere, te quiere, te quiere. ¡Es un sueño hecho realidad!

Yuli sonrió, pero su expresión era más tranquila.

—Pero Dalia tiene razón, no debes olvidarte de ti misma en todo esto.

Dami, por su parte, observó todo desde su lugar con una mirada pensativa.

—Oroitz no es de fiar, Aisha. Sabes que no me gusta, y no es por nada, pero ese tipo no te conviene.

Una vez más, la balanza estaba equilibrada entre la emoción y la duda. Mientras mis amigas trataban de darme consejos, me sentía perdida entre lo que quería creer y lo que mi instinto me decía. El beso de Oroitz había sido real. Pero ¿su amor también lo era?

 Pero ¿su amor también lo era?

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Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora