Aisha contestó la videollamada con enojo, con el ceño fruncido y sin ganas de perder el tiempo. No quería hablar con Oroitz, pero algo dentro de ella le decía que tenía que enfrentarlo de una vez por todas. Mientras tanto, Emir se quedó en silencio a su lado, aparentemente tranquilo, pero por dentro estaba preocupado. No entendía qué era lo que Oroitz quería ahora.
—Habla rápido, no tengo todo el día —dijo Aisha con frialdad, sosteniendo el teléfono con una mano y ocultando a Emir de la cámara.
Oroitz suspiró del otro lado de la pantalla, con una expresión de arrepentimiento.
—Aisha... yo solo quería decirte que lo siento. Quiero que todo vuelva a ser como antes. No soporto verte alejada de mí —dijo con voz seria, pero había algo en su tono que no terminaba de convencer.
Aisha sintió un pequeño nudo en el pecho, pero se mantuvo firme.
—Oroitz, eso ya no es posible. Tú fuiste quien tomó esas decisiones. Me mentiste, me ilusionaste, jugaste conmigo —respondió con dureza.
Pero entonces, Oroitz cambió la conversación.
—Yo sé que me equivoqué, pero tú tampoco eres una santa, Aisha. No me vengas con que todo fue mi culpa. Tú también sabías cómo eran las cosas y aun así te quedaste. No me hagas parecer el único malo aquí —dijo con un tono ligeramente acusador.
Las palabras de Oroitz fueron como una daga en el corazón de Aisha. De pronto, los recuerdos de todo lo que había pasado la invadieron, y aunque intentó mantenerse firme, no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Su labio inferior tembló y, antes de que pudiera evitarlo, una lágrima rodó por su mejilla.
Oroitz se quedó en silencio, sorprendido por la reacción de Aisha. No esperaba verla llorar, y por un momento, se sintió culpable.
Emir, que había estado observando todo en silencio, no pudo soportarlo más. Su paciencia había llegado al límite.
Sin pensarlo dos veces, se acercó a Aisha y la abrazó fuerte contra su pecho, envolviéndola en su calidez y seguridad. Aisha se dejó llevar, hundiendo su rostro en su pecho, mientras más lágrimas caían.
Oroitz, al ver la escena desde la pantalla, se quedó sin palabras.
Pero lo que pasó después lo dejó aún más impactado.
Emir levantó la cabeza y, con una expresión de desafío, le sacó el dedo de en medio a Oroitz a través de la cámara.
—Vete al carajo, Oroitz —dijo con frialdad.
Antes de que Oroitz pudiera reaccionar, Emir tomó el rostro de Aisha con ambas manos y la besó profundamente, justo frente a la pantalla.
Fue un beso lleno de pasión y determinación, una muestra clara de que Aisha era suya, y de que no iba a permitir que nadie más la hiciera sentir mal. Aisha, aunque sorprendida al principio, cerró los ojos y se dejó llevar por el momento, aferrándose a la camisa de Emir.
Oroitz vio todo sin poder creerlo. Su mandíbula se tensó y sus manos se cerraron en puños. Antes de que pudiera decir algo más, Aisha simplemente colgó la llamada sin despedirse.
El silencio llenó la habitación después de eso. Aisha se quedó mirando a Emir con los ojos todavía brillantes por las lágrimas, pero ahora también con una mezcla de sorpresa y emoción.
—¿Por qué hiciste eso...? —susurró ella, sin saber si regañarlo o agradecerle.
Emir la miró fijamente y, con una sonrisa confiada, le acarició la mejilla.
—Porque ya me cansé de ver cómo te hacen sentir mal. Y porque quiero que sepa que eres mía —respondió sin rodeos.
Aisha sintió que su corazón latía descontrolado. No sabía qué responder. No sabía qué hacer. Solo sabía que su mundo había cambiado por completo en cuestión de segundos.
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Flores Moradas
Teen Fictioncada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
