capitulo 62

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El cuarto de hospital olía a alcohol y desinfectante, pero Aisha solo sentía el calor de Emir. Sus labios aún estaban pegados, como si el mundo hubiera dejado de girar por un segundo. El corazón de Aisha latía tan fuerte que pensó que él lo oiría. Emir la besaba con dulzura, con ganas, con alivio. Como si en ese beso le dijera todo lo que aún no había podido decir.

Aisha se recostó un poco, cerrando los ojos, dejando que Emir la besara mientras sus manos temblorosas descansaban en su cuello. Parecía un sueño, un sueño real por fin.

Pero.

¡Ay guácala! ¡Qué asco! —exclamó una voz infantil desde la puerta.

Aisha y Emir se separaron de golpe, rojos como tomates. Emir parpadeó, sorprendido, y Aisha se tapó la cara.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, avergonzada.

—¡Vine a ver si estabas bien! Pero parece que más que bien —dijo el hermanito, poniendo cara de asco y sacando la lengua como si fuera a vomitar.

Apenas pasaron unos segundos y los padres de Aisha entraron también. Al ver la cara de su hijo, preguntaron qué había pasado.

¡Emir se estaba comiendo a Aisha! ¡Guácala puaj! —gritó el niño sin filtro.

El padre de Aisha estalló en carcajadas, y aunque Emir intentó hablar, no pudo. Estaba rojo, incómodo, y Aisha quería que la tierra la tragara.

La madre de Aisha, con una expresión calmada pero firme, le dijo a Emir:

—Emir, cielo, será mejor que vuelvas a tu habitación. Aisha necesita descansar.

—S-sí, señora. Lo siento —murmuró él, bajando la cabeza con una sonrisita nerviosa.

Se despidió de Aisha con una mirada cómplice antes de salir.

Ya con Emir fuera, el padre de Aisha no pudo dejar de reír un poco más.

—Bueno... al menos sabemos que la niña se va a recuperar rápido —dijo, guiñándole el ojo a su esposa.

La madre de Aisha, más tranquila, se sentó junto a su hija y le acarició el cabello.

—Todo va a estar bien, mi amor. Ya pasó lo peor. Ahora viene la calma.

Aisha solo asintió, aún ruborizada, pero con una pequeña sonrisa en los labios. Por fin, las cosas parecían volver a la normalidad.

Mientras tanto, en la otra parte del hospital, el aire era frío y el ambiente más tenso. Ámbar estaba sentada en una sala blanca, igual que la anterior. Las esposas suaves en sus muñecas, la mirada fija en la puerta. Seguía esperando.

Ya no sonreía. Ahora, tenía una expresión vacía. Como si todo se estuviera apagando dentro de ella.

La psiquiatra había estado conversando con su madre, quien ahora leía en silencio la carpeta con la información del hospital psiquiátrico. Era oficial.

—Necesita atención especializada —dijo la doctora, sin levantar la vista—. Esto no es un castigo. Es una necesidad.

La madre de Ámbar entró donde ella estaba. Al verla, notó algo distinto: Ámbar no se movía, no decía nada. Solo miraba la puerta. Con esperanza.

—Él vendrá. Me lo prometió... con los ojos —susurró Ámbar.

—Ambar... Emir no va a venir —dijo su madre, esta vez con voz suave, sin enfado.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora