El primer resplandor de luz se filtró a través de una pequeña ventana sucia, lo suficiente para iluminar parcialmente el lugar sombrío y desolado. Aisha parpadeó varias veces, luchando contra la niebla que nublaba su visión. La cabeza le daba vueltas, como si un tren hubiera pasado a toda velocidad sobre ella. Un dolor punzante le recorrió las sienes, y apenas pudo apartar la vista de la oscuridad que la rodeaba.
Se encontraba en un espacio extraño, oscuro y frío. El aire era denso, su aliento visible, y el frío calaba en su piel. No podía ver mucho, solo el contorno borroso de las paredes, sucias y agrietadas. El suelo bajo ella era duro, frío como el hielo, y la sensación de estar atrapada en algún lugar remoto y olvidado del mundo la hizo estremecer.
Al intentar levantarse, una incomodidad extraña la detuvo. Sus manos estaban firmemente atadas con cinta, al igual que sus pies, lo que la inmovilizaba. Intentó forzar sus músculos, pero el dolor y la rigidez de su cuerpo la hacían casi imposible la tarea. La angustia se apoderó de su pecho, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, sin poder hacer nada para detenerlas.
El miedo la envolvía como una niebla espesa. Se sentía atrapada, atrapada en un lugar al que nadie podría llegar a salvarla. La desesperación la golpeó con fuerza, y una angustia insostenible la hizo intentar gritar, pero su boca estaba sellada con cinta. El sonido que emitió fue sofocado y débil, perdido en la vastedad de la oscuridad.
Estaba sola.
Completamente sola.
El pánico comenzó a tomar control de ella. ¿Dónde estaba Emir? ¿Oroitz? ¿Quién la había traído hasta aquí? Las preguntas giraban y giraban en su mente, pero no había respuestas. Todo estaba oscuro, alejado de la civilización, en un lugar donde nadie podría encontrarla.
Las lágrimas comenzaron a caer más rápido, pero no había consuelo, ni esperanza. El miedo se apoderó de su alma, y el frío, ese frío mortal que no parecía dejarla, solo empeoraba todo. Intentó mover sus manos, pero las ataduras estaban tan firmemente ajustadas que no pudo liberarse. No podía más. Las lágrimas caían en silencio sobre su rostro, y se quedó allí, inmóvil, completamente derrotada.
Fue en ese momento cuando escuchó un ruido. Un sonido distante, que primero pensó que era producto de su mente aterrada. Pero luego, el eco de pasos resonó en la oscuridad, y Aisha se tensó. La respiración le aceleró, el pánico la invadió, pero no podía moverse, no podía gritar.
Los pasos se acercaban. A lo lejos, casi imperceptibles, la figura de alguien apareció. La sombra de una persona, recortada contra la tenue luz que entraba por la ventana. Aisha no sabía quién era, pero la sola presencia de alguien más hizo que su corazón se disparara de ansiedad.
—¿Quién... quién eres? —logró susurrar, su voz ahogada y llena de miedo. La cinta sobre su boca dificultaba el habla, pero lo intentó con todas sus fuerzas.
La figura se acercó más. Un rayo de luz iluminó su rostro, y Aisha vio, con el corazón encogiéndose, quién era. La angustia se convirtió en terror al reconocer esa silueta, esa presencia familiar que ahora se veía completamente distinta, peligrosa, y desconcertante.
Era Ámbar.
Un brillo malicioso brillaba en sus ojos. Su sonrisa era tensa, pero fría, y sus pasos eran lentos, calculados, como si estuviera disfrutando del miedo que se reflejaba en los ojos de Aisha. La miró fijamente, disfrutando del sufrimiento que causaba.
—Pensé que te sorprendería verte aquí, Aisha —dijo Ámbar, su voz suave, pero cargada de una tensión palpable que hizo que el aire se volviera más denso.
Aisha intentó luchar contra sus ataduras, pero solo logró que la cinta rozara su piel, haciéndola sentir más vulnerable aún. Sus ojos buscaban la salida, pero todo estaba cerrado, sellado. El rostro de Ámbar se iluminó con una sonrisa cruel, y Aisha entendió que no iba a ser liberada tan fácilmente.
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Flores Moradas
Teen Fictioncada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
