capitulo#69

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Después del susto, la risa y las miradas cómplices, la mañana avanzó con ese aire de resaca emocional y física que solo deja una noche caótica.

Dalia, con su cabello hecho un lío, se puso un delantal encima de su pijama y se dirigió a la cocina.

—Voy a preparar desayuno para esta bola de salvajes. Alguien tiene que mantener el orden —dijo, rodando los ojos, aunque no podía ocultar la sonrisa.

Cami y Yuli ya estaban sentadas en la barra de la cocina, sirviéndose jugo (de verdad esta vez).

—¿Hoy sí es jugo de uva de verdad? —preguntó Dami, sacando una taza.

—Prometemos no envenenar a nadie —dijo Yuli, dándole un golpecito en el brazo a su hermana.

Aisha y Emir bajaron finalmente, ya vestidos, pero con las mejillas rojas como tomates. Se sentaron tímidamente en una de las esquinas de la mesa, sin atreverse a mirar a nadie directamente. Solo murmuraban entre ellos, como si cada segundo que pasaba fuera una eternidad.

Dalia los vio y entornó los ojos mientras removía masa de panqueques.

—Mmm... qué lindos se ven... —dijo con una sonrisa forzada.

Emir tragó saliva.
Aisha le dio un codazo suave por debajo de la mesa.

Dalia sirvió los primeros panqueques en la mesa con mucha energía.

—Bien. Ahora sí, quiero detalles. ¿Quién se desvistió primero? ¿Quién propuso lo de dormir en mi cama? ¿Y qué clase de tornado pasó por ahí arriba?

Aisha se quedó muda. Emir la miró como diciendo "di tú algo".
Pero fue Oroitz quien quiso intervenir:

—Bueno, también quiero saber cómo empezó eso... —dijo, cruzando los brazos, serio pero sin perder la calma.

Dalia lo miró y levantó una ceja.

—Shh... yo lo hago —le dijo con una sonrisita mientras le ofrecía un panqueque—. Relájate, detective.

—Está bien... —respondió Oroitz, alzando las manos en rendición y conteniendo una risa.

—¡No hicimos nada malo! —saltó Aisha, nerviosa— Solo... hacía calor y nos quitamos la ropa para dormir más cómodos... eso es todo. ¡No pasó nada raro!

—Ajá... claro, claro —dijo Cami con una cucharada de fruta en la boca—. ¿Y las sonrisitas dormidas qué, eh?

—¡Y lo de la sábana en el piso! ¡Explíquenlo! —añadió Yuli, aguantando la risa.

Emir se tapó la cara.

—Es que... se cayó sola —dijo, entre los dedos—. ¡De verdad no pasó nada más!

Dalia los miró fijamente, seria por un segundo.

—¿Están seguros?

—¡Sí! —dijeron los dos a la vez.

Dalia suspiró profundamente y luego, para sorpresa de todos, sonrió con dulzura.

—Está bien. Solo quería verlos sudar un poquito.

Todos se rieron.
Oroitz negó con la cabeza, sonriendo también, aunque bajó la mirada por un momento.

Lucas tomó un sorbo de jugo y dijo:

—Igual... me siento traicionado.

—¡Lucas! —protestó Dalia, tirándole un cojín.

—¡Es broma! ¡Es broma! ¡No me pegues con tu arte culinario!

—Ya váyanse acostumbrando —dijo Dami con media sonrisa—. A esta parejita hay que vigilarlos.

—¡Oye! —gritó Aisha, tapándose la cara con ambas manos mientras todos reían de nuevo.

Así, entre preguntas, bromas y panqueques, el grupo volvió a su ritmo. Aunque el calor de la noche anterior no solo quedó en el ambiente, sino también en las miradas cruzadas, los silencios cómplices... y las pequeñas semillas de celos que, aunque sutiles, ya estaban plantadas.

Aunque el desayuno fue alegre, con bromas y risas sinceras, por dentro, algunos corazones aún cargaban heridas que no se veían.

Aisha miraba su panqueque, pero apenas había comido un par de bocados. Emir, sentado a su lado, le tomó la mano debajo de la mesa, y ella apretó con fuerza, como buscando anclarse a algo que no fuera su mente.

Los ojos de Aisha, a ratos brillantes, se perdían en recuerdos turbios que aún se colaban entre sus pensamientos.
La noche anterior, mientras todos dormían en distintos rincones de la casa, ella se había despertado gritando, aunque solo Emir la había escuchado.

—Fue solo un sueño, estás a salvo —le había susurrado él, acariciándole el cabello mientras la abrazaba fuerte.

Pero él también lo estaba pasando mal. Esa misma noche, había soñado con el momento exacto en que pensó que ya no volvería a verla.
Se había despertado sudando frío. No lo dijo en voz alta, pero se quedó abrazándola más tiempo del que pensaba.

Oroitz, por su parte, fingía normalidad. Reía con los demás, comentaba los chismes de la noche... pero sus ojos a veces se apagaban.
Cada vez que había silencio, su cabeza se llenaba de la imagen de esa habitación donde casi pierde a todos. Cada paso en falso, cada segundo que pasó buscándolos... todavía le pesaban como una culpa invisible.

Dalia fue la única que notó la tensión en el aire cuando ya estaban recogiendo los platos.

—¿Están bien? —les preguntó suavemente a los tres cuando los demás estaban distraídos.

—Sí... solo estamos cansados —dijo Aisha rápido, con una sonrisa débil.

Dalia no insistió. Solo los miró con esa mirada que sabe más de lo que dice.

Horas más tarde, ya en la sala, mientras los demás jugaban con el celular de Cami viendo los peores videos de karaoke de la noche, Emir y Aisha se apartaron a la terraza.

Se sentaron en una sillita colgante, juntos.

—¿Estás bien? —preguntó él, girándose hacia ella.

Aisha tardó en responder.
—A veces siento que sí... pero otras veces... —miró al cielo— ...es como si todavía estuviéramos allí.

Emir asintió, tragando saliva.
—Yo también. No pasa una noche sin que lo sueñe.

Se quedaron en silencio un rato, abrazados.

—¿Y tú? —preguntó ella, mirándolo con ternura— ¿Te sientes diferente después de todo?

—Mucho. Pero no por lo que pasó... sino por todo lo que descubrí —dijo él, acariciándole el brazo con el pulgar—. Sobre mí, sobre ti... sobre cuánto miedo tenía de perderte.

Aisha apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Y ahora?

—Ahora... —dijo él, mirando hacia la casa— quiero ayudarte a sanar. Y sanar contigo.

Ella lo abrazó más fuerte.

Desde una de las ventanas, Oroitz los miraba. Y por un segundo, no sintió celos. Sintió una punzada de tristeza... y también una pizca de alivio. Saber que Aisha estaba bien, aunque no fuera con él, al menos por ahora... lo tranquilizaba.

Pero esa tranquilidad no duraría mucho. El trauma seguía ahí, latente.
Y lo que habían vivido los había marcado a todos.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora