capitulo 46

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La oscuridad de la noche envolvía la habitación, y el suave resplandor de la luna iluminaba tenuemente la escena. Eran ya la 1 a.m., y la casa estaba en un completo silencio, solo roto por el sonido de las respiraciones tranquilas. Emir se encontraba acostado junto a Aisha, mirándola en silencio, perdido en sus pensamientos.

Aisha dormía profundamente, pero Emir, a pesar del cansancio, no podía conciliar el sueño. La veía tan tranquila, tan relajada, y eso lo hacía sentir una mezcla de emociones difíciles de describir. Su corazón latía con fuerza, pero al mismo tiempo, sentía una calidez y tranquilidad al estar cerca de ella. Sin embargo, su mente no dejaba de pensar en los pequeños detalles, en la cercanía de sus cuerpos y en lo que había sucedido entre ellos en las últimas semanas. Cada vez que la miraba, sentía que algo dentro de él se encendía, pero no sabía cómo manejarlo.

Fue entonces cuando notó que Aisha comenzaba a sudar ligeramente. Su rostro se estaba empapando de sudor, y su respiración se había vuelto un poco más agitada. Al observarla más de cerca, Emir se dio cuenta de que llevaba puesto el suéter que él mismo le había prestado, y eso parecía estar causándole incomodidad en el calor de la habitación. Preocupado por ella, se acercó cuidadosamente, levantando el suéter con suavidad para que se sintiera más fresca. Sin embargo, al hacerlo, Emir se dio cuenta de algo que lo hizo sentirse aún más incómodo: su blusa estaba manchada, y la tela, al estar húmeda, se volvía un poco transparente.

El rostro de Emir se sonrojó ligeramente al darse cuenta de lo que eso significaba. A pesar de que no estaba mirando con malicia, la situación lo hizo sentir nervioso. La visión de su blusa húmeda y pegada a su piel le trajo pensamientos que preferiría no tener en ese momento. Trató de calmarse, respirando profundamente, intentando mantener la compostura, pero los pensamientos comenzaron a rondar su mente. La situación lo estaba afectando de una manera que no esperaba, y aunque intentaba mantener el control, su cuerpo reaccionaba involuntariamente.

Aisha, sin embargo, seguía profundamente dormida, ajena a todo lo que estaba sucediendo. Emir sabía que debía hacer algo, y en su mente, una idea comenzó a tomar forma. Pensó que sería mejor que ella se levantara y se bañara, que se sintiera más cómoda. Después de todo, la sudoración de Aisha no era normal, y él no quería que se sintiera mal al día siguiente. Pero, a pesar de que la preocupación lo invadía, había algo que lo detenía: el miedo a que ella se asustara si la movía. La imagen de Aisha despertando de repente y encontrándose con su rostro tan cerca del suyo lo hizo dudar. No quería que la situación se volviera incómoda para ella, y mucho menos que Aisha se sintiera invadida o incómoda con sus acciones.

Emir se quedó allí por un rato, mirando a Aisha con una mezcla de ternura y preocupación. Quería hacer lo correcto, quería asegurarse de que estuviera bien, pero al mismo tiempo, no quería forzar nada. Sabía que las cosas entre ellos debían ir a su propio ritmo, que no debía apresurarse, pero a veces los sentimientos eran tan intensos que se sentía como si estuviera a punto de perder el control.

El silencio de la noche volvió a envolverlos, y Emir se quedó allí, observando a Aisha, perdido en sus pensamientos, intentando encontrar la mejor manera de cuidarla sin hacerla sentir incómoda. Sabía que el día siguiente sería otro paso en su relación, pero por ahora, en ese instante, se conformaba con la cercanía, con la simpleza de estar a su lado.

Finalmente, después de pensarlo durante un rato más, Emir decidió que lo mejor sería esperar a que Aisha despertara por sí misma. No quería forzar nada, y entendió que, en ese momento, lo mejor era simplemente ser paciente. Y así, con una sonrisa suave en el rostro, Emir se acomodó junto a ella, listo para descansar, esperando que el día siguiente trajera más respuestas sobre lo que ambos sentían, pero sabiendo que todo tomaría el tiempo que necesitara.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora