capitulo #54

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El aire estaba pesado. El grupo de amigos de Aisha se encontraba en la comisaría, las manos temblorosas al intentar explicar lo que había sucedido. Nadie podía procesar lo que acababa de ocurrir. Aisha y Emir, dos de los miembros más queridos del grupo, habían desaparecido, y todo indicaba que Ámbar estaba detrás de ello. La policía tomó nota de sus declaraciones, aunque la incredulidad era palpable en sus rostros. A medida que hablaban, sus voces vacilaban, como si cada palabra fuera más difícil que la anterior.

—¿Están seguros de que fue ella? —preguntó el detective, sus ojos escudriñando a cada uno de ellos.

—¡Claro que sí! ¡Nos drogó! ¡Nos drogó a todos! —exclamó Dalia, la desesperación tintada en su voz—. ¡Se los llevó! ¡Aisha y Emir no están en ningún lado!

El detective asintió lentamente, tomando nota. Pero el tono de su voz no era del todo esperanzador.

—Intentaremos hacer todo lo posible para encontrarlos. Pero por ahora, necesitamos que se mantengan tranquilos. Si tienen más detalles, por favor comuníquenoslos.

Mientras tanto, en un lugar distante y oscuro, la realidad para Aisha y Emir era otra. Aisha despertó lentamente, su cuerpo pesado y su mente aturdida. Había algo extraño en el aire, algo que no podía identificar al principio, pero luego lo comprendió: estaba sola, de nuevo. El cuarto era sombrío, con poca luz que entraba a través de una ventana pequeña y sucia. Y la sensación de desesperación la envolvía.

Cuando levantó la vista, vio algo que la hizo estremecer: Emir estaba frente a ella, sentado en una silla, inmóvil. Él se veía igual de desorientado, aunque sus ojos reflejaban algo más profundo. Era como si hubiera una tormenta interna en él, algo que lo mantenía atrapado.

Y entonces, sin previo aviso, Ámbar entró en la habitación. Su rostro estaba marcado por una expresión confusa, entre el deseo y el dolor. Sin decir una palabra, se acercó a Emir, se inclinó hacia él y lo besó.

El beso fue forzado, más como una posesión que como un acto de amor. Emir no podía hacer nada para detenerlo. Su cuerpo estaba tan pesado por el efecto de los somníferos, que apenas podía moverse. El beso de Ámbar era frío, como si lo estuviera forzando a aceptar algo que él no quería. A pesar de su mente luchando por reaccionar, el cuerpo de Emir no respondía, y todo lo que podía hacer era cerrar los ojos, deseando que aquello terminara.

Mientras tanto, Aisha, completamente impotente y atada a la silla, observaba la escena, con el corazón roto. El dolor en su pecho era insoportable. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro, pero no podía hacer nada para detenerlas. La rabia y la tristeza se mezclaban, y no entendía cómo había llegado a este punto. Ver a Emir tan cerca de Ámbar, sin poder hacer nada, la destrozaba por dentro.

Ámbar, al notar la desesperación en los ojos de Aisha, sonrió de una manera extraña. Una sonrisa que no traía consuelo, sino más bien la sensación de que estaba jugando con algo que no entendía. Después de un momento, rompió el beso, y miró a Emir con una intensidad peligrosa.

—¿Ves, Emir? —susurró con voz suave—. Yo siempre te he amado. A diferencia de Aisha, siempre he estado aquí para ti.

Emir la miró, incapaz de responder. Sus ojos estaban llenos de confusión y de dolor, pero sus manos estaban atadas, al igual que sus pensamientos. No podía hacer nada para liberarse de la situación.

Ámbar lo abrazó, apretándolo contra su cuerpo, sus manos acariciando suavemente su cabello. Mientras tanto, Aisha, desde su silla, podía ver todo. Y no solo lo veía, sino que lo sentía. Sentía cada gesto de Ámbar como una daga clavada en su pecho.

—Shh... —dijo Ámbar con voz suave—. No te preocupes. Yo cuidaré de ti, como siempre lo he hecho. Aisha ya no es importante. Yo soy la única que puede darte lo que necesitas.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora