El enojo se acumulaba dentro de Oroitz como un incendio imposible de apagar. No había podido decirle la verdad a Aisha. Se había quedado callado otra vez, atrapado en su propia cobardía. Su cuerpo se tensó con frustración mientras caminaba por los pasillos del colegio, pateando una piedra que se cruzaba en su camino.
¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente soltar la mentira?
Sabía la respuesta. Porque la verdad significaba perderla para siempre.
Mientras tanto, en otro punto del colegio, Emir estaba sentado en una de las bancas del patio, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Su mente trabajaba sin descanso. Desde que Aisha le pidió un tiempo, no había dejado de pensar en ello. Había algo que no le estaba diciendo.
Él conocía a Aisha lo suficiente como para notar cuando algo la preocupaba. Y aunque intentaba convencerse de que tal vez solo necesitaba espacio, la idea de que hubiera otra razón lo carcomía.
¿Había alguien más?
El pensamiento lo incomodaba. Aisha nunca había sido de las que jugaban con los sentimientos de los demás. Si había tomado esa decisión, debía haber una razón de peso. Y él quería saber cuál era.
Después de unos minutos de indecisión, suspiró y sacó su teléfono. Deslizó la pantalla, buscando un contacto en particular.
Oroitz.
Había pasado mucho tiempo desde que hablaron como amigos. Alguna vez lo habían sido, pero la vida los llevó por caminos distintos. Sin embargo, si había alguien que podía darle respuestas, era él.
Marcó el número.
Después de unos segundos, Oroitz contestó.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz seca.
Emir no se sorprendió por su tono. Oroitz nunca había sido particularmente amable con él.
—Quiero hablar contigo.
Hubo un silencio incómodo antes de que Oroitz soltara un bufido.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Es sobre Aisha.
El nombre de Aisha pareció congelar la conversación.
Oroitz sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Por qué Emir quería hablar de ella?
—¿Qué pasa con Aisha? —preguntó, tratando de mantener la calma.
Emir suspiró.
—No voy a dar rodeos. Aisha y yo nos dimos un tiempo, pero siento que hay algo más. Algo que no me ha dicho. Y no sé por qué, pero tengo la sensación de que tú tienes algo que ver con esto.
Oroitz frunció el ceño. ¿Un tiempo?
—¿Tú y Aisha eran pareja? —preguntó con incredulidad.
Emir lo miró fijamente, aunque Oroitz no pudiera verlo a través del teléfono.
—Sí —respondió con firmeza.
Oroitz sintió cómo la rabia lo atravesaba. ¿Entonces Aisha le había mentido?
¿Le había dicho que estaba sola cuando en realidad tenía a alguien más?
El corazón le latió con fuerza. No entendía por qué se sentía tan traicionado, pero ahí estaba: el ardor en el pecho, la furia que crecía sin control.
—Así que eso era... —murmuró entre dientes—. Aisha me mintió.
Emir frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Oroitz soltó una risa amarga.
—De que Aisha no es tan inocente como crees.
Emir sintió un mal presentimiento.
—Explícate.
Oroitz apretó los puños, todavía sintiendo esa rabia irracional. Si Aisha le había mentido, ¿por qué él tenía que seguir protegiéndola?
—Aisha y yo hemos estado juntos —soltó, sin pensarlo demasiado.
Emir se quedó en silencio.
—¿Qué?
—Desde hace un tiempo —continuó Oroitz, su voz llena de resentimiento—. No sé exactamente qué éramos, pero... nos hemos besado más de una vez.
El golpe fue directo al corazón de Emir.
No quería creerlo.
No podía creerlo.
Aisha no era así. Ella no era de esas personas.
—No tiene sentido —dijo finalmente, sintiendo cómo la desesperación crecía dentro de él—. Aisha no haría algo así.
—Pues lo hizo —respondió Oroitz, con una frialdad que ni él mismo reconocía en su voz.
Hubo un largo silencio entre los dos.
Oroitz se pasó una mano por el cabello, tratando de calmarse. No tenía que haber dicho eso. Sabía que estaba hablando desde el enojo, desde el dolor, desde la confusión. Pero ya no podía retirar sus palabras.
Emir apretó los dientes.
—Si todo esto es cierto... entonces Aisha me mintió.
Oroitz sintió un peso en el pecho.
Pero Aisha no era la única que había mentido.
Él también lo había hecho.
Y ahora, su mentira había comenzado a destruir más de lo que esperaba.
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