después del beso de Oroitz, algo dentro de mí cambió. Aunque sus palabras habían sido dulces, aunque había creído que al fin había llegado mi momento, algo en mi interior me decía que todo eso era una mentira. No podía seguir ignorando las señales, ni podía vivir con la incertidumbre constante de si Oroitz me quería de verdad o si simplemente estaba jugando conmigo, como lo había hecho tantas veces antes.
Dalia no ayudaba en nada. Si bien había sido mi amiga en el pasado, algo en su actitud me molestaba cada vez más. Sus palabras siempre eran frías, calculadoras. Cuando me hablaba, parecía que lo hacía desde una especie de pedestal, como si su opinión fuera la única que importaba, como si solo ella supiera lo que era mejor para mí.
Lo peor de todo era que no era la primera vez que Dalia se metía en mi vida amorosa. Recordaba con claridad cómo, en una ocasión, ella había intentado insinuarse con mi exnovio, como si fuera algo completamente natural. Fue una de las primeras veces que realmente me di cuenta de su naturaleza egoísta y manipuladora. Aunque en ese momento no lo había visto, ahora no podía ignorarlo.
—Aisha, ¿no crees que estás tomando esto demasiado rápido? —dijo Dalia una vez más, esa tarde, mientras caminábamos por el pasillo.
Su voz me molestó. No quería escuchar más sus advertencias ni sus críticas.
—Dalia, ya basta. Ya no quiero escuchar tus opiniones sobre mi vida. ¿Ok? —le respondí, mi voz tensa.
Dalia me miró, sorprendida, pero no dijo nada. Era como si no esperara esa reacción de mí. Sin embargo, no iba a ceder. Necesitaba dejar claro que ya no iba a permitir que se metiera en mis decisiones.
—Aisha... —comenzó, pero la interrumpí.
—¡No, Dalia! ¡Basta! No quiero que me hables de lo que hago o dejo de hacer con mi vida. Tú ya hiciste suficiente con tu actitud cuando me metiste en medio de mi relación pasada. No necesito tus consejos ahora.
Vi cómo su rostro se endurecía por un momento, pero no me importó. Estaba cansada de callarme. Estaba cansada de la manipulación y de las malas influencias.
Dalia se dio la vuelta y se alejó sin decir una palabra más. A pesar de todo, sentí un alivio al alejarme de ella. Ya no quería ser la chica que siempre se dejaba influir por sus palabras.
Al principio, me sentí un poco culpable. Pero al mismo tiempo, recordaba cómo Dalia no había vacilado en arruinar mi relación anterior, cómo se había metido en mi espacio sin importarle lo que sentía. Ahora, lo que sentía por ella era solo resentimiento, y no podía seguir permitiendo que sus comentarios afectaran mi vida.
Mis amigas, por otro lado, nunca dejaron de apoyarme. Yuli y Cami, las gemelas, siempre tenían una forma de hacerme reír incluso cuando sentía que todo estaba cayendo a pedazos. Siempre trataban de encontrar el lado positivo de las cosas, aunque, a veces, sus bromas no eran la solución perfecta.
—¡Aisha, no te preocupes! ¡Esto es solo un drama Boys Love en vivo! —exclamó Cami, dándome un pequeño golpe en el hombro.
Ambas gemelas se conocían al detalle mis gustos por los manhwas Boys Love, esos cómics coreanos que tanto disfrutaba leer en mis ratos libres. Sabían que a veces, perderme en esas historias de amor complicadas me ayudaba a desconectarme de la realidad.
—¡Sí, es como si estuviéramos en un capítulo lleno de confusión! Pero lo bueno es que siempre hay un final feliz, ¿verdad? —dijo Yuli, sonriendo con esa dulzura que siempre me hacía sentir en paz.
Me reí, a pesar de todo el caos que estaba viviendo dentro de mí. Las gemelas tenían esa capacidad de hacerme reír incluso en los momentos más difíciles.
Dami, por su parte, siempre estaba ahí para sacarme una sonrisa de una manera más sarcástica, pero no por eso menos efectiva. Su humor ácido y su carácter fuerte eran como una capa de protección contra las malas vibras.
—¿De verdad vas a seguir creyendo en ese tipo, Aisha? —preguntó Dami, dándome un toque en el brazo mientras caminábamos hacia la cafetería. —Mira que si sigues así, te va a dejar más confundida que un manhwa con más giros que una novela.
—¡Dami! —reí, aunque sentí una punzada en el corazón al pensar en lo que me había dicho Oroitz. ¿Realmente me quería? ¿O solo jugaba conmigo?
—Lo que te quiero decir es que si ese tipo no sabe lo que quiere, ¡mejor déjalo ir! No te hagas más daño. Ya tienes un montón de cosas buenas en tu vida sin necesidad de ese lío.
Sus palabras eran duras, pero tenía razón. Dami nunca se andaba con rodeos, y era una de las pocas personas que realmente entendía lo que estaba pasando por mi cabeza.
A lo largo de la semana, el comportamiento de Oroitz se volvía más desconcertante. Por un lado, me decía que me quería, me abrazaba, me besaba con una ternura que me hacía pensar que todo finalmente tenía sentido. Pero, por otro lado, no podía ignorar sus actitudes inconsistentes. A veces parecía estar muy cerca de mí, y en otros momentos, actuaba como si nada hubiera pasado entre nosotros.
Recordaba aquella tarde en que me regaló la flor morada, justo en el Día de la Primavera. Todos en el colegio regalaban flores amarillas, como una tradición, pero él se presentó con una flor morada, sabiendo que era mi favorita. La flor tenía un aroma dulce, casi embriagador, y la cuidé con mucho esmero. Pero a medida que pasaban los días, la flor comenzó a marchitarse, y no pude evitar que una metáfora cruel se formara en mi mente.
¿Era esa flor morada como nuestra relación? ¿Algo que al principio parecía tan especial, pero que con el tiempo se desvanecía?
Esa flor morada me hacía pensar en Oroitz, en su falsedad, en sus mentiras. A veces sentía que me estaba tomando el pelo, y otras veces, pensaba que tal vez sí sentía algo por mí, pero que no sabía cómo manejarlo.
Era difícil saber qué hacer. Mientras mis amigas intentaban darme fuerza, y a pesar de todo el apoyo que recibía de ellas, mi corazón no dejaba de luchar contra mis propios pensamientos. Sabía que Oroitz me mentía. Lo sentía. Pero al mismo tiempo, no quería admitirlo. No quería aceptar que la relación que tanto anhelaba tal vez no era real.
Lo único que sabía con certeza es que no podía seguir atrapada en esta mentira. Pero ¿cómo podía dejar ir algo que se había convertido en una parte tan importante de mi vida? ¿Cómo podía soltar a Oroitz cuando, por dentro, seguía deseando que sus palabras fueran sinceras?
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