La noche se alzaba fría y sombría, envolviendo la casa en una quietud inquietante. Ámbar salió de la casa, dejando a Emir solo en su habitación. No había notado que, en su afán por controlarlo, había dejado una pequeña oportunidad. Emir, con las muñecas aún entumecidas por la presión de las cuerdas, aprovechó el descuido. Con esfuerzo, logró desatarse, la adrenalina comenzando a recorrer su cuerpo como un rayo. Sabía que debía actuar rápido. No podía permitir que Ámbar lo atrapara de nuevo, ni mucho menos que continuara con su tortura sobre Aisha.
Mientras tanto, en otro lugar, el tiempo parecía haberse detenido. Los padres de Aisha ya se habían enterado del secuestro. La madre, con una expresión dura y el rostro impasible, apenas pudo contener las lágrimas. A pesar de su dolor profundo, su fortaleza le impedía derramar ni una sola gota. Su dolor estaba incrustado en su pecho, pesado, sin salida. El padre, por otro lado, no pudo resistir más. Lloraba desconsolado, su llanto resonando en la casa vacía, mientras se desplomaba en el sofá. Aisha era su única hija, su tesoro, y verla en peligro lo estaba destrozando. El hermano menor, un niño de apenas 10 años, lloraba desconsolado en su habitación, sin comprender del todo la magnitud de lo que sucedía, pero sabía que su hermana, su segunda madre, estaba perdida. El hermano mayor, aunque más callado y distante, no podía evitar que el dolor lo invadiera. No eran tan cercanos, pero ver a su hermana en esa situación lo quebraba por dentro.
Los amigos de Aisha, también devastados, no sabían qué hacer. Dalia, Yuli, Cami y los demás intentaban mantenerse fuertes, pero el llanto era incontrolable. No podían entender cómo había llegado esto tan lejos. Oroitz, por su parte, había llegado a la casa de Aisha. Con el rostro empapado en lágrimas, se dirigió hacia su habitación. En el silencio de la habitación vacía, se desplomó sobre la cama, mirando la flor morada que había regalado a Aisha. Esa flor, que había sido un símbolo de todo lo que sentía por ella, ahora se veía marchita, como si reflejara su alma rota. Se sintió impotente, culpable por no haber podido hacer nada para evitar todo esto. La culpa lo devoraba.
Mientras tanto, Emir aprovechó el momento que Ámbar se había ido para actuar. Desesperado, se levantó rápidamente de la cama. Necesitaba encontrar a Aisha. Con el corazón latiendo desbocado, recorrió la casa, buscando cualquier pista. Finalmente, en un rincón apartado de la casa, la encontró. Aisha estaba allí, tirada en el suelo, cubierta de moretones y heridas. El dolor era evidente en su rostro, pero lo peor era la quietud de su cuerpo. Ella parecía inconsciente, como si el golpe de la tortura la hubiera dejado completamente quebrada.
Emir no podía contener las lágrimas. Con manos temblorosas, se inclinó sobre ella y la acarició suavemente, intentando despertarla. No le importaba lo que sucediera con él. Solo quería que ella volviera a abrir los ojos. A lo lejos, el eco del tiempo parecía ser implacable. Tras varios intentos fallidos, finalmente Aisha reaccionó. Sus ojos, entornados, lentamente empezaron a abrirse. Emir, llorando, la abrazó con fuerza, murmurando palabras que no salían claramente, pero que estaban llenas de desesperación y amor.
—Aisha... por favor, despierta... —susurró, besando su frente, su voz quebrada por el dolor. Las lágrimas no dejaban de caer.
Ella, débilmente, levantó una mano, tocando su rostro con ternura, como si aún estuviera confundida.
—Emir... —susurró, apenas audible, con la voz ronca por el sufrimiento. Emir la miró, con el corazón encogido, y le dio un beso en la mejilla.
Pero no podían quedarse allí. No podían seguir esperando a que algo más les hiciera daño. Mientras Aisha intentaba recuperar fuerzas, Emir exploró la casa en busca de una salida. Sin embargo, no encontraba ninguna. Las puertas y ventanas estaban cerradas, bloqueadas con algo que parecía deliberado. Entonces, en un rincón oscuro de la casa, encontró una posible vía de escape: una ventana pequeña que podría ser la clave para salir de allí. Pero justo cuando se disponía a avanzar, escuchó un ruido: un coche. El sonido se acercaba. Su corazón dio un vuelco. Ámbar había regresado.
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Flores Moradas
Novela Juvenilcada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
