capitulo #25

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El perfume de la flor morada seguía impregnado en mis dedos, como si Oroitz me hubiera dejado una parte de sí en ese pequeño regalo. Me sentía atrapada en un torbellino de emociones. ¿Y si Dalia tenía razón? ¿Y si todo esto era una ilusión que yo misma había construido?

Pero entonces, ¿por qué Oroitz me miraba de esa manera? ¿Por qué siempre volvía a mí?

No podía evitarlo. Mi mente giraba en círculos, repitiendo cada palabra, cada gesto, cada momento que había compartido con él en los últimos días.

Y aún así... no podía evitar pensar en la mentira que escondía detrás.

Un juego peligroso

Después de clases, me dirigí al patio trasero de la escuela, donde solía ir cuando necesitaba pensar. El lugar estaba casi vacío, excepto por una persona que reconocí de inmediato.

Oroitz.

Estaba sentado en una de las bancas, con la mirada perdida en el suelo, girando una pequeña flor en sus manos.

La misma flor morada que me había dado.

Mi corazón dio un salto y, antes de que pudiera pensarlo dos veces, me acerqué.

—¿Estás bien? —pregunté con cautela.

Él levantó la mirada, sorprendido por mi presencia, pero rápidamente esbozó una sonrisa.

—Oh... sí, solo estaba pensando.

Me senté a su lado, sintiéndome extrañamente nerviosa.

—¿Sobre qué?

Oroitz suspiró y miró la flor.

—Sobre muchas cosas. Sobre nosotros.

Mi corazón se aceleró.

—¿Nosotros?

Él asintió lentamente, pero su expresión se volvió tensa, como si estuviera debatiéndose internamente.

—Aisha, sé que... tal vez no he sido claro contigo.

Mi pecho se apretó.

—¿En qué sentido?

—En todo esto —dijo, haciendo un gesto vago con las manos—. No quiero que pienses que lo que pasó entre nosotros no significa nada.

Mis ojos se abrieron un poco.

—Entonces...

—Lo que quiero decir es que... —Oroitz hizo una pausa, desviando la mirada—. Quiero que seas especial para mí.

Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo.

—¿Quieres que sea especial?

Él asintió con una sonrisa pequeña, pero había algo en sus ojos... una sombra de duda.

Yo quería creerle. Dios, quería creerle con todo mi corazón.

—Aisha... —murmuró, acercándose un poco más—. Prométeme que siempre vas a estar conmigo.

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a salirse de mi pecho.

—Claro que sí...

En ese momento, me sentí más cerca de él que nunca.

Pero lo que no sabía era que, mientras yo me aferraba a esa pequeña esperanza, Oroitz seguía cargando con la mentira.

Seguía ocultando la verdad.

A la mañana siguiente, en el colegio, me encontré con mis amigas como siempre.

Las gemelas, Yuli y Cami, estaban enloquecidas con otro video de Stray Kids, gritando como si realmente pudieran escuchar su emoción al otro lado de la pantalla.

—¡Cami, mira cómo se ve Han Jisung aquí! —chilló Yuli, dándome un codazo para que también mirara.

—¡Dios, me voy a desmayar! —Cami agarró su pecho dramáticamente.

Yo sonreí, sintiéndome aliviada de estar con ellas después de todo lo que había pasado con Oroitz.

Dami, por otro lado, estaba sentada a mi lado con los brazos cruzados, observándome con una expresión que me hizo saber que sabía algo.

—¿Qué? —pregunté con nerviosismo.

—No te hagas —Dami me miró fijamente—. ¿Qué te dijo Oroitz ayer?

Las gemelas dejaron de gritar por Stray Kids y me miraron expectantes.

—Eh... bueno... —tragué saliva—. Solo hablamos.

—¡Mentira! —dijeron Cami y Yuli al unísono.

Dami no se dejó engañar.

—Aisha, no puedes seguir cayendo en esto. Oroitz no sabe lo que quiere y te está enredando otra vez.

—Pero... él me dijo que soy especial para él.

Dami soltó una risa sarcástica.

—Ajá, claro, y yo soy la presidenta de Corea del Sur.

—¡Dami! —protesté, pero ella solo negó con la cabeza.

—Escúchame bien, Aisha. Ese tipo te está manipulando. No puedes dejar que juegue con tus sentimientos.

No quise escucharla. No quería que nadie me arrebatara esta pequeña ilusión.

Pero el problema era que Dalia no iba a permitir que siguiera engañándome.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con esta estupidez?

Dalia estaba parada frente a mí con los brazos cruzados, mirándome como si fuera una niña ingenua.

Lucas estaba a su lado, con la misma expresión de siempre, como si todo le pareciera un chiste.

—No es una estupidez —repliqué, sintiéndome a la defensiva.

—¿Ah, no? —Dalia se rió sin humor—. Oroitz te dice lo que quieres oír, pero en el fondo, no siente nada por ti.

—Eso no es cierto.

—¿No? —su mirada se afiló—. ¿Entonces por qué nunca te ha dicho que te quiere?

Me congelé.

Dalia sonrió con superioridad.

—Sabes que tengo razón.

—No tienes idea de lo que dices —repliqué, sintiendo un nudo en la garganta.

—¿No? Entonces ve y pregúntale directamente —dijo con un tono desafiante—. Pregúntale si realmente siente algo por ti.

Mi pecho se apretó.

Porque, en el fondo, yo también tenía miedo de la respuesta.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora