La tensión en el aire era cada vez más palpable. La graduación se acercaba y Aisha no podía dejar de pensar en Oroitz. Cada vez que lo veía, sentía como si el mundo se detuviera por un segundo, esperando a que él la mirara, o que, al menos, le dirigiera una palabra. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos por acercarse a él, Oroitz no solo se mantenía distante, sino que sus rechazos se volvían más claros y firmes.
Ashura, la mejor amiga de Oroitz, estaba muy cerca de ellos también. Siempre observando, siempre presente, pero nunca interponiéndose. Aisha había notado la relación cercana que compartían, y aunque se decía a sí misma que no le importaba, no podía evitar sentir celos de la conexión entre ellos. Ashura tenía esa facilidad para hacer reír a Oroitz, para estar cerca de él sin parecer agobiante. Aisha, por otro lado, se sentía como una sombra, siempre tratando de acercarse, pero siempre rechazada.
Una tarde después de clases, cuando la graduación ya estaba más cerca, Aisha decidió que no podía seguir soportando esta distancia. No importaba lo que dijera Oroitz, no importaba lo que sucediera con Ashura. Ella quería hacerle saber lo que sentía, aunque eso significara enfrentar la realidad de su obsesión.
Se encontró con Oroitz en el pasillo, caminando junto a Ashura. Ella sabía que no era el momento adecuado, pero no podía esperar más.
—Oroitz, necesitamos hablar —dijo Aisha con determinación, acercándose a él.
Oroitz la miró con una expresión que no pudo leer del todo. Ashura, que iba a su lado, alzó una ceja, como si ya supiera lo que iba a suceder.
—¿De qué quieres hablar? —respondió Oroitz, su tono algo frío.
Aisha respiró hondo, mirando a Ashura por un segundo antes de centrarse de nuevo en Oroitz.
—De nosotros —dijo con firmeza, sintiendo que su corazón latía con fuerza—. No puedo seguir ignorando lo que siento. Y sé que tú... tú sabes lo que está pasando. No puedo seguir ocultándomelo.
Ashura observó en silencio, claramente intrigada pero sin intervenir. Oroitz, sin embargo, frunció el ceño y dio un paso atrás.
—Aisha, ya te lo he dicho varias veces —dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas—. No sientes lo que piensas que sientes. No tienes que seguir insistiendo.
Aisha lo miró, tratando de leer su rostro. Pero lo único que vio fue una fría indiferencia, como si ya no pudiera importarle menos lo que ella sentía. El rechazo era palpable, y eso la hirió más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
—No estoy equivocada, Oroitz —respondió con voz temblorosa—. Sé lo que siento. Y tú también lo sabes.
Oroitz suspiró, mirando a Ashura antes de mirar nuevamente a Aisha. Era como si estuviera buscando las palabras adecuadas, pero no las encontraba.
—Aisha, por favor, entiende que no voy a cambiar lo que te he dicho. Yo no te correspondo. Y no quiero seguir arrastrando esto —dijo, su voz seria pero con un toque de cansancio.
Aisha sintió un nudo en el estómago. Su obsesión por él había llegado al punto en que ya no podía controlar sus emociones. Todo en ella quería gritar, quería hacerle ver lo que sentía, pero en lugar de eso, se quedó en silencio. Sabía que, por más que intentara, no había forma de hacerle cambiar de opinión. Y lo peor era que no quería escucharlo.
—Está bien —dijo finalmente, sin poder ocultar la tristeza en su voz—. Si eso es lo que quieres... lo aceptaré.
Oroitz asintió, aparentemente aliviado de que la conversación terminara, y antes de que pudiera decir algo más, se dio la vuelta y caminó junto a Ashura, dejando a Aisha atrás.
Ella se quedó allí, sola, viendo cómo se alejaban. Su mente no dejaba de repetirse lo mismo: "No puedo dejarlo ir. No puedo...".
Cuando las clases terminaron por ese día, Aisha se encontró con Katty y Birsha en el pasillo. La atmósfera entre ellas no había cambiado: Birsha con su arrogancia, Katty con su sonrisa cruel. Ambas la miraban como si esperaran algo de ella.
—¿Sigues obsesionada con ese chico? —preguntó Katty, con una risa burlona—. Pensábamos que ya te habías dado cuenta de que no te va a mirar. Es solo una pérdida de tiempo, Aisha.
Birsha se acercó, cruzándose de brazos con una mirada despectiva.
—¿Sabes qué? Tal vez deberías ponerte en tu lugar. No eres tan especial como crees. Oroitz no te va a salvar —dijo, sus palabras llenas de veneno.
Aisha, furiosa por las palabras de Birsha, no pudo evitar contestar.
—¡No me importa lo que pienses! Ya no tengo miedo de ustedes —gritó, aunque su voz temblaba por dentro.
Katty sonrió con malicia, mirando a Birsha antes de volver a centrarse en Aisha.
—¿No tienes miedo? ¿Seguro? Porque parece que te seguimos controlando. O quizás, ya te has rendido, y por eso estás aquí, buscando que alguien te salve, como siempre —dijo, la burla evidente en su tono.
Aisha sentía el coraje ardiendo en su interior, y por primera vez, no sintió miedo de ellas. No podía seguir siendo la chica que se dejaba pisotear. Sin embargo, algo en su interior le decía que su lucha con Katty y Birsha estaba lejos de terminar.
De repente, algo cambió. No sabía si era la rabia, o la necesidad de dejar claro que ya no iba a ser la misma, pero Aisha se adelantó y empujó a Katty con todas sus fuerzas. Katty, sorprendida, retrocedió unos pasos, mientras Birsha la miraba, furiosa.
—¡Te vas a arrepentir de eso! —gritó Birsha, dándose vuelta hacia ella con una furia incontrolable.
—Hazlo, Birsha. No tengo miedo de ustedes —respondió Aisha, mirando fijamente a ambas, desafiante.
La tensión estaba a punto de estallar cuando, de repente, la puerta del aula se abrió y un profesor apareció, deteniendo el enfrentamiento.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el profesor, mirando a las tres con una expresión severa.
Aisha, aunque enojada, no dijo nada más. Sabía que el enfrentamiento había terminado por ese día, pero algo dentro de ella sabía que la batalla con Katty y Birsha no acabaría tan fácilmente.
La graduación se acercaba, y con ella, la culminación de un ciclo lleno de emociones, desafíos y confrontaciones. Aisha se encontraba atrapada entre su obsesión por Oroitz y la creciente lucha contra Katty y Birsha. La situación no hacía más que complicarse, pero algo en su interior le decía que, al final, no todo terminaría como esperaba. La graduación sería solo el comienzo de algo mucho más grande.
continuara....
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