Al fin había llegado el cumpleaños de Aisha.
El lugar ya estaba preparado: luces colgantes en tonos morados, flores por doquier, música suave de fondo, una mesa larga decorada con velas lilas, y en el centro, un pastel de tres pisos que parecía salido de un cuento de hadas. Todo estaba listo. Solo faltaban Aisha y Emir, que aún estaban en el hospital.
Todos decían lo mismo:
—Hoy va a ser un día genial... todo va a salir de maravilla.
En el hospital, la madre de Aisha recogía sus cosas, ya que al fin le habían dado el alta, al igual que a Emir. Los padres de Aisha ofrecieron llevarlos a casa en su auto, y también invitaron a la madre de Emir, quien aceptó con una sonrisa.
Aisha no sabía nada de la fiesta. Era una sorpresa.
En el camino, iba sentada al lado de Emir. Estaban agarrados de la mano, intercambiando miradas dulces, llenos de paz... pero hubo un momento en el que Emir la miró con algo distinto en los ojos. Seriedad.
—Quiero hacer una parada antes de ir —dijo.
Aisha lo miró, confundida.
—¿Dónde?
—Necesito ver a Ámbar.
Apenas llegaron a casa, Emir bajó del auto sin decir más y se dirigió al hospital psiquiátrico.
Mientras tanto, Ámbar se estaba despertando, todavía atontada por los sedantes. Su habitación blanca era fría y solitaria. Alguien abrió la puerta.
Era Emir.
Ámbar lo vio... y se lanzó encima de él para abrazarlo y besarlo, pero Emir la detuvo, sujetándola por los hombros.
Ella se levantó de golpe, sonriendo como si el universo por fin le devolviera algo.
—¡Emir! Sabía que vendrías... lo supe desde que soñé contigo ayer. Pensé que no me dejarías sola.
Él no respondió al abrazo. Se quedó firme, mirándola fijamente. Frío. Distante.
Ámbar bajó los brazos, confundida.
—¿Qué pasa? ¿Estás molesto...? Yo... yo lo hice todo por ti. Por nosotros.
Emir dio un paso adelante.
—¿"Nosotros"?
Su voz era seca, con un tono que ella jamás había escuchado.
—Ámbar... no hay un "nosotros". Nunca lo hubo.
Ella parpadeó, rápido, como si algo no hiciera clic en su cabeza.
—Pero... tú dijiste quererme, ¿recuerdas? Me mirabas como si...
—Fingí —la interrumpió con firmeza—. Porque Aisha y yo teníamos un plan. Porque tú eras parte del problema. Porque eres una maldita loca.
Ámbar se quedó helada.
—Yo vine —continuó Emir, bajando la voz con un tono cortante— solo para decirte algo que quiero que recuerdes cada vez que estés sola en esta habitación blanca...
Dio un paso más cerca. Sus ojos ya no eran los verdes cálidos de siempre, sino como vidrios rotos.
—Espero que nunca salgas de aquí.
Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
Ámbar se llevó ambas manos al pecho, como si algo dentro de ella acabara de quebrarse.
—Emir... por favor... no me dejes...
Pero él ya había salido. Y la puerta se cerró.
Silencio.
Ámbar se dejó caer en el suelo, susurrando entre lágrimas:
—...me mirabas como si me amaras...
Emir salió del hospital con el corazón latiendo fuerte, no por Ámbar, sino por lo que venía después. Se dirigió a la fiesta.
Mientras tanto, Aisha todavía no sabía nada. Solo se cambió de ropa, emocionada por estar al fin en casa. Su madre le había regalado un vestido hermoso ese mismo día: color lila, con detalles morados. Era suave, brillante... una clara referencia a la flor morada. Eeehhe.
Como eran sus 15 años, Aisha también llevaba un ramo de flores que le regaló su padre, y así la llevaron a la fiesta sorpresa.
Todos estaban ahí, esperándola. Cuando Aisha entró, las luces se encendieron y todos gritaron:
—¡SORPRESAAAA!
Ella se quedó sin palabras.
Emir la recibió con otro ramo de flores, aunque se avergonzó un poco al ver que su padre ya le había dado uno antes.
—Es que... yo no sabía —dijo rascándose la nuca.
Aisha sonrió y le dio un beso en la mejilla.
Comenzó a admirar el lugar... todo era morado, muy lindo. El pastel de tres pisos, la música suave, las personas que amaba... todo era perfecto.
Después de todo lo que pasó, Aisha sentía que por fin...
Ya nadie podía arrebatarle su felicidad.
Continuará...
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Flores Moradas
Подростковая литератураcada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
