capitulo 33

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Los días pasaron lentamente para Aisha.

Después de aquella noche, intentó mantenerse ocupada, evitar pensar demasiado en todo lo que había pasado.

Pero era inútil.

Cada rincón del colegio le recordaba a Oroitz.

Cada vez que cerraba los ojos, su mente la traicionaba con recuerdos de su voz, de su tacto, de aquella maldita flor morada que aún guardaba con tanto cuidado.

No podía simplemente dejar de amarlo.

Y ese era su mayor problema.

Por más que intentara convencerse de que Oroitz nunca la quiso, que todo fue una mentira, su corazón seguía buscándolo en los momentos más inesperados.

Fue en uno de esos días, cuando el dolor se hizo insoportable, que Dami la encontró llorando en un rincón del patio trasero del colegio.

Maldita sea, Aisha... —murmuró con preocupación mientras se arrodillaba a su lado—. ¿Otra vez ese imbécil?

Aisha intentó contener las lágrimas, pero no pudo. Todo el peso de lo que sentía la aplastaba.

Dami no dijo nada más. Simplemente la abrazó con fuerza.

Aisha se aferró a ella, como si temiera desmoronarse aún más.

Sabía que Dami no era de las personas más cariñosas. Sabía que, aunque la quería, no era buena con las palabras reconfortantes. Pero ese abrazo lo decía todo.

No mereces esto, Aisha. —susurró Dami con rabia contenida—. No mereces llorar por alguien como él.

Aisha no respondió. No tenía fuerzas para discutir.

Pero justo cuando intentaba calmarse, cuando pensó que al menos podría encontrar un poco de paz en ese abrazo... una voz interrumpió su frágil tranquilidad.

Aisha...

El cuerpo de Aisha se tensó de inmediato.

Conocía esa voz.

Demasiado bien.

Levantó la vista lentamente, con el corazón latiéndole con fuerza, y ahí estaba él.

Oroitz.

De pie frente a ellas, con las manos apretadas en puños y una expresión que parecía debatirse entre el arrepentimiento y la desesperación.

Aisha, por favor... —dio un paso hacia ella, pero antes de que pudiera acercarse más, Dami se puso de pie en un segundo, colocándose entre ambos.

Su mirada ardía de furia.

¿Tienes idea de lo que hiciste? —espetó, con una voz afilada como un cuchillo—. ¿Tienes idea de cómo la dejaste? ¿Cómo la destrozaste con tus malditas mentiras?

Oroitz no dijo nada.

Porque lo sabía.

Porque había visto con sus propios ojos lo rota que estaba Aisha.

Pero aún así, no podía quedarse de brazos cruzados.

Yo...

Tú nada. —Dami lo interrumpió de inmediato, cruzándose de brazos—. No vengas aquí con tu cara de víctima cuando fuiste tú quien la hizo sufrir.

Aisha seguía en el suelo, demasiado cansada para siquiera mirarlo a los ojos.

Oroitz tragó saliva.

Sentía que su pecho ardía con cada palabra de Dami, porque no podía negarlo.

Porque era cierto.

Pero aún así, necesitaba hablar con Aisha.

Aisha, por favor... —volvió a intentar, con la voz baja—. Déjame explicarte.

Pero esta vez, Aisha reaccionó.

Se puso de pie lentamente, sintiendo cómo las piernas le temblaban.

Levantó la vista y, por primera vez en días, se obligó a mirarlo a los ojos.

¿Explicarme qué, Oroitz? —su voz sonaba rota, cansada—. ¿Qué me mentiste? ¿Qué jugaste conmigo? ¿Que me ilusionaste a propósito y ahora te sientes culpable?

Oroitz sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

No fue así...

¡Sí lo fue! —lo interrumpió Aisha, su voz temblorosa—. ¡Me hiciste creer en algo que nunca existió! Me besaste, me abrazaste, me dijiste cosas que... que yo creí.

Su respiración era agitada.

Las lágrimas amenazaban con salir de nuevo, pero esta vez, intentó contenerlas.

No iba a seguir llorando por él.

Dami chasqueó la lengua y lo miró con absoluto desprecio.

Así que haznos un favor y desaparece, Oroitz.

Oroitz apretó la mandíbula.

Quería decir algo más.

Quería decirle a Aisha que lo sentía, que nunca planeó hacerle daño, que no podía soportar verla así por su culpa.

Pero las palabras se atoraron en su garganta.

Porque, al final del día, sabía que nada de lo que dijera cambiaría el daño que ya había hecho.

Aisha bajó la mirada y tomó la mano de Dami.

Vámonos. —susurró.

Y sin mirar atrás, se alejaron de Oroitz.

Él se quedó ahí, viendo cómo Aisha desaparecía de su vista.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió el verdadero peso de sus acciones.

Se pasó una mano por el rostro, respirando hondo.

Pero no sirvió de nada.

Porque al final, las lágrimas terminaron cayendo de todos modos.

Continuará...

Continuará

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