A pesar de que Ámbar se había colado sin ser invitada, todos decidieron ser educados y dejarla entrar. La tensión en el aire era palpable, pero nadie lo dijo en voz alta. Aisha, aunque un poco incómoda, intentó mantener la calma. Sin embargo, sabía que algo no estaba bien. Ámbar no había llegado ahí por simple coincidencia; algo estaba pasando.
Mientras todos se acomodaban, las amigas de Aisha, intentando aliviar el ambiente, comenzaron a animar a Ámbar a participar en las actividades.
—¡Vamos, Ámbar! ¡Juguemos a las escondidas! —dijo Dalia, con una gran sonrisa.
—Sí, y no te preocupes, no te vamos a dejar ganar —añadió Cami, guiñándole el ojo.
Ámbar, sin mucho entusiasmo, aceptó. Parecía que solo quería ser parte del grupo para hacerle bien a su imagen. Mientras los demás jugaban, Ámbar observaba, distraída, casi como si estuviera esperando el momento perfecto para llevar a cabo su plan. Pero por ahora, se mezcló entre ellos, tratando de encajar.
La noche avanzaba, y a medida que la oscuridad se apoderaba de la habitación, una nueva tensión se fue gestando. Eran casi las 9 de la noche, y Ámbar, con su actitud tan persistente, comenzó a insistir mucho sobre su pastel.
—De verdad, ¡tienen que probar el pastel! —decía con una sonrisa excesivamente brillante—. Lo hice yo misma, ¡es lo mejor que van a probar hoy!
Sus palabras estaban cargadas de un interés casi desmedido. Pero nadie se atrevió a rechazarla directamente, especialmente con su insistencia.
Aisha, aunque dudosa, no pudo evitar mirar a sus amigas. Todas parecían encantadas con la idea, como si realmente estuvieran dispuestas a dejarse llevar por el entusiasmo de Ámbar.
—Vamos, Aisha, solo un pedazo... —dijo Yuli, con una sonrisa, ya tomando su trozo.
Aisha miró a Emir, buscando su apoyo. Él, que siempre estaba atento a todo, simplemente asintió con una sonrisa tranquila, aunque había algo en su mirada que no pasaba desapercibido. Emir no parecía tan convencido.
—Está bien —dijo Aisha, aceptando el trozo de pastel.
Ámbar se veía feliz, demasiado feliz por la aceptación. Mientras los demás se lanzaban a disfrutar del pastel con ansias, Oroitz observaba desde su esquina. No era de los que solían comer dulces en grandes cantidades, y eso lo sabía bien. Se quedó allí, observando cómo todos comían. No parecía gustarle mucho la idea de comerlo, pero no lo expresó. Solo lo miraba en silencio.
A medida que pasaban los minutos, la risa y las bromas comenzaron a desaparecer un poco. Todos se habían comido bastante pastel, casi sin darse cuenta, pero alguien estaba más callado que el resto.
—Oroitz, ¿no vas a probar? —preguntó Dalia, notando que no había comido mucho.
—No soy muy fan de los pasteles... —respondió él, con tono suave, casi evitando la mirada de todos.
Pero algo en su actitud se sintió diferente. A pesar de su respuesta, parecía haber una especie de... preocupación en su rostro. Como si algo no estuviera bien, como si algo estuviera fuera de lugar.
Aisha miró a Emir, quien también estaba preocupado, pero no dijo nada. El ambiente estaba volviendo a sentirse tenso, como si todo fuera una especie de juego que ninguno de ellos entendía completamente.
Después de un rato, decidieron hacer lo que habían planeado: ver una película de terror. Todo el grupo se acomodó en el sofá, apagaron las luces y comenzaron a ver la película. Las primeras escenas causaron gritos y risas, y todos parecían relajados, pero había algo en la atmósfera que no terminaba de cuadrar.
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Flores Moradas
Novela Juvenilcada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
