Faltaban pocos días para las vacaciones, y mientras el tiempo se deslizaba hacia su fin, la presión dentro de mí crecía. Cada vez que veía a Oroitz, mi corazón latía más rápido, pero mi mente también me recordaba lo que ya sabía: él no sentía lo mismo. Sin embargo, una parte de mí, aquella que siempre había luchado por algo que tal vez nunca sería posible, me impulsó una vez más a dar el paso que tanto temía.
Sabía que mis amigos no entendían por qué seguía insistiendo, por qué seguía aferrándome a algo que estaba claramente perdido. Pero era más fuerte que yo. El amor que sentía por él no era algo que pudiera controlar, no importaba lo mucho que lo intentara. Tenía que ser honesta conmigo misma, tenía que decírselo nuevamente, aunque me estuviera destrozando por dentro.
Así que lo hice. Decidí acercarme a él una vez más, con el mismo temor y esperanza que me había impulsado tantas veces antes. Lo encontré solo en un rincón del patio, leyendo como solía hacer cuando buscaba refugio en la soledad. Mi voz temblaba cuando lo llamé.
—Oroitz... —dije, apenas audible.
Él levantó la vista de su libro, sus ojos encontrándose con los míos, pero había algo en su mirada que me hizo sentir más pequeña que nunca. Sabía lo que estaba por suceder, pero aún así, algo en mi pecho me instaba a seguir adelante.
—¿Aisha? —preguntó con una leve sonrisa, pero su tono era algo distante, como siempre.
Con cada palabra, sentí cómo mi corazón se hundía más, pero estaba decidida. No podía seguir adelante sin saber si había una posibilidad, por pequeña que fuera.
—Oroitz, necesito decirte algo... de nuevo. —Lo miré fijamente, intentando controlar mis nervios. —Yo... yo te quiero. Y no puedo seguir callando esto. Sé que tal vez no sea lo que quieres escuchar, pero es la verdad. Te he amado durante tanto tiempo, y... no puedo seguir fingiendo que todo está bien cuando no lo está.
La expresión de su rostro no cambió. Oroitz me miró fijamente, su actitud tan fría como siempre. Mi corazón ya sabía lo que iba a pasar, pero aún así no podía evitar que las lágrimas amenazaran con brotar.
—Aisha —dijo, su voz calmada y distante—, te lo he dicho antes. Solo te veo como una amiga. Eres una persona increíble, pero mis sentimientos por ti no son los mismos. Lo siento.
Esas palabras, frías y directas, fueron como un golpe directo en mi pecho. Sentí cómo mi mundo se desplomaba una vez más. No pude evitar que las lágrimas se desbordaran.
—Está bien —respondí, mi voz quebrada, aunque traté de mantenerme firme. —Lo entiendo. Solo quería que lo supieras.
Me di la vuelta, con el corazón completamente destrozado, y caminé sin rumbo fijo. Sabía que no había nada más que hacer, nada que pudiera cambiar la situación. Sin embargo, aún sentía el peso de la frustración y la tristeza. No entendía por qué no podía olvidarlo, por qué todo lo relacionado con él me afectaba tanto.
En ese momento, escuché una voz que me detuvo. Era mi otro amigo, también llamado Oroitz. Él había estado observando todo desde lejos, como siempre lo hacía cuando algo me preocupaba.
—Aisha —me dijo, acercándose con una expresión de preocupación—, quiero hablar contigo.
Me giré hacia él, mis ojos rojos de tanto llorar. Sabía lo que quería decirme. Me miró con una mezcla de simpatía y tristeza, y finalmente habló.
—Aisha, yo... yo también siento algo por ti. Te he estado observando desde hace tiempo, y cada vez me doy cuenta de lo mucho que te quiero. Sé que no soy Oroitz, pero creo que puedo hacerte feliz.
ESTÁS LEYENDO
Flores Moradas
Ficção Adolescentecada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
