Era una tarde gris, la lluvia comenzó a caer lentamente, y con ella, el peso en el corazón de Oroitz aumentaba. Caminaba sin rumbo por los pasillos del colegio, sintiendo cada paso más pesado que el anterior. La culpa lo arrastraba, como si fuera un lastre imposible de quitar.
Había decidido ir a buscar a Aisha. Por fin había tomado la decisión de pedirle perdón, de ser honesto, de contarle lo que sentía realmente. Pero, a medida que se acercaba al lugar donde usualmente la encontraba, la ansiedad comenzaba a apoderarse de él. ¿Qué iba a decirle?¿Cómo podía enfrentarse a la verdad?
La imagen de Aisha, con su dulzura y su bondad, llena de ilusiones rotas por su culpa, lo golpeaba como una marea. Cada vez que pensaba en cómo la había lastimado, la necesidad de pedir perdón se hacía más grande. Pero, a la vez, el miedo a perderla lo paralizaba. ¿Y si ya no había vuelta atrás?
Se detuvo frente a la entrada de la biblioteca, mirando hacia el interior. Allí estaba ella, rodeada de sus amigas: las gemelas Yuli y Cami, siempre tan vivaces, y Dami, que siempre estaba ahí para hacerla reír con sus bromas sarcásticas.
Oroitz suspiró, sintiendo cómo su garganta se apretaba al ver a Aisha reír. Ella era tan fuerte, tan llena de vida, tan capaz de sobreponerse a todo lo que la vida le arrojaba. ¿Cómo había llegado a hacerle esto?
Pero lo peor de todo, lo que lo mantenía en silencio, era que él nunca había sido sincero con ella. Sabía que Aisha merecía algo mucho mejor que sus mentiras, que merecía ser amada sin temores, sin inseguridades, pero él no había sido capaz de dárselo.
En ese momento, Yuli y Cami lo vieron. Las gemelas lo miraron y, como si todo fuera parte de un plan secreto, se acercaron a él con sonrisas cómplices.
—Oroitz —dijo Cami, su tono relajado pero curiosamente serio—, ¿qué haces por aquí? No solemos verte por esta zona.
Yuli la miró de reojo, con una expresión de sorpresa, pero no dijo nada. Sabían que algo andaba mal, pero preferían no hacer preguntas directas. Cami, siempre la más directa, se adelantó para hablar con él.
Oroitz dudó un segundo, miró a Aisha, quien estaba de espaldas, ajena a la conversación que estaba a punto de tener con las gemelas. La tristeza en su rostro se intensificó.
—¿Sabéis dónde está Aisha? —preguntó, su voz rota por un sentimiento de desesperación que trataba de ocultar.
Cami, con una expresión preocupada, le señaló la esquina del pasillo donde su amiga se encontraba.
—¿Por qué? —preguntó Yuli, con su tono divertido pero que denotaba un ligero nerviosismo.
Oroitz no supo qué responder, porque ni él mismo sabía qué quería decirle a Aisha. Solo necesitaba verla, hablar con ella... de alguna manera. Necesitaba enfrentar lo que había hecho, pero no sabía si tenía el valor.
Justo antes de que pudiera seguir su camino, Dami se acercó, una expresión seria en su rostro.
—¿Qué quieres, Oroitz? —su tono era directo, como siempre. Dami no perdía el tiempo con rodeos. Si había algo que no le gustaba, lo decía sin filtros.
Oroitz la miró, a punto de decir algo, pero al final simplemente guardó silencio. No podía hablar de lo que sentía, no podía decirle a Dami que necesitaba enfrentarse a la verdad y pedir perdón. No podía permitir que supieran lo que realmente había hecho.
Dami lo observó con detenimiento, y luego, con un suspiro, dio un paso hacia él.
—Si realmente te importa Aisha, haz lo que tengas que hacer. Pero no la hagas sufrir más. Ya la has lastimado demasiado. —su voz era baja, pero llena de una sinceridad brutal. No importaba cuánto intentara ocultarlo, ella podía ver a través de él.
Oroitz tragó saliva. No podía fallar más.
Sin decir una palabra más, caminó hacia donde estaba Aisha. Ella seguía conversando animadamente con sus amigas, pero Oroitz pudo notar cómo sus ojos la buscaban, cómo sus palabras se interrumpían cada vez que él daba un paso más cerca. Finalmente, ella lo vio.
La mirada de Aisha lo detuvo en seco. Sus ojos, brillantes pero con un toque de tristeza, lo atravesaron. Ella sabía que algo estaba mal, lo sabía desde hacía tiempo.
Aisha se levantó lentamente, con una expresión que trataba de ocultar lo que realmente sentía. Se acercó a él, su mirada fija en la suya, como si quisiera encontrar respuestas, como si estuviera esperando que le dijera algo importante.
Pero Oroitz no podía. Las palabras se atoraron en su garganta. Pensó en la canción que había escuchado esa mañana, en lo que había querido decirle, en lo que quería ser para ella. Pero, de alguna manera, se quedó atrapado en su propio miedo, en la mentira que había construido.
—Aisha... —su voz salió casi en un susurro, temblorosa.
Aisha lo miró fijamente, esperando. Sabía que algo importante iba a suceder, que era el momento en que todo cambiaba, pero no sabía si estaba lista para enfrentarse a la verdad, o si incluso quería escucharla.
Pero antes de que pudiera hablar, Dami, Yuli y Cami se acercaron rápidamente, creando una especie de barrera protectora alrededor de Aisha. Sabían que este momento era crucial, y si Oroitz no podía ser sincero, entonces no había nada más que decir.
Oroitz miró a Aisha una vez más, su corazón pesado con la culpa, pero no dijo nada más. La conversación que había estado evitando durante tanto tiempo continuaría siendo una sombra entre ellos, una que nunca llegaría a resolverse. Y con un último suspiro, se dio la vuelta, alejándose de Aisha, de sus amigas, y de la oportunidad que había perdido de redimirse.
Las gemelas, Dami, y Aisha lo vieron alejarse, sin entender completamente lo que acababa de suceder. Pero algo dentro de Aisha se quebró. Sabía que algo había cambiado, pero no sabía qué, ni si estaba lista para descubrirlo.
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