El silencio que siguió después del golpe a Ámbar fue casi irreal. Por un momento, Aisha y Emir sintieron alivio. Lo habían logrado... o eso pensaban. Pero no duró mucho.
Desde la habitación contigua, Jacke, mucho mayor que ambos, logró desatarse. Su cara desfigurada por la rabia apareció en la puerta del sótano. Sus ojos se clavaron en Aisha como cuchillas.
—¡Maldita! —rugió, y agarró a Aisha del brazo con violencia, tomándola de rehén. Emir se congeló por un segundo, con el corazón a mil, viendo cómo Jacke la usaba de escudo.
El secuestrador cogió el bate del suelo y apuntó directo a Aisha.
—¡Si te acercas, la mato!
Emir apretó los dientes. Dentro de su bolsillo, aún tenía el cuchillo. Su plan tenía que funcionar.
Fingiendo miedo, bajó los hombros.
—Ok... ok, ya, no hagas nada estúpido —dijo con voz baja.
Jacke creyó que tenía el control. Bajó un poco la guardia, justo lo que Emir necesitaba.
De un movimiento rápido, agarró a Aisha del brazo, la empujó detrás de él y sacó el cuchillo, apuntando directamente al pecho de Jacke.
Emir, más alto, más fuerte y lleno de furia acumulada, le sacó el bate de las manos con un solo movimiento.
—¿Pensaste que te iba a dejar hacerle daño? —gruñó.
Jacke retrocedió.
—¡No! ¡No me hagas nada! ¡Por favor!
—Sí. Sí lo voy a hacer.
Con un empujón brutal, Emir lo agarró por la camisa, lo arrastró hasta una habitación vieja donde el aire era helado. Empujó a Jacke adentro y le ordenó:
—¡Sácate la camisa y el pantalón! ¡Ahora!
—¿Qué?
—¡Dije que lo hagas!
Jacke, temblando, obedeció. Quedó en ropa interior, temblando de frío. Emir cerró la puerta y puso un candado oxidado que encontró ahí mismo. Su respiración era rápida. Su mirada, oscura.
—
Pero no todo estaba resuelto. Ámbar comenzó a moverse. No había quedado inconsciente del todo. Se levantó tambaleándose, frotándose la cabeza.
Aisha la vio y agarró el bate otra vez. Su cuerpo temblaba entre miedo y rabia. Emir, al girar para buscarla y escapar, vio la escena.
Ámbar estaba de pie, con los ojos llorosos, viendo a Emir con el alma rota.
—¿Por qué haces esto? —le gritó a Aisha— ¿Por qué?
Aisha apretó el bate con fuerza y le respondió con la mirada alta, cargada de orgullo.
—Yo no te estoy haciendo nada. Él me ama a mí. Y yo lo amo a él. ¡Él no ama a una loca obsesionada como tú!
Las palabras fueron como gasolina para la furia de Ámbar. Gritó, se lanzó hacia Aisha con pasos fuertes, decidida a atacarla. Pero Emir se interpuso y la sujetó con fuerza.
—¡Suéltame! —chilló Ámbar, forcejeando.
—¡Dame el puto teléfono! —gritó Emir, con una rabia contenida que nunca antes había soltado.
Ámbar lo miró con los ojos completamente en llamas.
—¡NO!
Aisha aprovechó para buscar entre sus bolsillos. Encontró el celular. Trató de desbloquearlo, pero necesitaba el código.
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Flores Moradas
Teen Fictioncada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
