capitulo #71

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Las semanas comenzaron a pasar rápido, casi sin que nadie se diera cuenta. Los días se deslizaban entre las actividades cotidianas, y aunque parecía que todo se mantenía normal, la realidad de Dalia y su embarazo seguía marcando sus vidas.

Era un día lluvioso cuando Dalia decidió dar el paso que había temido tanto: contarle a sus padres sobre su embarazo. Durante días, había estado preparándose mentalmente, preguntándose cómo lo recibirían, cómo lo tomarían. Sabía que sus padres, aunque estrictos, nunca la abandonarían. Sin embargo, la decepción en sus rostros era inevitable.

—Mamá, papá... —su voz tembló cuando entró en la sala donde sus padres estaban sentados.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó su madre, notando la seriedad en su tono.
Dalia tragó saliva antes de soltar lo que había estado guardando durante semanas.
—Estoy embarazada.

Hubo un silencio profundo. Su madre bajó la mirada, mientras que su padre, con expresión severa, no sabía cómo reaccionar.
—¿Qué vamos a hacer con esto? —preguntó su padre, su voz grave.

Dalia no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a caer.
—No sé qué hacer... Tengo miedo. ¿Y si algo le pasa al bebé? ¿Y si me pasa a mí?

Su madre la abrazó, y aunque sus palabras fueron duras, su abrazo fue reconfortante.
—Dalia, no te voy a mentir. Esto no es fácil para nosotros ni para ti, pero te apoyaremos. No estás sola. Esto va a ser complicado, pero lo vamos a enfrentar juntos.

Finalmente, después de muchas lágrimas y conversaciones, su familia decidió que Dalia no quedaría sola. Aunque no fue fácil, la decisión de Lucas de mudarse con ella también fue un gesto de responsabilidad y amor. Nadie dijo que las cosas serían fáciles, pero Lucas sabía que debía estar ahí para ella, especialmente ahora que estaba enfrentando algo tan grande a tan corta edad.

Mientras tanto, fuera de todo eso, los demás no dejaban de apoyar a Dalia. Aunque las cosas eran complicadas, todos querían estar ahí para ella, para asegurarse de que no se sintiera sola en este proceso tan duro. Aisha estuvo a su lado en todo momento, cuidando de ella, asegurándose de que estuviera bien, tanto física como emocionalmente. Emir también fue de gran ayuda, siempre dispuesto a escucharla, a acompañarla en sus momentos de angustia.

Oroitz, aunque a veces más distante, también mostró su apoyo, y aunque no lo expresaba de la misma manera, se acercaba para ayudar en lo que pudiera, incluso haciendo algunas tareas en la casa o asegurándose de que Dalia tuviera lo que necesitaba.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Aisha, mientras sentaban a Dalia en el sofá de la casa de ella, buscando que estuviera cómoda.

—Más o menos. El bebé sigue pateando, y a veces me siento un poco asustada. —Dalia acarició su abdomen, notando cómo el pequeño Leo o Lassie, como aún no sabían si sería niño o niña, se movía.

El grupo comenzó a reunirse más seguido, aunque la tensión sobre lo que pasaría con Dalia y su bebé estaba siempre presente. A medida que pasaban las semanas, la pancita de Dalia crecía, y los otros se aseguraban de que ella tuviera todo lo necesario. Cami y Yuli fueron a comprar ropita para el bebé, mientras que Dami y Lucas empezaban a discutir qué tipo de juguetes le comprarían cuando naciera. Las charlas sobre el bebé ya no solo incluían preocupaciones, sino también pequeñas bromas, como si todo fuera más ligero.

—Leo suena bien, ¿no? —dijo Lucas mientras sujetaba una camiseta de bebé con una sonrisa.
—Sí, ¡pero Lassie también es un nombre lindo! —respondió Aisha, riendo. —Aunque no sé si el bebé querría llamarse así cuando crezca.
—Bueno, depende de cuán adorable sea —comentó Cami, riendo mientras le daba el nombre "Lassie" un toque de ternura.

Oroitz se unió a la conversación con su típico tono serio, pero con una sonrisa en el rostro.
—A mí me gusta Leo. Suena fuerte. —Todos lo miraron, sorprendidos por la simplicidad de su respuesta.
—Ahí lo tienen, el chico serio tiene un buen gusto —dijo Yuli con una sonrisa.

Dalia solo sonrió ante los comentarios de todos. No era mucho lo que podía hacer, pero en esos momentos, sentir que su bebé tenía tantas personas que lo esperaban con ansias la calmaba un poco. A pesar de todo el miedo que sentía por lo que vendría, tener a sus amigos cerca le daba una extra dosis de esperanza.

Pero aún quedaban preguntas sin respuestas, y muchas incertidumbres sobre lo que sería el futuro de Dalia, Lucas, y el bebé. Nadie sabía lo que el mañana traería, pero por lo menos, sabían que juntos serían capaces de enfrentar lo que viniera.

Los días habían estado llenos de risas, planes y ternura... pero la vida, como siempre, tenía sus propios giros inesperados.

Era una tarde fresca cuando Emir y Aisha decidieron ir juntos al centro comercial. El plan era simple: comprar algo lindo para el bebé de Dalia, quizás unos zapatitos o un peluche suave. Pasearon por varias tiendas, entre sonrisas y tonterías que solo ellos entendían.

—Mira esto —dijo Emir levantando una pequeña gorrita con orejitas de oso—. Esto va a ser lo más tierno que tenga ese bebé.
—¡Ay sí! —rió Aisha—. Ya me imagino a Lucas tomándose selfies con el bebé vestido así.

Después de comprar todo, se acercó la hora de separarse. Aisha tenía una cena con su familia en un restaurante cercano y Emir debía regresar a casa.

—¿Te llevo? —preguntó él, mientras ambos salían del centro comercial.
—No te preocupes, está cerca. Voy caminando. —Aisha le sonrió.
—Bueno... llámame si pasa algo, ¿sí? —le dijo antes de besarla suavemente en la frente.

Aisha asintió y se alejaron en direcciones contrarias. Emir subió a su auto y empezó a manejar, el aire fresco entrando por la ventanilla mientras pensaba en lo feliz que estaba últimamente.

Pero la felicidad es frágil. Y ese día, el destino decidió ponerlo a prueba.

En una de las avenidas principales, un auto se desvió a gran velocidad, fuera de control, directo hacia el carril contrario. El impacto fue brutal. Vidrios, metal y gritos. El coche de Emir quedó completamente destrozado, el sonido del choque retumbó por cuadras. Gente corrió a auxiliar, y pronto, una ambulancia se lo llevó, aún consciente... pero sangrando. Muy herido.

La madre de Emir recibió la llamada mientras estaba en casa, tranquila, preparando la cena. Al contestar, su rostro se desfiguró. Su voz tembló.

—¿Qué? ¡¿Dónde?! ¡Voy para allá ahora mismo!

Sin pensarlo dos veces, agarró sus llaves y corrió al hospital.

Mientras tanto, en un restaurante familiar, Aisha reía con sus padres y hermanos. La comida estaba buena, el ambiente cálido, y por un rato, todo parecía normal. No tenía idea de lo que estaba ocurriendo del otro lado de la ciudad.

Cuando la cena terminó, la familia regresó a casa, charlando en el auto sobre cosas sin importancia. Aisha subió a su cuarto, se puso su pijama, y se tiró sobre la cama, lista para ver algo en su celular. Justo cuando desbloqueó la pantalla, su teléfono sonó.

Era un número que conocía muy bien: la madre de Emir.

—¿Hola? —contestó, con una voz relajada.
—Aisha... —la voz de la mujer estaba quebrada, entrecortada por el llanto.
—¿Señora Harris? ¿Está bien?
—Es Emir... ha tenido un accidente. Está en el hospital.

Todo se vino abajo.

El celular tembló en las manos de Aisha. Su respiración se cortó. Las paredes parecieron cerrarse sobre ella. No podía entender lo que escuchaba.

—¿Q-qué...? ¿Cómo...? —empezó a decir, su voz apenas un susurro.
—Por favor, ven. Está muy grave.

La llamada se cortó, y Aisha quedó congelada en la oscuridad de su habitación. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que le iba a estallar en el pecho.

Se levantó de golpe, sin pensarlo. Agarró su chaqueta y bajó corriendo las escaleras, gritando a sus padres que tenía que salir, que Emir estaba en el hospital.

Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora