El hospital estaba sumido en un silencio espeso. Las luces tenues en los pasillos parpadeaban suavemente. Las enfermeras caminaban con pasos tranquilos y susurros. Afuera, el cielo estaba oscuro, cubierto de nubes que ocultaban las estrellas. Pero en el corazón del hospital, los corazones latían con más fuerza que nunca.
Las amigas de Aisha, agotadas pero aliviadas, iban saliendo una por una. Cami y Yuli se abrazaron fuerte antes de subir al auto. Dalia se quedó unos segundos viendo el hospital antes de entrar al suyo. Dami apenas saludó antes de irse. Lucas, que aún tenía los ojos algo hinchados, caminó solo bajo la lluvia suave.
Ashura fue la última en salir... o eso pensaba, hasta que una voz familiar la detuvo.
—Ashura... espera.
Ella se giró, y ahí estaba Oroitz, con los ojos más oscuros que nunca. Parecía más pequeño, más roto.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, suave.
—Necesito hablar contigo —murmuró, su voz apenas audible.
Ella asintió, sin pensarlo. Caminaron en silencio hasta el patio del hospital, donde el aire era más frío, más denso. Las plantas estaban quietas, como si también escucharan.
De pronto, Oroitz ya no pudo más.
Las lágrimas comenzaron a caerle, silenciosas, sin aviso. Se sentó en una banca y apretó los puños contra sus rodillas.
—Todo esto... es mi puta culpa —susurró—. Yo... yo haciéndome novio de Ámbar por despecho. Yo ignorando todo. Fingiendo. Diciendo que Aisha estaba bien sin mí, cuando sabía que no lo estaba. ¡Es mi culpa! ¡¡Es mi culpa!!
Ashura lo miró con tristeza. Por unos segundos, no dijo nada. Luego se acercó y lo abrazó.
—Eres un idiota, Oroitz —susurró con un tono cálido—. Pero no todo es tu culpa. Tú no sabías que todo esto iba a pasar. No lo hiciste con maldad. Estabas... confundido.
Él apretó los ojos, dejando que las lágrimas cayeran contra el hombro de Ashura.
—Yo solo quería que Aisha no me necesitara más... y terminé jodiéndolo todo.
Ashura le acarició el cabello suavemente, como si fuera su hermana.
—Ya no puedes cambiar el pasado. Pero sí puedes decidir quién vas a ser ahora.
Mientras tanto, en la habitación 307, Aisha se despertó de golpe.
—¡Ahh! —jadeó.
Su respiración era agitada, su piel fría. Había tenido una pesadilla: Ámbar gritaba su nombre, Emir se alejaba entre sombras, y nadie la escuchaba. Miró a su alrededor, asustada.
—¿Emir? —susurró. Pero no había respuesta.
Hasta que... sí la hubo.
Desde la puerta, con el corazón en un puño, Emir había escapado de su habitación. Había esperado que las enfermeras se distrajeran. Su cuerpo aún dolía, pero su alma dolía más al estar lejos de ella.
—Aisha... —dijo, con la voz ronca.
Ella giró, y al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Emir!
Él corrió hacia ella, sin importarle nada más. La abrazó con fuerza, como si necesitara asegurarse de que era real, que estaba viva, que todo había terminado.
—Pensé que... —empezó ella, con la voz quebrada.
—Shhh —susurró él, separándose sólo un poco para mirarla a los ojos.
Y entonces la besó.
Lento, lleno de amor, de alivio, de tantas cosas que no habían dicho. El beso fue cálido, lleno de esperanza, de un nuevo comienzo. Aisha respondió con las manos temblorosas, aferrándose a su camiseta como si eso pudiera hacer que nunca más se separaran.
Cuando se separaron, sus frentes quedaron pegadas.
—Ahora sí —murmuró Emir—. Todo va a estar bien.
Y por primera vez en mucho tiempo... ambos lo creyeron.
Continuará...
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Flores Moradas
Teen Fictioncada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
