capitulo#13

9 0 0
                                        


Hace unos días, me di cuenta de algo que no había notado antes. Oroitz, el chico que me sigue importando más de lo que debería, estaba comenzando a pasar mucho tiempo con alguien más, un chico llamado Emir. Aunque al principio no le presté mucha atención, algo en mi interior me dijo que debía fijarme bien. Tal vez porque ya había comenzado a verlos juntos con más frecuencia, quizás porque notaba cómo Oroitz se iluminaba cuando Emir estaba cerca. Mi corazón, siempre tan ingenuo, me decía que algo no estaba bien.

Pero no fue solo eso lo que captó mi atención. Emir era... guapo. Tenía ese aire despreocupado, esa forma de reír que me hizo pensar en Oroitz, como si fueran la misma persona, pero con una chispa extra. A veces me sentaba al fondo del aula, observando en silencio, notando los pequeños gestos entre ellos, cómo se entendían sin palabras.

Algo en mí me dijo que debía saber más de él. Como si fuera una necesidad apremiante, no podía dejar de pensar en ese chico, que en muchos aspectos, me recordaba tanto a Oroitz. Así que, como siempre lo hago cuando quiero saber algo, recurrí a internet. Me senté una noche, con la luz apagada y mi laptop frente a mí, buscando cualquier información sobre Emir. Lo encontré rápido. Resulta que era nuevo en la ciudad, algo de intercambio, y había comenzado a estudiar en nuestro colegio poco antes de que yo empezara a notar su presencia.

Mi mente, como si fuera una máquina incansable, comenzó a buscar más y más detalles, y sin darme cuenta, ya me había obsesionado con conocerlo. Pero, lo más increíble de todo fue que, en una de esas búsquedas, encontré su perfil en las redes sociales. Un pequeño rayo de luz cruzó por mi pecho, y antes de que pudiera pensarlo bien, le envié un mensaje.

"Hola, soy Aisha. Te vi en el colegio y pensé que sería genial conocerte."

Y no pasó mucho tiempo hasta que me respondió. Algo en su tono, algo en sus palabras, me dio la sensación de que se sentía cómodo conmigo. Empezamos a hablar casi todos los días. Aunque al principio fue algo simple, casi superficial, con el tiempo las conversaciones fueron más profundas. Emir y yo compartíamos gustos, nos reíamos por las mismas cosas, y lo curioso es que, a veces, las palabras que usaba o la manera en que veía el mundo me recordaban tanto a Oroitz. Era como si estuviera hablando con una versión diferente de él, pero con una energía más fresca, menos cargada de historia.

Al principio, me costó, porque sabía que estaba siendo injusta con mis propios sentimientos. Me gustaba hablar con Emir, pero no podía evitar compararlo constantemente con Oroitz. De alguna manera, Emir encajaba en ese espacio vacío que Oroitz había dejado en mí, pero sin las mismas cargas emocionales.

Lo que más me sorprendió fue lo fácil que era hablar con él. Emir no era como todos los chicos. Era abierto, sincero, y, en muchos aspectos, se comportaba con una madurez que me desconcertaba, pero me atraía. En sus palabras había algo que me hacía sentir entendida, algo que me sacaba una sonrisa a cada rato. Y es que, aunque intentaba no pensar en ello, Emir tenía esa chispa que me hacía ver las similitudes con Oroitz de una manera tan clara que era imposible no notarlo.

Cada vez que veía a Emir, ya no solo lo observaba desde lejos, sino que sentía algo más. Me di cuenta de que me gustaba de una forma que no quería admitir. Algo en su mirada, en su risa, en la forma en que hablaba sobre la vida... todo me hacía sentir viva de nuevo, como si finalmente estuviera viendo una posibilidad diferente.

¿Pero qué pasaba con Oroitz? Esa era la pregunta que me rondaba la cabeza todo el tiempo. A pesar de lo que sentía por Emir, la sombra de Oroitz nunca se fue. Sabía que Emir y él eran como dos caras de la misma moneda, pero en mi corazón seguía guardando ese espacio para Oroitz, aunque ya no fuera el mismo de antes.

A veces, cuando hablaba con Emir, me sentía culpable. No por lo que estábamos compartiendo, sino porque algo en mi interior me decía que tal vez me estaba permitiendo seguir adelante demasiado rápido. Pero, ¿cómo ignorar lo que sentía por Emir? Era como una oportunidad nueva, un aire fresco. Algo que Oroitz, por alguna razón, ya no me podía dar.

Las semanas fueron pasando rápidamente, y con ellas, mi mente seguía atrapada en el mismo círculo vicioso. Emir y yo nos conocíamos más cada día, y aunque me decía a mí misma que no debía dejar que mis sentimientos por él crecieran, no podía evitarlo. Había algo en él que me hacía sentir como si estuviera con Oroitz, como si todo lo que había perdido con él pudiera encontrarlo de alguna manera en Emir. A veces, cuando estábamos conversando, su risa o la forma en que me hablaba me hacía pensar que por un segundo, estaba junto a Oroitz de nuevo. Pero cuando me daba cuenta de que no era él, una especie de remordimiento se apoderaba de mí. Sabía que lo que sentía por Emir no era lo mismo. No podía serlo. Pero aún así, lo que sentía por él me desconcertaba.

Sin embargo, había algo que no podía ignorar. Emir me hacía sentir bien, me hacía sentir especial, algo que ya no recordaba cómo se sentía después de todo lo que había vivido con Oroitz. Pero, al mismo tiempo, me sentía culpable. Era como si estuviera traicionando mi propio corazón, como si de alguna manera estuviera tratando de llenar el vacío que Oroitz había dejado, y eso no era justo. Ni con Emir ni conmigo misma.

Lo que más me preocupaba era que el final del año escolar se acercaba, y mi rendimiento académico estaba cada vez peor. Mis notas caían sin que pudiera hacer mucho al respecto, y aunque intentaba estudiar, mi mente siempre regresaba a ellos, a Oroitz, y luego a Emir. Las distracciones eran constantes, y no podía enfocarme en los exámenes ni en los proyectos. El estrés comenzó a aumentar, y lo peor de todo era que me estaba acercando peligrosamente al punto en el que podría perder el año.

Recuerdo una tarde, sentada en mi habitación, mirando mis calificaciones en línea y sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí. Estaba a punto de perderlo todo, y no sabía cómo explicárselo a mis padres. La única cosa en la que pensaba era cómo había permitido que mis emociones, mis sentimientos hacia Oroitz, me llevaran a este punto. Había dejado que todo se me escapara de las manos. Si tan solo pudiera concentrarme, si tan solo pudiera dejar de pensar en lo que había sido y lo que ya no sería...

—¿Por qué no puedo dejar de pensar en él? —me pregunté en voz alta, mientras sentía las lágrimas acumulándose en mis ojos.

A veces, pensaba que si me hubiera quedado con la idea de que Oroitz y yo nunca íbamos a ser algo más, tal vez ahora estaría más tranquila. Pero no. La imagen de él seguía en mi mente. Lo veía cuando miraba a Emir. Era como si todo estuviera mezclado, todo fuera un gran enredo emocional que no sabía cómo desenredar.

A medida que las vacaciones se acercaban, la presión se hacía más fuerte. Ya no sabía si estaba preparada para enfrentar lo que vendría en los próximos meses. ¿Sería capaz de recuperar el control de mi vida y mi futuro académico? ¿Sería capaz de dejar ir lo que sentía por Oroitz, aunque fuera tan difícil?

Sabía que el tiempo seguía su curso y que las vacaciones iban a llegar. Tal vez eso era lo que más me asustaba: las vacaciones no solo significaban descanso, sino también el espacio para pensar, para analizar todo lo que había sucedido. El futuro era incierto, y sentía que no tenía control sobre nada.

—Solo tengo que concentrarme —me repetí una y otra vez, mientras me obligaba a ponerme a estudiar, aunque mi mente seguía divagando entre las imágenes de Oroitz y la sensación de que Emir podría ser una distracción, pero también una oportunidad para empezar de nuevo.

Pero, al final, no podía dejar de preguntarme: ¿debería seguir adelante con Emir, o estaba simplemente buscando una manera de olvidar a Oroitz?

continuará...

continuará

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Flores MoradasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora