Las sirenas se alejaban en la distancia mientras Aisha y Emir eran llevados en ambulancias diferentes. El viaje al hospital fue silencioso. Ambos estaban envueltos en mantas térmicas, con los ojos abiertos, pero sin decir palabra. El personal médico intentaba tranquilizarlos, pero había heridas que no se veían. Heridas que el frío del metal no podía medir ni curar.
Al llegar al hospital, Aisha fue llevada a una habitación individual. La luz era blanca, aséptica. Todo parecía limpio... pero su alma estaba sucia, hecha trizas. El médico le habló con amabilidad, y le dijo que volvería enseguida con los instrumentos para revisarla. Aisha asintió en silencio.
Cuando la puerta se cerró, su cuerpo se derrumbó. Las lágrimas comenzaron a caer, al principio despacio, luego con fuerza. Tapó su rostro con ambas manos, recordando el sótano, el miedo, el grito de Ámbar, las manos frías de Jacke. Y el momento en que pensó que todo se acabaría.
Pero Emir... Emir estaba ahí.
En otra habitación, Emir estaba más tranquilo, o al menos eso parecía por fuera. Tenía un nudo en la garganta, los ojos brillosos, pero no derramaba ni una sola lágrima. Lo habían limpiado, le habían curado algunos rasguños, y el médico le ofreció agua.
Miraba hacia un punto fijo en la pared. La misma escena repetida una y otra vez: el cuchillo en la mano, Ámbar levantándose, Aisha temblando, Jacke con el bate.
Y esa voz, la de Ámbar, resonando en su mente: "Él me lo prometió con los ojos."
Entonces la puerta se abrió. Su madre entró a la habitación sin esperar permiso. Tenía el rostro hinchado, como si no hubiera dormido en días, pero al verlo ahí, vivo, no pudo contenerse. Lo abrazó con fuerza, sin decir una sola palabra.
Y fue entonces que Emir por fin lloró. Lloró como no lo había hecho en semanas. El llanto salió profundo, desde el estómago, desde el alma. Por el miedo, por Aisha, por lo que vivieron, por lo que casi perdieron.
Mientras tanto, Ámbar estaba en un entorno muy diferente.
Una sala blanca.
Una mesa metálica.
Una cámara grabando.
Y ella... con una sonrisa en los labios.
—No fue un secuestro... —susurró, mirando a la cámara con una expresión que erizaba la piel—. Fue amor.
El detective frunció el ceño, deteniéndose.
—¿Perdón?
Ámbar ladeó la cabeza, sus esposas acolchadas reposando sobre la mesa.
—Emir quería que nos escapáramos. Él me lo dijo con los ojos. Aisha se metió. Ella siempre se mete.
El oficial escribió algo rápidamente:
"Evaluación psiquiátrica urgente."
La sala se volvió helada. Ámbar parecía estar en una realidad completamente distinta. Mientras tanto, otra oficial ingresaba a la habitación para trasladarla a una zona de observación.
—Él no va a venir —le dijo una enfermera, al ver la forma en la que Ámbar miraba hacia la puerta.
—Sí vendrá... —respondió Ámbar, con esa misma sonrisa rota—. Me lo prometió con los ojos.
De regreso en el hospital, Aisha intentaba limpiarse el rostro antes de que alguien la viera llorando, pero era inútil. Y entonces la puerta se abrió.
Sus padres entraron corriendo. Su madre fue la primera en llegar hasta la cama, abrazándola como si aún fuera una niña de cinco años. Aisha ya no pudo contenerse. Lloró en sus brazos, en el regazo de esa mujer que tanto había esperado verla regresar. Su padre la rodeó también, besándole la cabeza, repitiendo en voz baja:
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Flores Moradas
Ficção Adolescentecada momento, en cada persona los recuerdos no salen de la mente
